Política y economía

Desplazarse y residir libremente

Derechos en democracia

12.06.2016 @fcovargas 8 minutos

A veces olvidamos que muchas de las cosas que hoy nos parecen normales a nuestros antepasados les parecían privilegios. Es por ello que creemos que podemos disponer de estas cosas que consideramos sin importancia como si de juguetes rotos se trataran. Pero no debemos olvidar que detrás de cada institución hay, en primer lugar, un desarrollo histórico y, en segundo lugar, una lucha por conseguir un derecho.

Derechos, esa palabra con la que tanto se nos llena la boca y de la que siempre se nos cae el apellido: y obligaciones. Derechos naturales hay muy pocos y, en realidad, depende de a quién le preguntes habrá más o menos. Otros, parecen que son derechos naturales, pero si quieres saber si un derecho es natural o no sólo tienes que preguntarte si alguien te lo puede quitar sin sufrir ninguna consecuencia o si tienes que luchar día a día por mantenerlo.

El ejemplo más claro de los primeros es el derecho a la vida. Es el único que no nos otorga nadie, ya que nos viene dado por el mero hecho de existir. Sí, nos la pueden arrebatar, pero no sin sufrir consecuencias. Es un derecho especialmente protegido en todas las culturas y sólo desprotegido o vulnerado en aquéllas que se encuentran en decadencia o en trámite de desaparición. Bueno, también en aquellas en las que los individuos han sido lo suficientemente cobardes como para dejar que otros decidan por ellos y han delegado al Estado incluso el derecho de decidir sobre la vida y la muerte. Estas últimas, por desgracia, son más frecuentes de lo que nos puedan parecer hoy en día.

Ejemplos de derechos que parecen naturales pero no lo son pueden ser la propiedad o la democracia. “Oiga usted, lo mío es mío. ¡Faltaría más!”, claman los fariseos de la falsa moral. Bueno, yo diría que esto es relativo. ¿Si dejas de percibir ingresos tienes garantizada la propiedad? ¿Si malgastas tus recursos tienes garantizada la propiedad? Yo digo que no, por lo que el derecho a ser propietario hay que pelearlo todos los días, especialmente contra los enemigos de lo ajeno y muye especialmente de los eufemísticamente llamados amigos de lo público, que son los verdaderos amantes de su propiedad privada y de la parte proporcional que les corresponda de la de los demás.

Lo mismo ocurre con la democracia, si tan natural es, ¿cómo es posible que hayamos tardado milenios en tenerla como sistema político? ¿Por qué es necesario separar los poderes para evitar tentaciones totalitarias? Siempre hay quien está dispuesto a ser más que los demás y la democracia suele ser el enemigo natural de estas personas que no dudarán en manosearla o incluso destruirla para conseguir sus objetivos. Lo damos por hecho, pero todos los días la criticamos, bien a través de sus actores y agentes (por ejemplo, los políticos), en un acto de asimilar el todo por la parte que sólo beneficia a quienes quieren que juguemos a sus reglas y no a las de todos.

La democracia lleva aparejados unos derechos junto con sus normas del juego. Siempre me han preocupado enormemente determinados comentarios que venían a vulnerar estos derechos, fundamentales para la convivencia en libertad. Pero en estos tiempos en los que la demagogia y el oportunismo político campan a sus anchas, me preocupa todavía más la ligereza que ha alcanzado entre los ciudadanos el querer prescindir de algunos de estos derechos sin percibir claramente las consecuencias de no tenerlos.

Los derechos pueden parecer carentes de sentido en muchas ocasiones. Normalmente esto es bueno, ya que quiere decir que los hemos aceptado como buenos y los hemos integrado en nuestro día a día. Pero esto no quiere decir que podamos prescindir de ellos sin sufrir consecuencias. Es precisamente la existencia de los derechos lo que nos defiende de los intereses de los demás, contrarios a los nuestros.

Es por ello que quiero extenderme sobre tres derechos que siempre se ponen en duda cuando llega el momento de las elecciones, pero que en estas últimas semanas han alcanzado unos niveles mediáticos (y de popularidad) realmente alarmantes. Si tú, lector, estás de acuerdo, te dejo unos argumentos para que puedas defenderte de los ataques interesados en que no ejerzas tus derechos. Por desgracia, son más de los que parecen y hasta los partidos de la mal denominada vieja políticas se han apuntado a este carro. Como siempre, de manera tardía, lenta y torpe.

Derecho a vivir y desplazarse donde a uno le dé la real gana

Comienzo con el derecho a vivir o desplazarse donde a uno le dé la real gana. “¿Y quién va a impedírmelo?”, te preguntarás. Pues los partidos urbanitas autodenominados nueva política, acompañados del tonto de turno de la que se ha dejado llamar vieja política. Sí, sí, los mismos que hablan de nuevos derechos son los que vienen a quitarte los derechos de siempre. Los derechos que realmente molestan al que aspira a gobernar.

Durante siglos, nuestros antepasados no han podido desplazarse libremente. Eso sólo lo han podido hacer los moradores primitivos, pues había sitio por descubrir de sobra. Pero en seguida nos pusimos fronteras. Y luego fronteras dentro de las fronteras. Por las excusas más peregrinas. En un primer momento porque pertenecíamos a una tribu concreta: fuera de la tribu no era posible subsistir. El mundo era un lugar demasiado hostil. Cuando la cosa mejoró, alguien decidió que pertenecíamos a un señor y que no se podía estar fuera de los dominios de ese señor. Lo curioso es que el peligro de salir de ese entorno en este caso no era el mundo hostil de ahí afuera, sino el propio señor al que pertenecíamos, que se encargaba de darnos matarile si nos alejábamos más de la cuenta. Cuando nos dimos cuenta de este esperpento, nos inventamos que los de la tribu de al lado (ahora llamadas Estados) eran el peligro, con lo que lo mejor era quedarse donde estábamos, que además éramos los mejores y allí fuera solo campaba la mediocridad y la barbarie. Finalmente, y ya en pleno siglo XX, un factor común a todos los regímenes dictatoriales es que moverse sin permiso vuelve a estar penado con la muerte.

Y ahora queremos rizar el rizo y seguir llamándonos democracia, pero renunciando a la libertad que nos prometía la colectividad. El debate, por si todavía no lo has supuesto, estimado lector, está en la supresión de las Diputaciones y de las circunscripciones electorales provinciales. De esta manera, el voto fuera de las grandes ciudades quedaría diluido y el centro de poder se desplazaría de forma inexorable (y probablemente irrevocable) a las ciudades, dejando sin representación a los millones de personas que viven fuera del entorno urbano  volver a esto acabando con las diputaciones y, para que no sea posible la discusión.

En definitiva, se trata de que con la excusa de la eficiencia económica se prive de derechos a algunos ciudadanos por la vía de un cambio en las reglas del juego, es decir, haciendo trampas. Lo paradójico es que los grupos que más proclaman contra la eficiencia económica como razón para eliminar o modificar determinados derechos sean los mismos que utilicen aquello que tanto detestan para lograr sus objetivos. No podemos dejar en manos de intereses particulares de grupo lo que es un derecho que ha costado tanto conseguir. Querer cambiar las normas del juego democrático para beneficio cortoplacista es un error que deberíamos calificar como muy grave. Lo que hay que hacer es adaptarse a las normas y no al revés. Podemos lo ha entendido muy bien con su alianza con Izquierda Unida para concurrir  a las elecciones del 26 de junio. Semanas enteras proclamando que el sistema les perjudicaba y de querer cambiarlo han derivado en que Izquierda Unida claudique y termine fagocitada en aras de conseguir el tan ansiado escaño.

“Pero, ¿esto no es poco democrático? No es representativo. ¿Cómo es posible que un partido con más votos tenga menos escaños?”, claman los defensores del inexistente purismo representativo. Pues muy sencillo. Es posible porque España es uno de los países más grandes de la Unión Europea y, por lo tanto, con una gran variedad de intereses e idiosincrasias distintas a las que un partido con vocación de gobernar tiene que atender. Partimos de unos intereses comunes como país, pero eso no quiere decir que los intereses y preocupaciones de los ciudadanos del norte sean los mismos que los del sur o que los habitantes de los pueblos quieran lo mismo que los de las ciudades. Quienes defienden acabar con las circunscripciones lo que en realidad están defendiendo es que opciones políticas que no quieren en ningún lado y que no pasan de ser terceras o cuartas opciones en cada circunscripción, quieren que pasen a tener más representación de la que realmente merecen. Es el caso de Izquierda Unida. Sí, puede que haya un millón de personas que quieran que sea la opción mayoritaria, pero igualmente cierto es que, provincia a provincia, no la quieren en ningún sitio. ¿No es esto igualmente representativo? En mi opinión, mucho más, ya que la primera opción lo que quiere es que se imponga un interés concreto, que es el de las grandes ciudades, en perjuicio los pequeños núcleos rurales.

Y como no consiguen que nadie les siga, ahora van a ahogar a las entidades representativas provinciales (las Diputaciones) para así hacer imposible en ellas su convivencia por la vía de la asfixia presupuestaria y el robo de competencias. Es decir, forzar su despoblamiento.

La democracia debe respetar a las minorías. No es válido el argumento del rodillo mayoritario del mundo urbano. Curiosamente, los defensores del estado paradisíaco que soluciona todos los problemas son los más beligerantes con esta cuestión. Niños de papá a los que no les ha faltado de nada en el mundo urbano hasta que esta estafa piramidal llamada Estado de Bienestar se les ha venido encima. Hay que buscar nuevos culpables y estos no son otros que aquéllos que, egoístamente, viven en zonas donde garantizarles sus derechos (Sanidad, Educación, Infraestructuras…) es mucho más caro. ¡Ah! El vil metal que todo lo corrompe. Parece que ya no vale con buscar soluciones para todos y que hay ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda. ¿Cuánto van a tardar en llamar casta al mundo rural? Una casta que parasita recursos de las todopoderosas ciudades. La ofensiva ya ha comenzado.

Por lo tanto, digamos no al falso discurso de la circunscripción electoral única, que sólo favorece a los menos votados. Digamos no a medidas que impidan que cualquier español tenga derecho a vivir en cualquier parte del territorio nacional por una cuestión meramente presupuestaria. Digamos no a los falsos profetas de la democracia. Lo que nos proponen nunca se llamó así en nuestra Historia.

Y digamos sí a que quien nos gobierne lo haga pensando en todos y no en unos pocos afines a sus intereses y contrapuestos a los de los demás.

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