Especial debate económico

El capitalismo es crisis por naturaleza

El economista Alejandro Quesada Solana basa su análisis en un estudio marxista para responder a la pregunta: ¿Ha aprendido algo España de la crisis?

11.04.2017 @aquesadasolana 5 minutos

La crisis económica estalló oficialmente el 15 de septiembre de 2008. Lehman Brothers se declaraba en quiebra. De súbito, España pasó de la Champions League de la economía a ser el país que más desempleo generaba –junto con Grecia-, el que más deuda pública emitía y el que peores primas de riesgo registraba. En apenas dos años, un presidente del Gobierno reconocía a sus ciudadanos que sin haber sido responsables de la crisis, les iba a tocar pagarla. Un fuerte recorte en el gasto acompañado de severas políticas de oferta en el mercado laboral y de las pensiones se remataba con un cambio de calado –pero superficial en la forma- en la Constitución española que anteponía el servicio de la deuda a los servicios públicos. “Los mismos que nada han tenido que ver con el origen, el desarrollo y las fases de la crisis son, por el contrario, los que han sufrido sus consecuencias y son, ahora, los que mayoritariamente deben contribuir a los esfuerzos necesarios para corregir los efectos de la crisis “, decía José Luís Rodríguez Zapatero el 10 de Mayo de 2010. Y tanto que hemos contribuido.

Sin embargo, esta somera crónica es bien conocida y no nos detendremos en exceso en ella. Pero si lo que queremos es responder a la pregunta que vertebra esta discusión, esto es, si España ha aprendido algo de esta crisis, conviene, no obstante, detenerse en algunas cuestiones de importancia.

Decíamos más arriba que España había sido uno de los países que peor había soportado la crisis –deuda, desempleo…- y es cierto, pero también hemos dicho que estábamos en la Champions League apenas unos meses antes –días incluso-. ¿Cómo explicar esta situación?

La España de 2007, la de la Champions, era una España desindustrializada, volcada en producir para mercados muy dependientes de la evolución general de la demanda, generadores de muy bajo valor añadido y apoyados fundamentalmente en capital ficticio. Esto es, constructoras, operadoras turísticas y banca. Si a este combo le añadimos las industrias energéticas y miramos los consejos de administración de estos sectores veremos cómo los apellidos se repiten y cómo, además, apenas han variado desde el franquismo hasta hoy.

Esta orientación productiva es incapaz, por sí sola, de hacer frente a un shock de demanda como el que se vivió en 2008 y el desmoronamiento del castillo de naipes era más que previsible. Como la casa de palos, apenas el lobo sopló, se derrumbó. Sin una estructura de bienes duraderos, maduros y de demandas más rígidas –como los que ofrece una estructura productiva avanzada industrializada-, los altos niveles de desempleo post-crisis se explican por sí solos. De igual manera, el incremento de la deuda pública se explica por sí solo si tenemos en cuenta que ésta fue utilizada casi por entero en tapar los descomunales agujeros que el juego banca-constructoras había provocado.

Por supuesto, y no nos escondemos en ello, nuestro análisis se basa en un estudio marxista que poco o nada tendrá en común con otros análisis más centrados en una mala aplicación de los controles económicos, excesiva intervención estatal o una ausencia de fuerte demanda.

No podemos aceptar que hubiese una mala aplicación de los controles económicos porque, simplemente, no los hubo. Y no los hubo no por un descuido, sino porque no podía haberlos si se quería que la banca y constructoras hiciesen negocio, es decir, que la rueda siguiese girando. Tampoco podemos aceptar una alta intervención estatal pues precisamente la crisis tiene lugar en una época en la que más se legisló, sí, pero para liberalizar –suelo, eléctricas, control de banca…-. Y, por supuesto, no es siquiera sensato plantear que una menor exposición al crédito por mayores salarios no hubiese provocado la crisis. Puede que hubiese llegado más tarde, puede que –incluso- la crisis hubiese sido de otro tipo, pero nos habría conducido a la crisis de igual manera porque a este juego –al capitalismo- siempre se juega para seguir jugando, y las sucesivas casillas nos llevan a la única salida posible: la crisis. La búsqueda competitiva por la ganancia es en sí misma, y necesariamente, depredadora. Y no es una cuestión de buen o mal capitalismo; es su única naturaleza, se presente con la faz que se presente. No hay ni una sola época del capitalismo que no haya concluido en una crisis. El “mal” capitalismo de inicios de siglo XX se quebró en 1929. El “buen” capitalismo tras la II Guerra Mundial se ahogó en una pugna competitiva entre salarios y beneficios. Su naturaleza es, como decíamos, crisis.

Y una (nueva) crisis que parece más cercana que lejana en el horizonte español. De hecho, los precios de la vivienda están volviendo a subir y el número de viviendas construidas ha vuelto a aumentar desde 2007. Sin embargo, y así se publicaba en prensa, no parece posible que vaya a volver a haber una crisis ya que la precariedad laboral y los bajos salarios contienen la demanda.

Ahí, precisamente, está una de las grandes enseñanzas de la crisis. Uno de los más y mejores avances del capitalismo español en relación a la época anterior a la crisis: el nivel de precariedad y de miseria laboral ha aumentado drásticamente. En apenas unos años, se ha disciplinado duramente a la clase trabajadora. La devaluación interna, la normalización de los recortes y la competición entre iguales han sido tres grandes logros del capitalismo español durante esta crisis. Se ha conseguido en un tiempo récord laminar los derechos de la clase trabajadora y su capacidad para resistir y organizarse. Una clase trabajadora que ha asumido la carestía de la vivienda, la imposibilidad de una pronta emancipación, el desempleo como algo natural, la inestabilidad como forma de vida y el plantearse el futuro como una difusa quimera.

Sin duda alguna, durante la crisis, ha habido quien sí ha hecho bien los deberes. Quien ha conseguido que con el dinero del conjunto de la población se tapen sus agujeros, quien ha conseguido que la rentabilidad no decaiga y quien ha conseguido mejores y más baratos trabajadores. En el debe, las derrotas de la clase trabajadora.

A todas luces parece que un lado de la balanza sí que ha sabido leer la crisis y aprender cosas valiosas de ella. En los próximos meses urge comprobar si el otro lado de la balanza es capaz de organizarse y demostrar que, para el beneficio de sus propios intereses como clase, también se ha aprendido la lección.

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