ESPECIAL: 1-O en Cataluña

La democracia según el independentismo

"Democracia es votar", dicen. Pero, ¿lo es? Recorramos algunos de los aspectos que han contribuido a la expansión de las falacias 'ad populum' soberanistas

21.09.2017 @ggnacho 6 minutos

Democracia, la voz del pueblo, votarem… Cataluña alcanza en estas semanas el punto álgido de un desafío político cuya firmeza y recorrido nadie, ni tan siquiera ellos mismos, llegó a evaluar de manera adecuada. La Generalidad y el Parlamento catalán han caminado inexorablemente hacia un escenario crítico en el que la legalidad y el respeto al pluralismo innegable en una sociedad compleja han sido pisoteados en nombre de la voluntad suprema del pueblo catalán. "Democracia es votar", dicen. Pero, ¿lo es? Recorramos algunos de los aspectos que han contribuido a la expansión de las falacias ad populum soberanistas.

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Ganar “con democracia y urnas”. De la mano, siempre. Durante los meses previos al 1-O, el nacionalismo ha basado buena parte de su discurso en asociar estos dos términos. Como en las democracias se ponen urnas, poner urnas es democracia. Se ha tomado la consecuencia y se le ha dado el rol de causa, desproveyéndola de todas las garantías que un sistema democrático de facto aporta, o debería aportar, a un “despliegue de urnas”. Así ocurre en cada elección autonómica catalana —y española—, mas no en este procés construido enteramente sobre la base de una pasión. Ya hablaremos, más adelante, de legalidad. Antes, lo básico. Presupongamos por un instante que existe un clamor popular a favor de la independencia. ¿Por qué éste no será nunca democrático per se?

En primer lugar, porque las democracias directas ya no existen, y la voluntad del soberano no lo es todo, aun cuando el soberano es el llamado “pueblo”. Se alzan en estos momentos voces que añoran esa pureza, que hablan de la soberanía “sustraída"; olvidando, o más bien obviando, interesadamente la imposibilidad de emular aun remotamente tal sistema. En la democracia ateniense, paradigma de deliberación directa, el tamaño reducido de las ciudades-estado y las tremendas restricciones a la hora de ser considerado ciudadano —con exclusión de extranjeros, mujeres…; en fin, de todos, salvo los varones— posibilitaban el desarrollo de este sistema. Hoy, y resulta sonrojante tener que recordar semejante obviedad, no sólo la mera logística impide este tipo de elección, sino también la tremenda complejidad y riqueza de las sociedades, en las que encontramos mucho más que varones como los de la antigua Atenas. Así pues, sabemos, ahora, que la democracia no es ya, únicamente, voto popular, sino que entran en juego otros factores necesarios para no salirnos de los marcos democráticos. Y es que una tribu, por mayoritaria que sea en sociedad, y sea cual sea su nombre, no puede imponer sus deseos al resto sin más justificación que la del “voto mayoritario”, errónea, muy erróneamente renombrado por algunos como “voto democrático”. Estaríamos entonces ante la conceptuada por Tocqueville como “tiranía de la mayoría”, en la que los intereses de las minorías quedan absolutamente supeditados al de una mayoría que puede no tenerlos en cuenta, o directamente atacarlos. Imaginemos, por un segundo, que una Asamblea o cualquier otra institución de representantes elegidos democráticamente decidiera virar hacia formas ancestrales de gobierno, silenciando a las minorías -o representantes de las mismas- por medio de un cierre de la Cámara tras la aprobación de un texto legal aprobado sin posibilidad de enmiendas y que vulnera todo el ordenamiento de un Estado democrático y con garantías. Uf, un escenario cuasi distópico, sin duda, preocupante, ¿verdad? Y desde luego, muy lejos de las formas democráticas, al haber tratado de equiparar legitimidad y regla pura y dura de la mayoría. Es por ello que, para evitar estos desvaríos totalitarios y antipluralistas en nombre de un colectivo numeroso, las democracias actuales han evolucionado a “democracias constitucionales”, aquellas fundadas sobre una Constitución con un contenido esencial que limita el alcance de las decisiones populares. Lo resume Manuel Arias Maldonado en su texto La democracia: “Se ha planteado así que las normas constitucionales deben servir como contrapeso a las decisiones populares, principalmente a través del control judicial por parte de los tribunales constitucionales (…) que operan como instituciones contramayoritarias que excluyen determinados asuntos del ámbito de decisión democrática en defensa de la propia democracia”. Entre estos asuntos, por ejemplo, los derechos y deberes fundamentales recogidos en nuestra Carta Magna.

En definitiva, la democracia es mucho más que poner urnas, más cuando éstas tratan de ser impuestas de forma unilateral, sin garantías, sin transparencia y sin amparo en nada más que la voluntad de un supuesto pueblo inexistente, en la medida en que se camufla a una sociedad compleja, rica, diversa, con intereses múltiples y contrapuestos bajo una única bandera, la senyera, que ahoga la voz de los discordantes y amplifica la de los viscerales. Y todo ello para decidir, entre otras muchas cosas, una terrible cuestión que señalaba hace escasos días Juan Claudio de Ramón en The Objective [1]: “Quien pide el referéndum de independencia no pide ni más ni menos que (…) el derecho a decidir qué ciudadanos de tu comunidad se desea conservar y cuales pasarán a ser extranjeros”. No, esto no es democracia. Y tampoco hace honor al sistema democrático la falta de garantías del referéndum, desde su aprobación y tramitación hasta su censo, que deja fuera del cuerpo de sufragistas a todo catalán no empadronado en Cataluña. Por no hablar de la falta de honestidad respecto al derecho de libre determinación —sólo reconocido a pueblos de territorios coloniales o sometidos a subyugación, explotación o dominación extranjeras, como señala la declaración de la AEPDIRI[2]— o respecto al “después”, un escenario que, pese a no haber ocurrido —ni lo hará— ya se asemeja al post-Brexit, con sus “yo pensaba…”, “Nigel Farage prometió…” La dura realidad tras el hipotético amanecer independentista, oculta entre mentiras y promesas vacías. Postfactualismo, lo llaman.

La lista podría continuar, pero los motivos por los que La democracia según el independentismo resulta no ser más que un evangelio apócrifo del libro de La Democracia —la de verdad—  son meridianamente claros. Dijo Antonio Papell[3]: “El nacionalismo es particularismo devastador, egoísmo disolvente y factor de debilitamiento democrático, toda vez que defiende la existencia de unos derechos colectivos, proclives a todos los populismos, que casi siempre son incompatibles con los principales derechos individuales”.

Y de aquellos polvos, estos lodos. Hoy, el Estado de Derecho entra al fin en acción precisamente para salvaguardar los derechos individuales de todos aquellos silenciados por una marabunta llevada al paroxismo y en abierto enfrentamiento con la legalidad. Era difícil imaginar que se llegaría a este punto. Pero, parece, el nacionalismo tiene razones que la razón no entiende. Sólo hay que echar la vista atrás para empezar a vislumbrar hasta dónde se puede llegar en nombre de una bandera.

[1] Juan Claudio de Ramón. ‘Haréis de mí un extranjero’, en The Objective, el 13 de septiembre de 2017 http://theobjective.com/elsubjetivo/juan-claudio-de-ramon/hareis-de-mi-un-extranjero/

[2] Asociación Española de Profesores de Derecho Internacional y Relaciones Internacionales. ‘Declaración sobre la falta de fundamentación en el Derecho Internacional del referéndum de independencia que se pretende celebrar en Cataluña’ https://web6341.wixsite.com/independencia-cat

[3] Antonio Papell, periodista español. Diario ABC, 29 de mayo de 2006.

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