Colección de entrevistas a jóvenes columnistas

Ricardo F. Colmenero: "No sé qué podemita conocido no ha tuiteado mi columna 'Si podemos ganara'"

Las abuelas en Ibiza lo cuchichean cuando baja a hacer la compra, ajeno a estas bandas ancestrales organizadas. Lo cuchichean cada vez que pasa. Unas veces en español y otras tantas en inglés, a estas alturas:  “Este chico sirve para un roto y para un descosido”. No llevar la contraria a una abuela viene a ser algo así como la letra pequeña de los 10 mandamientos. Un pecado capital cuando tienen razón y un almuerzo de menos cuando no la tienen. Y que este chico -como ellas lo llaman- lo mismo te escribe una noticia que te relata el monólogo interior de su bebé a las 5:30 de la mañana. Lo mismo te hace una entrevista en la que acaba por demostrarte que Paris Hilton no es tonta, que te escribe una columna en la que dice haber cobrado por error un dinero de la banda terrorista ETA. Así es Ricardo F.Colmenero (Orense, 1977), periodista de El Mundo y en GQ. Él es quien nos descuelga el teléfono.

¿Cómo fue el proceso de pasar de periodista de redacción a columnista?

Por envidia. El columnismo era una cosa que no me había llamado la atención quizá porque no había encontrado autores a los que envidiar. Descubrí muy tarde a los Jabois, Gistau, Tallón, Soto Ivars, David Torres… Entonces me entraron ganas de imitarlos, hasta que acabó saliendo mi propia voz.

¿Uno cuenta el mundo correctamente desde la primera persona?

Camba se iba de viaje y te contaba lo feas que eran las inglesas pero en realidad te estaba contando Inglaterra.

¿Por qué añadir aspectos personales?

No creo que sea necesario en absoluto. A mí me sale así. Me pasa con mi hijo. Cuando tienes un hijo lo llena todo. No solo tu espacio vital sino que te llena la cabeza, se te ocurren cosas y tienes vivencias que como padre a mucha gente le gusta leer y las comparte contigo, o que te ayudan a explicar algún aspecto de la actualidad. Pero ya te digo que no es necesario. Jabois y Gistau, que para mi son los más grandes, lo hacen constantemente. A mi me gusta. Yo lo hago y me gusta. Pero también puedo leer a otros que no lo hacen o lo hacen menos como David Torres, Jorge Bustos, Rosa Belmonte o Aníbal Malvar y también me encantan.

Subimos el volumen del manos libres. Gracias a Dios. Ahora Ricardo parece haberse tragado un micro mientras nos cuenta que intenta compaginar actualidad y vivencias. Nos habla de una columna personal en la que raja de lo harto que está de que Facebook no hiciera más que recordarle momentos de hace un montón de años donde se ve más joven y la rabia que esto último le daba. Nosotros, movidos por nuestra asquerosa juventud, le espetamos:

¿Qué momentos de tu carrera te gustaría que Facebook te recordara?

Uy, esa es muy vanidosa, ¿no? (Ríe) Pues me recordaría encerrado en la sede del Miami Herald durante el huracán Irene. Me recordaría cuando entré en El Mundo y mi silla era la que estaba más cerca de la puerta de Pedro J., fue mi primera silla del periódico. Mi primer trabajo fue escribir la frase del tejadillo cuando Aznar ganó las elecciones por segunda vez, recordaría eso. A partir de ahí todo fue a peor.

¿Y qué borrarías?

Pues no lo sé. Periodísticamente nada. Pero sí borraría toda la gente que he visto caer, todos los despidos. Haber visto a maestros míos irse a la calle y a gente mucho más buena que yo o que han sido mis maestros. Me ha tocado una época en la que, en prensa sobre todo, se ha pasado muy mal. Borraría todo eso. Y no la he perdido solo yo, la ha perdido la profesión y los lectores.

El periodismo también estuvo a punto de perderte a ti. En tu columna “El dire”, hablas de como Agustín  Pery jugó un papel fundamental para que no renunciaras al periodismo.

Si, porque yo trabajaba en Madrid y estaba muy feliz allí. Me vi obligado a venir a Ibiza. Me vine con Eduardo Inda. No tenía ningún interés en salir de Madrid. Venir aquí fue un drama. Me desenganché totalmente de la profesión y sin dejar de trabajar en ella. Ignoraba toda la experiencia vital que traía detrás ese viaje, y lo que podía aportar al periodismo o al columnismo, o a la literatura si me diera por ahí. Fue Agustín Pery, el que fuera subdirector del mundo, el que me enseñó a encontrar esas historias.Y entonces descubres que toda España la puedes contar desde una isla. La llegada de Internet ayudó además a que los temas de Ibiza fueran mucho más leídos. Pery fue también la primera persona que me dio una columna. Se lo pedí yo, le dije: “Me apetece hacer una columna, ¿cómo lo ves?”. En realidad me dio la sensación de que no lo veía pero me dio un espacio. La columna me ayudo a sentirme más satisfecho con mi trabajo en la isla, a creérmelo un poco, a no sentirme tan aislado.

¿Cuánto crees que influye la localización a la hora de hacer una columna? ¿Ya no hace falta estar en Madrid?

No. Cuando explicas temas universales como puede ser tu hijo ya depende de lo bien que lo puedas contar, no de la localización. Madrid también es un bucle, hay mucha gente haciendo lo mismo, poniendo el micro o las orejas en los mismos sitios, y es un poco o un mucho de provincias. Si os fijáis en las tertulias o en las portadas ponen como ejemplo de ostentación que alguien vaya en barco.“Fíjate, Mario Conde en un barco”. Pues mira, en barco en el Mediterráneo vamos bastantes que no somos ricos. A mí igual me puedes hacer la misma foto 200 veces. Madrid muchas veces peca de provincianismo.

Colmenero se hace el loco cuando le preguntamos por los ingredientes que lleva una columna viral. Guarda el secreto al igual que sus colegas columnistas. Malditos. Todos con coartadas siamesas niegan la existencia de tal receta y quizá sea cierto.

¿Cómo se consigue viralizar una columna?

Pues no tengo ni idea, no lo haces conscientemente. “Si podemos ganara” se viralizó y me pasó lo mismo con “Lapidando a la abuela” cuando no tenían nada que ver. Podemos es una palabra que atrae mucho a las redes sociales, era un texto irónico y en un momento en el que no se sabía que iba a pasar realmente con Podemos. El tener la palabra Podemos en el titular ayudó. Supongo que para que se viralice una columna ha de caer en las manos adecuadas. El medio en el que trabajas influye muchísimo, el trabajar en El Mundo te da una repercusión muy grande. “Lapidando a la abuela” fue una columna que gustó a Ana Pastor y se hizo viral. No hay más. “Si Podemos ganara…”, yo no sé que podemita conocido no la ha tuiteado.

Con tanto trabajo, cuando te sientas a escribir una columna, ¿cuánto hay disfrute y cuánto de catarsis?

Lo mío es un sufrimiento constante. Pensaba que con el tiempo cogería cierta cadencia, como los ciclistas. Pero nada, y ahí estoy, sufriendo y dándole vueltas. Creo que no las disfruto ni un segundo. De hecho muchísimas veces, una vez publicada, me cuelo en el sistema para cambiar una preposición o una coma. No acabo de estar tranquilo nunca. Incluso las que más han gustado a lo mejor no las vuelvo a leer porque entraría y cambiaría una frase entera o borraría dos párrafos. Soy muy autocrítico. Ojalá las pudiera disfrutar un poco más pero en realidad no las disfruto. Es así de triste. Y eso que me encanta escribir, me encanta mi trabajo, o ver cómo queda a veces mi trabajo, pero a la hora de ejecutarlo lo mío está más ligado al sufrimiento. El día que deje de sufrir será porque estaré escribiendo unas columnas horrorosas.

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