Política y economía

El sueño de la razón produce monstruos populistas

15.11.2016 @ggnacho 4 minutos

Afrontaba el Politikon en Málaga: ¿más allá de la democracia representativa? como un evento más de la últimamente riquísima agenda cultural malagueña, pero el martes 8 todo cambió. La demoscopia no terminó de acertar —pese a su buen retrato del voto popular— y el trumpismo llegó para quedarse. Lo que días atrás figuraba en mi calendario como cita académica distendida pasó a convertirse en deber cívico y allí que me dirigí con unos buenos amigos, temerosos todos del panorama político que se abría ante nosotros.

¡Málaga exigía respuestas! Y tanto que sí. La ciudadanía desbordó el resucitado Soho para escuchar a Pablo Simón y Manuel Arias (que acababa de lanzar el impecable La democracia sentimental), y éstos no decepcionaron. El populismo tiene razones que la razón no entiende, podría haberse titulado esta reflexión, que finalmente ha acabado profanando la obra de Goya. Da igual: ambos enunciados condensan fugazmente las abrumadoras dosis de luz que los dos stand-up doctors arrojaron sobre la compleja, difusa materia que es el populismo. “Soluciones mágicas para problemas complejos”, que diría Albert Rivera. Bueno, no exactamente. Eso se llama demagogia y así, demagogos, son todos cuando se trata de alcanzar el poder, comentó el profesor Arias, que instantes después nos daba el rasgo definitorio del populismo: un discurso elaborado sobre la base de un choque de trenes entre el pueblo soberano y las élites, secuestradoras de la voluntad popular.

La noche transcurría y la inaprehensible realidad iba tomando forma. Asumir la voz de un único pueblo, de La Gente® en un mundo plural polariza más que consensua. Pero los tiempos han cambiado. El grandísimo Demófilo Peláez, el otro día, nos hablaba del posible fin de una era, y el día a día se empeña en darle la razón. ¿Está “petando” la humanidad como un portátil sin apenas RAM? La conciencia global empieza a saturarse ante las fluctuaciones constantes de una sociedad cada vez más heterogénea: pareciera que no da tiempo a procesar los abundantes inputs que nos llegan, y decidimos aminorar. En este punto es donde se empieza a abrazar a los Trump de turno. Nos dicen que hablan claro, que no se muerden la lengua, que vienen a hacer a América —o a Francia, o a Reino Unido— grande de nuevo. Que rescatarán a los olvidados, que echarán a los que vienen, que el establishment  nos ahoga y que se acabó esto de que manden los de arriba. Que todo se reduce a un “ellos contra nosotros” —cuando el poder nunca estuvo más repartido— y que el pasado que añoramos volverá de su mano. Es la democracia postfactual: no se trata de los hechos, no se trata de proponer, se trata de apelar. Hacer de las emociones un programa electoral y abrirse hueco en el corazón de los desarraigados. Porque la realidad, tan fría y complicada, ya no vende. Hillary Clinton es igual o peor que Trump porque es élite. ¿Acaso el bueno de Donald no lo es? ¡Él dice que no! Con eso basta: olvidamos su campaña construida sobre la base del odio, de la misoginia, del racismo y la homofobia. Desde nuestro sofá fabricado de equidistancia él puede que sea malo, pero ella siempre será peor. ¡El malo al menos es de los nuestros! Que se lo digan a un negro gay de Alabama, vino a decir Pablo Simón en una intervención que arrancó aplausos.

Triunfan la fábula y la simplificación, pierde la realidad. El mundo avanza, la pobreza, la violencia e infinidad de males no paran de disminuir. Pero cada vez somos más, y cada vez es más difícil comprender cómo gira este tiovivo. El populismo lo aprovecha y se abre hueco: ¿saldremos de él? Quizá la mejor cura contra el populismo sea verlos en el gobierno, vino a decir Manuel Arias con Syriza en mente.

Aunque quizá entender lo que es el populismo y de qué se alimenta sirva también. Yo salí del acto con mil ideas en la cabeza, pero con la sensación de que estos fantasmas se terminarán yendo por dónde volvieron. En la cena posterior, mi buen amigo Miguel Ángel me señaló una frase en la pared que rezaba: “populismo son los chupitos a un euro”. Con una foto de ese mensaje jocoso ilustré la noche en Twitter. El contrapunto de humor a un día cargado de cosas muy serias: ¡que nadie venga a cargarse nuestra democracia representativa! Más allá de ella… ¡no hay nada mejor!

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