Política y economía

La respuesta rusa

Las claves del atentado en San Petersburgo

04.04.2017 @saxofonator 3 minutos

Comentaba Jorge Verstrynge tras ser preguntado por el omnipresente Ferreras que el atentado de Londres no fue low cost, sino “terrorismo gratuito”, ya que ahora no hace falta más que un cuchillo y un vehículo —propio, alquilado o robado— para hacer nacer la carnicería civil. No obstante, tratar de encauzar el terrorismo islamista dentro de una corriente y prever cómo va a actuar en un futuro es tan complicado como buscar una justificación coherente a tal disparate. La prueba la encontramos en el análisis del último eslabón de la cadena de la ira: ayer tocaba San Petersburgo.

El ataque en el suburbano de la segunda ciudad más importante de Rusia es una excepción si se compara con la tendencia minimalista hacia la que están derivando los últimos atentados en suelo occidental. Desde Niza, pasando por Berlín, Jerusalén, Düsseldorf, Heildelberg u Ohio, los atacantes simplificaron cada vez más su estrategia. Durante el último año han disminuido las explosiones y las armas de fuego y han ido aumentando las armas blancas y los atropellos, como sugería Verstrynge. Lo ocurrido en San Petersburgo es un retorno al atentado clásico, no visto desde Bruselas: el de la magnitud. Aquel inspirado en Madrid, en Londres en 2005 o en Moscú en 2010. El terrorista, por cierto, cada vez se hace estallar menos. La mayoría son abatidos por las fuerzas de seguridad (como en Londres o Niza) o escapan. En San Petersburgo la Policía busca a dos sospechosos de colocar las carteras en los trenes.

Por otro lado, destaca la velocidad con la que se ha querido contemplar y denotar la opción terrorista (concretamente, yihadista) como causa de las explosiones. Rusia no se anda con minucias. En la primera declaración de Vladimir Putin, la hipótesis terrorista se posicionó y destacó de forma evidente. Además, los servicios de emergencias y seguridad acertaron desde el primer momento con las cifras y datos, que siempre bailan en situaciones de desconcierto como estas. Determinaron dos explosiones, que rápidamente fueron reducidas a una (más un artefacto que no estalló), y un balance exacto de 10 muertos, que apenas ha crecido con el paso de las horas. En otros casos (pienso en el fatídico viernes parisino de Bataclan o en el atropello de Berlín), las cifras no pararon de crecer hasta bien pasadas las 24 horas. En Berlín, además, no se confirmó que se trataba de un acto terrorista hasta casi un día después del suceso.

Por último, otro aspecto que llama la atención de este atentado es el seguimiento mediático que ha tenido. Al ocurrir temporalmente muy próximo al de Londres, es fácil compararlos. La concepción del país de las estepas como ligeramente ajeno a Europa y al occidentalismo ha sido visible en el impacto social que ha generado. Pese a tratarse de un ataque con más víctimas y mayor complejidad que el de Westminster, la reacción de los medios españoles y la parvada tuitera no ha sido tan masiva como hace un par de semanas. Aún así, cabe destacar la magnífica labor de los diversos corresponsales españoles desde Moscú, que lucharon por situar la información urgente y de última hora casi al nivel del Trending Topic del día, que no fue otro que la separación entre David Bustamante y Paula Echeverría. Dado el crecimiento del desinterés del ciudadano medio por conocer la verdad y la incipiente amenaza que vive Occidente, me amparo bajo la sentencia que ha pronunciado Echevarria: “Tomáoslo con calma, que esto va para largo”.

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