Política y economía

El que pareció entenderlo todo

Cercas dice de Suárez que, a diferencia de Fraga, daba la impresión de comprenderlo todo aunque no supiera nada

07.06.2018 @alvarolario 5 minutos

Hay un capítulo del libro Anatomía de un instante en el que su autor, Javier Cercas, se adentra en la figura de Manuel Fraga y la compara con la del resto de líderes políticos de la Transición. Cercas describe al fundador de Alianza Popular como un niño prodigio de la dictadura, estudiante de matrículas y opositor compulsivo, y añade una observación interesante: “Durante los años del cambio de régimen, Fraga era un político que daba la impresión de saberlo todo y de no entender nada, o al menos de no entender lo que había que entender”.

En este sentido, el gallego era la antítesis de Adolfo Suárez. Cercas menciona algunos de los descalificativos que el dirigente de la UCD recibía por parte de quienes, dentro y fuera de su partido, conjuraban preparando su final político: chisgarabís, pícaro, arribista. Y añade que, durante los años del cambio de régimen y al contrario que Fraga, Suárez era un político con gran inteligencia estratégica que “en aquellos momentos daba la impresión de entender lo que había que entender, aunque no supiera nada”.

En las últimas semanas, diversos acontecimientos han precipitado un cambio de Gobierno en nuestro país. El hasta ahora presidente Mariano Rajoy, asediado por las responsabilidades políticas que le atribuye la sentencia de la trama Gürtel, ha sido censurado por una mayoría del Congreso y ha anunciado su dimisión como presidente del Partido Popular tras más de tres décadas dedicadas a la vida pública. Rajoy se marcha con una mezcla de pena y desconcierto, abrumado por una vorágine política que no alcanza a comprender en su totalidad y sintiéndose víctima de una turbia maniobra de sus enemigos, que a su juicio han manipulado una realidad siempre mejorable pero llevadera en beneficio de sus intereses partidistas. Un hombre metódico y aplicado como Rajoy, registrador de la propiedad con apenas veintitrés años, no se explica el porqué de su amargo final si ha hecho lo que se suponía que tenía que hacer: sacar al país de su mayor crisis económica, evitar una ruptura territorial y acabar de aprobar unos presupuestos con difíciles equilibrios. Como Fraga, Rajoy da la impresión de saberlo todo pero no entender nada.

Albert Rivera, que a menudo se ha reivindicado en la figura de Adolfo Suárez, comparte con el líder de la UCD la ambición desmedida por el poder y el sentirse, de algún modo, elegido por el establishment para liderar un cambio tranquilo y sin estridencias. Y, como Suárez, aunque es incapaz de citar ningún título de Kant, sí sabe utilizar banderas e himnos con inteligencia para poner el foco en el eje nacional cuando esto le permite captar votantes a su derecha, así como apelar a la racionalidad de exdirigentes socialistas para tratar de arañar votos a su izquierda. No obstante, las altas dosis de demoscopia en vena que le suministran las casas de encuestas no han sido suficientes para contrarrestar su notable frustración cuando, la semana pasada, los viejos partidos pusieron en evidencia su irrelevancia parlamentaria y Rivera quedó como único socio protector del gobierno saliente durante la moción de censura. Así, hemos visto al séquito de Ciudadanos pasearse por instituciones y platós en los últimos días alertando del peligro de una inminente ruptura de España (fruto de los pactos del nuevo gobierno) gozando de una credibilidad similar a la de quienes en 2012 pronosticaban el fin del mundo anunciado por el calendario maya.

Enfrente se encuentra Pedro Sánchez, nuevo inquilino de la Moncloa. Su historia es la siguiente: un diputado raso accede a la secretaría general del PSOE al imponerse en unas primarias en las que contó con el impulso del ala oficialista del partido, que pretendía tutelarlo. Una vez ahí, su distanciamiento de quienes le habían aupado y su tenaz estrategia frentista con Rajoy le salen caras y es derribado; comienza a recorrer las agrupaciones locales con un discurso marcadamente izquierdista y recupera, gracias a las bases, el liderazgo frente a las élites del partido. De nuevo en la secretaría general, pacta con el gobierno la aplicación del 155 en Cataluña y consigue realizar una oposición elogiada por su responsabilidad de Estado para, en una súbita oportunidad derivada de la incapacidad del PP de hacer frente a sus escándalos de corrupción, ganar una moción de censura improvisada con el voto favorable de las fuerzas de izquierda radical y nacionalistas. Y por último, proclamado presidente, forma un gobierno de corte tecnocrático, europeísta y moderado ampliamente alabado por la opinión pública.

Hay algunos analistas empeñados en llamar “rectificación” a cada nueva jugada de Sánchez en lugar de admitir que fueron ellos los que se equivocaron al menospreciar a quien, en un único movimiento, ha conseguido contener la fuga de votos por la izquierda, sortear las exigencias de independentistas, cobrarse la cabeza de Rajoy y dejar tocados a los partidos situados a su derecha. Hay otros analistas convencidos de que los logros de Sánchez sólo se explican por el vacío ideológico del nuevo presidente, que le permite abrazar unas ideas u otras en función de las circunstancias.

Pero es probable, sin embargo, que Pedro Sánchez no haya cambiado muchas veces de ideología, sino de estrategia, y que su extraordinario pragmatismo no sepa ser reconocido como virtud por analistas y contrincantes políticos. Es probable, también, que el nuevo presidente pase a la historia como lo hizo Suárez: como alguien que en los momentos cruciales dio la impresión de no saber nada, pero pareció entenderlo todo.

Y esto es algo que nunca le perdonará Rivera.

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