Política y economía

La democracia griega según Platón

Platón escribió sus “Diálogos” enfrentándose a la jerarquización de los estamentos

29.06.2016 @emilioarnao 7 minutos

Si atendemos a las distintas formas a la hora de asistir las distintas teorías políticas de la época de la Antigua Grecia, obtendremos como resultado diferentes procesos diacrónicos referidos a espacios muy variados, los cuales conceden manifestaciones socio-políticas que van desde la monarquía, la tiranía, la aristocracia, la plutocracia o la democracia. Entender todas estas formas es complicado, pues hemos de ser consicientes el historicismo del hecho político en aquella época tan diversa y tan conectada a los procelosos cambios de gobernanza según se entendiera el momento preciso que debía navegar entre uno u otro contenido socioanalítico a la par que el presente -o mejor el flujo histórico- que iba abriéndose paso a cada instante.

Yo intentaré centrarme en el concepto de democracia, tal y como se entendía entonces, como fórmula de acción y de penetración en las distintas concurrencias del “demos” -o pueblo- y el “krátos” -poder o gobierno-. Plutrarco señalaba que el derivado de la fusión entre las palabras “demiurgi” -demiurgo- y “geomori” -geomoros- se debía a los eupátridas, las tres clases en las que Teseo fraccionó a la Ática -integrada por metecos, esclavos y las mujeres-. Los eupátricas eran los nobles, los demiurgos los artesanos y los geomores los campesinos. Estos dos últimos grupos se rebelaron contra la nobleza y crearon el “demos”. Por tanto, si atendemos justamente a la etimología de la “democracia”, ésta atendería a la acepción de “gobierno de los artesanos y campesinos”. En tal caso, la democracia, podemos decir, comenzó en la Antigua Grecia durante el mandato de Pericles en el siglo V a. C. De ahí su vinculación con la democracia puramente ateniense.

Pero yo quiero concentrarme -como señala el título de este artículo- en cómo entendía la democracia ateniense el creador de la Academia Platón -429 o 457 a. C. hasta, según Diógenes Laercio, 349 o 347 a. C-. Platon fue sin duda, según sentencia Alfred North Whitehead, el más influyente filósofo antiguo en la ontología y metafísica de nuestra edad contemporánea y su largo y reciente pasado. Pero ¿cómo entendía la política exactamente el sobrino de Critias? Ya desde su juventud mostró un marcado interés por una política justa. Su preocupación al respecto es una constante en la casi totalidad de su obra filosófica -atendida desde el género literario del “diálogo”, tomando como referente la literatura de Homero o Hesíodo-. Sin embargo, he de remarcar que son en tres diálogos concretos donde se manifiesta más profundamente la eclosión del pensamiento platónico con la sinergia del poder político. Esto es, en el “Gorgias”, “La República” y “Las Leyes”.

Leídos los tres textos yo encuentro contradicciones en la manera de efectuar la ubicación de sus tesis filosóficas -siempre a través de personajes, nunca emitiendo una opinión personal y subjetiva- y su modo de entender el ente público. A saber:

Tomando como coartada los estudios realizados por Ute Schmidt, me doy cuenta que en el “Gorgias” Platón aplica un carácter normativo o prescriptivo -con rebosante claridad, todo hay que decirlo- desde el momento en que reflexiona sobre la res pública. Este diálogo tiene por subtítulo “Sobre la retórica” -lo cual ya de entrada nos indica por dónde van a ir sus agregaciones-. La pregunta principal del “Gorgias” la formula Sócrates -el maestro de Platón abunda en casi todos sus diálogos- de la siguienta manera: “quiero saber de qué modo se debe llevar la política entre nosotros”. He ahí una prescripción, es decir, el “debe”. A la vera se pregunta Sócrates ¿cómo es la política?, ¿cómo debería ser la política?, ¿cómo es el político? Para responder a estas preguntas Patón ejerce una analogía entre la salud y la enfermedad del cuerpo y entre la salud y la enfermedad del alma. Entiende que de salud del cuerpo se encarga el médico, el cual posee un grado de conocimiento muy elevado, por tanto llama “arte” a lo que en griego se define como “téjnè”. A lo que continua que todo “téjnè” debe basarse en conocimientos o “episteme” y debe poder enseñarse y aprenderse. Un “téjnè” así es un demiurgo, un “tejnikos” un “epistemon” -un conocedor-. Y aquí deviene la gran reflexión platónica: ¿Están realmente los políticos aplicando la “téjnè” a la hora de desarrollar sus funciones. Evidentemente no. Según Platón, ningún político ateniense -nombrando a Temístones, Cimón, Pericles o Milcíades- actuó para la mejoría moral de los ciudadanos a través de sus discursos, puesto que eran “ociosos, cobardes, parlanchines y amantes del dinero”. Es decir, el político no poseía una educación previa, no sabía dónde estaba el límite entre lo bueno y lo justo. Platón entiende que la política debe basarse en un compromiso a la hora de obtener la justicia y la felicidad de los gobernados. Aunque, a la manera socrática, es capaz de indicar que es mejor sufrir injusticia que cometerla. Sin moral, no hay felicidad. El poder sólo busca, como hizo Calicles -por fijar a algún político- el placer, la fuerza, el dinero, la corrupción, mientras, por otra parte, traicionan el sentido de la vida al no situar un bálsamo en su propia alma ni en la de los gobernados. Hasta aquí el “Gorgias”. Ahora entro en lo que piensa políticamente Platón en “La República”.

Dice Platón: “mientras no reinen los filósofos en las ciudades, a los ahora llamados reyes y soberanos que no se entreguen verdadera y completamente a la filosofía, no habrá tregua para las ciudades ni tampoco a mi parecer, para los hombres”. Dentro de este sistema yo encuentro una coherencia desde el momento en que Platón mismo da por correcto su plantemiento político, como una suerte de ecuación matemática. Pero a la vez entiendo que la obtención de un “conocimiento” de normas es tan problemático como imposible. Pues así la misma diversidad de concepciones -muchas de ellas antagónicas- acerca de lo que debería ser la política es verificada como claridad y orden. Creo que no existen criterios evidentes en relación sobre los distintos valores que deberían imperar en una sociedad, por lo que todos los pensadores y legisladores que pueden facilitar una instancia -de tipo ontológico- que promulgue una dialéctica sobre la concepción de la política y de lo que “debe ser” -de ahí la prescripción de la que hablaba anteriormente- no asumen ese retoricismo como única y exclusivamente correcto, por lo que el sistema platónico cae en picado hacia las ideas celestes del Hades.

Por último encuentro una contradicción entre los dos textos anteriores -esto es, “Gorgias” y “La República”- con su última obra escrita, esto es, “Las Leyes”. Creo que la experiencia personal ocurrida en Platón en su viaje a Siracusa -Sicilia- al intentar plantear una democracia filosófica basada en el conocimiento, le produjo un estado de frustración al ser imposibilitada primero por el tirano Dionisio I -quien llegó a esclavizar a Platón- y luego por su hijo Dionisio II. Esta experiencia, casi con toda seguridad, marcó a Platón, quien empezó a plantearse qué otro sistema político podía adaptar para que fuese más práctico y más funcional. Es ahí donde aparecen “Las Leyes”, una obra que conforma toda una evolución y que en algunos momentos se desata en su profunda lógica de las anteriores. En “Las Leyes” Platón estructura el sistema político democrático de una manera mucho más rígida y autáquica que en su anterior pensamiento. Platón imagina un lugar cretense imaginario al que denomina “Magnesia” y, desde ese mismo lugar, establece las distintas reglamentaciones que deben regir una sociedad justa. Platón reglamenta la administración, el matrimonio, la procreación, la educación, la criminalidad, los castigos, las ceremonias religiosas, los mercados, las escuelas, la irrigación, los juegos de los niños, e incluso acepta el fenómeno de la esclavitud. En esta ciudad idílica debe producirse la sociedad mixta, justa entre sus habitantes, además de estar compuesta por elementos democráticos que facilitan la participación popular en elecciones, lo que da asomo de libertad, pero a la vez adivina el acceso de la oligarquía -la clase de los propietarios, dando como posible la propiedad privada- y a la aristocracia -lo que el define como “Consejo Nocturno”-. Este Consejo actúa como una suerte de “Inquisición”. Hemos de atender a que el pensamiento religioso de Platón no queda del todo claro, pues unas veces habla de dios y otra de dioses. En “Las Leyes”, dios es la medida de todas las cosas, pues los dioses justifican, en última instancia, la ley, lo cual nos sacude la opinión hasta aproximarla a la “teocracia”.

Para terminar diré que lógicamente esta evolución del pensamiento político de Platón -insisto no carente de contradicciones- hay que verlo desde el punto de vista de la contextualización, pues todo historicismo debe siempre analizarse desde el momento preciso en que se escribió tal o cual texto tanto filosófico como artístico. En ese sentido, Platón es aceptable y pleno de grandeza al optar por un modelo diferente de democracia tal y como se entendía en la Atenas del siglo en que vivió. Sólo desde el historicismo, pues, podemos entender esa arriesgada epistemología con que el idealismo platónico hoy nos atesora y nos seduce.

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