Política y economía

Participación ciudadana durante el proceso electoral

La democracia no es sólo votar, es algo mucho más importante, respetar lo votado

26.06.2016 @fcovargas 6 minutos

La democracia conlleva como sistema político, como no puede ser de otra manera, unas altas dosis de civismo ciudadano. Es decir, que la convivencia se convierte en un requisito sine qua non. Es por ello que se ha fracasado en exportar el modelo tal cual a países donde no había democracia, ya que la democracia no es sólo la expresión de la voluntad popular, sino el respeto por las decisiones tomadas en consenso y la fortaleza institucional para garantizar la legitimidad del proceso. Hay una fase de madurez ciudadana o democrática que tiene que existir previamente al ejercicio del sufragio que es imprescindible para que se pueda llegar a acuerdos y, lo que es más importante, que se respeten, pues de nada servirá lo consensuado si no se respeta lo decidido. Parte muy importante de esta madurez democrática es la implicación ciudadana en todas y cada una de las instituciones a las que tenemos acceso gracias a nuestro Estado de Derecho. De no hacerlo así, sí que corremos el riesgo de que unos pocos finalmente sean capaces de controlar para su interés los que nos pertenece a todos. No debemos caer en la dejadez de creer que alguien estará haciendo una labor fundamental que nos corresponde a todos y cada uno de nosotros.

Es por ello que la participación ciudadana directa el día de las elecciones no merece circunscribirse solo al mero ejercicio del sufragio. Hay otras formas de participación en las que además estamos obligados por ley en algunos casos. La primera de estas formas de participación es voluntaria y se puede ejercer de varias maneras. Se puede ir como voluntario a través de una formación política, bien como apoderado de esa formación, bien como interventor en alguna de las mesas electorales. De esta forma los ciudadanos, a través del ejercicio de su derecho de libertad de asociación y de expresión pueden ayudar a los partidos políticos y al resto de agentes que intervienen en el proceso electoral a garantizar el correcto funcionamiento del proceso democrático durante la jornada electoral. También los trabajadores públicos pueden decidir voluntariamente actuar como agentes electorales y responsables de colegios electorales el día de las elecciones de manera voluntaria y retribuida. De esta otra manera, los trabajadores públicos pueden utilizarse también para dotar de imparcialidad a todo el proceso. Pero si sólo nos quedamos aquí, los ciudadanos no tendrían el control pleno de que lo que ellos deciden, es realmente lo que va a salir adelante. Al fin y al cabo, y aunque obligados por ley a guardar el proceso de acuerdo a las normas establecidas, los representantes de los partidos son eso, representantes de una parte del electorado; y los funcionarios, en primer lugar, se deben en la práctica a su bienestar personal, que pasa por obedecer, no al interés general, sino al de no buscarse problemas, especialmente con las élites gobernantes. ¿Qué ocurre con todos aquellos ciudadanos que simplemente quieren preservar el sistema? ¿O que simplemente esperan que todo se desarrolle con la normalidad que debe regir este sistema político de consenso? Los ciudadanos deben ser responsables de vigilar y proteger sus instituciones por ellos mismos y no con la mediación de terceros y es por esto que se hace indispensable que los propios ciudadanos tomen el control de hecho del proceso mediante dos figuras: los vocales y los presidentes de todas las mesas electorales. Éstos y no otros son los auténticos garantes de que el proceso democrático se lleva  a cabo con total normalidad y respetando las normas por todos los agentes implicados. Son los presidentes de mesa, junto con el apoyo de los vocales, los que permitirán que sus conciudadanos y ellos mismos puedan ejercer el derecho al voto sin temor a que interesados de parte puedan alterar el normal proceso democrático.

Es por ello que deberías dejar de pensar en por qué no se llama sólo a los parados para formar parte de las mesas electorales. Varios son los motivos para que cuando alguien proponga esta medida tan habitual el día de las elecciones (especialmente por parte de quienes tienen que pasar un día de domingo en la mesa electoral sin moverse) tengas argumentos para rebatirle. También puede darse el caso de que estés leyendo estas líneas y que los parados hagan lo que a ti no te apetece (pero debes) hacer te parece la mejor idea del día. En cualquiera de estos casos, sigue leyendo.

En primer lugar, que es una tarea de todos. Porque la democracia es de todos y no sólo de unos pocos por una circunstancia tan poco objetiva como su situación personal.

Lo segundo es porque los parados no son ciudadanos de segunda a los que reconvertir en mano de obra barata. Que el Estado haya decidido indemnizar a los ciudadanos por las molestias que les supone tener democracia en España, no quiere decir que tengamos que practicar falsa caridad con quien en teoría más lo necesita. No es un trabajo, es una obligación ciudadana. Y no es un sueldo lo que reciben los presidentes y vocales de las mesas electorales, sino una indemnización.

Y, por último, porque no se trata sólo de una obligación ciudadana, sino, sobre todo, se trata de un derecho democrático de primer orden. La democracia no es cosa de políticos o de agentes externos a nuestra convivencia. La democracia es nuestra como ciudadanos libres que somos y, como tales, somos nosotros y no otras personas los que debemos cuidarla. Igual que celebramos la propia existencia del proceso electoral, no debemos quedarnos atrás en sentirnos orgullosos y partícipes del mismo.

Lo cierto es que la escasez democrática brilla con estos gestos por su ausencia. La democracia no es sólo votar. La democracia es algo mucho más importante. La democracia es respetar lo votado. Y para ello lo votado tiene que estar legitimado. No puede haber margen para la duda. Hay que respetar las leyes, pero, sobre todo, no debe quedar ninguna duda sobre la limpieza del proceso.

Vuelvo al comienzo de esta serie de artículos sobre el conocimiento de los derechos básicos en democracia, cuando hablaba de derechos naturales y no naturales. Los primeros son muy escasos, pero cuesta menos defenderlos y, sobre todo, alcanzarlos, pues al fin y al cabo están con nosotros desde el comienzo por el mero hecho de ser seres humanos. Los segundos afortunadamente son cada vez más, pero en la multitud de derechos comenzamos a perder perspectiva y a considerarlos a todos jerárquicamente iguales, cuando no los comenzamos a considerar erróneamente como derechos naturales. Nada más lejos de la realidad. Hay que defender unos derechos más que otros, o al menos vigilarlos con mayor celo, ya que hay derechos de los que dependen todos los demás en un sistema político que aboga por la convivencia y no la resolución de conflictos por otros métodos. En la cima de esta estructura jerárquica de derechos están los derechos democráticos, pues de ellos dependerán que sigamos siendo libres. Es a partir de ahí - de seguir siendo libres - que podremos tener otros derechos que consideramos fundamentales. Y no es sino por el cumplimiento de las obligaciones que conllevan estos derechos que alcanzaremos estos objetivos.

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