Política y economía

¿Más referéndums, más democracia?

El derecho a voto es la punta del iceberg de todo el sistema democrático

31.07.2016 @fcovargas 7 minutos

En política, como en todo en la vida, estamos cargados de modas y tendencias. Ahora ha tocado la de que hay que decidirlo todo en referéndum. Es decir, que se proponga una votación por parte de todos sobre los temas sobre quienes deben (nuestros representantes) no quieren o no saben cómo decidir.

Los referéndums siempre van cargados de buenas intenciones. Al fin y al cabo, la democracia significa etimológicamente “el gobierno del pueblo”. Pero, tras algo tan supuestamente obvio se esconden muchas trampas, como veremos a continuación.

En primer lugar, porque hay mucho desconocimiento sobre esta figura. Sólo tenemos que encender la televisión y ver cómo sin ningún pudor se confunden términos como referéndum y plebiscito. Y es importante saber qué proponemos antes de exaltar al electorado.

Si lo que queremos es decidir sobre nuestro ordenamiento jurídico (modificar leyes, crear nuevas…), nuestra herramienta es el referéndum. Es decir, el referéndum no es sobre si queremos independizarnos de nuestro país o si queremos ser miembros de una organización, por ejemplo. Obviamente, esto nos traerá consecuencias y modificaciones en las normas y leyes que nos gobiernan, pero no decidiremos directamente sobre la transposición de nuestra decisión sobre el ordenamiento jurídico.

Por el contrario, si lo que queremos es realizar una consulta, que puede considerarse vinculante o no, pero que no tendrá impacto directo sobre el ordenamiento jurídico, lo que queremos convocar es un plebiscito. El ejemplo más cercano de plebiscito (aunque los medios se hayan hartado de llamarlo referéndum) es la consulta sobre el Brexit. El gobierno británico consideró que esta consulta era vinculante, pero no es de obligatorio cumplimiento para el gobierno más allá de lo inmoral de engañar al electorado, ni tiene incidencia directa sobre las leyes británicas. Será el Parlamento británico quien decida cómo se configura legalmente la decisión de los británicos sobre su no pertenencia al club europeo.

Otro de los peligros del abuso del referéndum como herramienta política es el de la negación de la democracia representativa. Los defensores a ultranza de la democracia directa abogan por una suerte de cuñadismo político en la que los ciudadanos tenemos la capacidad de decidir sobre cuestiones que a los expertos les lleva mucho tiempo decidir. O, no nos engañemos, somos el último recurso para decidir sobre lo que los que deben hacerlo, no lo hacen. Es la política de la irresponsabilidad. Tan gobierno del pueblo es un tipo de democracia como otra, con la clara diferencia de que la democracia representativa aspira a (y debería) conseguir que sean los mejores los que nos gobiernen y tomen las decisiones que, no nos engañemos, no estamos preparados para tomar. Bastante peligro corremos cada cuatro años dejando votar a gente que basa su voto en el aspecto físico de los candidatos o en si les caen más o menos simpáticos los representantes que decidirán sobre aspectos muy importantes de nuestras vidas. Jugar con fuego hace que aumenten las probabilidades de acabar quemados.

Pero el debate etimológico de la democracia como gobierno del pueblo tiene otra consideración que explicar en el ámbito del referéndum. ¿Quién es el pueblo? ¿Quién decide quién es el pueblo? No hay referéndum que no esté condicionado de inicio. ¿Por qué el criterio para votar en un supuesto plebiscito sobre la independencia de Cataluña es el empadronamiento dentro de unos límites geográficos definidos y no el criterio de nacimiento dentro de esos mismos límites? ¿Es más catalán un nacional de otro país que vive en Cataluña que una persona que ha nacido en Cataluña y es descendiente de catalanes, pero que ha decidido tener su residencia en otro lugar del mundo? La pregunta no es baladí, ya que implica quién puede votar y quién no. ¿Por qué en el Plan Ibarreche no contemplaba, bajo este mismo criterio, la posibilidad de votar de los cientos de miles de vascos exiliados por el terrorismo nacionalista que ya no vivían allí? Negar derechos está siempre entre los riesgos de enfocar de manera errónea un referéndum o un plebiscito. Es importante no perder de vista que los referéndums y los plebiscitos no los propone la ciudadanía, sino que parten de la voluntad del gobernante.

Dentro de esta potestad del que convoca la consulta se encuentran las condiciones que regirán las mismas, además de las que ya hemos analizado anteriormente. En este ámbito hay que decidir qué legitimidad tendrá el resultado final de la votación. Normalmente, este tipo de consultas suelen ser a elegir entre sí o no, con lo que es lógico pensar que la opción que más votos tenga, sea la que salga adelante. Pero, ¿qué ocurre si hay más abstencionistas o personas que no han ejercido su voto que cualquiera de las otras opciones? O bien si la opción mayoritaria no alcanza al menos la mitad más uno de los votos posibles. Legitimar decisiones amparándose en apoyos de menos de un tercio de la población afectada es posible si las condiciones “pactadas” (no hay pacto posible porque es potestativo del gobernante) así lo establecen. Es el caso de las últimas consultas que ha habido en Cataluña, por ejemplo, donde ni tan siquiera un tercio de la población apoyó la última reforma estatutaria.

En este caso, si la legitimidad de la decisión adoptada mediante consulta no es lo suficientemente fuerte, es cuando referéndums y plebiscitos se convierten en un peligro para la estabilidad política.

Finalmente, otra cuestión muy importante a tener en cuenta es sobre qué se puede o no se puede decidir en una consulta de este tipo. Ya lo he dejado entrever anteriormente, pero lo cierto es que idealizar a la masa es un error de lo más común. Seamos honestos y preguntémonos si realmente estamos preparados para decidir sobre cuestiones de economía complejas o sobre actos administrativos que no entendemos, cuando cada vez que hay unas elecciones destinamos millones de euros a explicar a la gente que la papeleta sepia va en el sobre sepia y la papeleta blanca va con la papeleta blanca. ¿Alguien cree realmente que los británicos estaban preparados para conocer todas las implicaciones de su salida de la Unión Europea? Gobernar tiene mucho de educar, que no de adoctrinar. El buen gobernante debe ser capaz de mostrar cuál es la mejor opción para sus representados y que estos lo entiendan como tal, pero no dejar sus funciones en manos de la ciudadanía de manera irresponsable.

Esto no es un alegato en contra de los referéndums o los plebiscitos. No. Es un alegato contra los referéndums y los plebiscitos mal configurados y que no se ponen encima de la mesa para solucionar, sino para enfrentar. Nunca se está más lejos de la democracia que cuando se la manipula. El problema es que tanto referéndums como plebiscitos son cortinas de humo muy densas que no dejan ver la realidad que en muchas ocasiones se esconden tras ellos. Si decidimos sobre cuestiones de las que no conocemos todas sus implicaciones, o en las que una minoría se puede hacer pasar por una mayoría, no estaremos más cerca del gobierno del pueblo, sino del desastre.

En España los referéndums están contemplados en nuestro ordenamiento jurídico en la Constitución Española para cuestiones de hondo calado. De hecho, se establece que esta figura se utilizará para decisiones políticas de especial trascendencia. En la práctica, esto se traduce en decidir sobre las modificaciones constitucionales más importantes: sistema político y ordenamiento territorial. Es decir, que, en última instancia, las reglas del juego que guiarán la gestión posterior están en manos de la ciudadanía, pero no más allá. Los críticos del sistema consideran esto un déficit democrático, pero recordemos que esto no ha sido obstáculo para que se hayan producido plebiscitos, que, aunque de menor peso jurídico e institucional, también tienen repercusión en nuestras vidas.

Votar mucho no es sinónimo de salud democrática. La democracia no es el derecho a voto, sino que éste es la punta del iceberg de todo el sistema. La democracia es respeto por los derechos de las minorías sin atender la decisión de la mayoría. Y, lo más importante, democracia es tener instituciones que nos defiendan del poder y no que el poder haga con nosotros lo que quiera. De nada sirve votar si no se respeta lo votado o si lo votado va en contra del interés general. En definitiva, la democracia hay que practicarla entre todos, todos los días, defendiendo sus instituciones y mejorándolas siempre que sea posible y necesario.

Etiquetas, , ,
Artículo anterior Artículo siguiente