Política y economía

Rajoy 2035

La moción de censura, cuyo guión estaba escrito de antemano, se resolvió en un sintomático cuadro, con Podemos y PP rompiendo en aplausos y lanzando a propagar sus respectivos relatos

16.06.2017 @alvarolario 7 minutos

En el segundo simulacro de gobierno de Pablo Iglesias, presentado en rueda de prensa en mayo de 2017, cambiaban algunas caras con respecto al primero: Alberto Garzón sustituía a Íñigo Errejón; Victoria Rosell y Julio Rodríguez desaparecían de la escena e Irene Montero cobraba protagonismo en ella. El primer simulacro de gobierno había sido presentado en enero de 2016 con la misma unilateralidad y arrogancia: fracasó. Y quizá desconocedor de la famosa cita de Einstein ("si buscas resultados diferentes, no hagas siempre lo mismo"), Iglesias insistió en la fórmula: quiso conformar un ejecutivo de coalición sin negociarlo con su eventual socio y ganar una moción de censura sin negociarla con el resto de grupos políticos. El líder de Podemos era probablemente consciente de que el plan saldría mal, pero decidió contrarrestar los reproches a su falta de trabajo parlamentario impulsando la tercera moción de censura de la democracia. En un principio el candidato para la misma no tenía importancia, aseguró Montero, y en un inesperado giro de los acontecimientos acabó siendo el propio Pablo Iglesias. Cumplía con los requisitos previstos: un candidato in the pendiente y capaz de generar un amplio consenso, solo que en su contra.

Las escasas expectativas de que Iglesias lograse la presidencia (la vicepresidencia, a estas alturas, sonaba conformista) no le frenaron para registrar la moción que finalmente dio lugar a un acto propagandístico al estilo de Vistalegre que se prolongó durante dos sesiones parlamentarias. En la primera sesión, la portavoz Irene Montero enumeró los casos de corrupción de los populares como parte de un completo diagnóstico de la situación del país que, pese al tono áspero, podía compartir buena parte del Hemiciclo. La dificultad llegó cuando hubo que dar soluciones: de ello se encargó Pablo Iglesias, que intervino durante tres largas horas con un infumable repaso a la historia política de España y la presentación de un escueto pero asumible programa de prioridades entre las que se encontraban la independencia de la justicia, la creación de una ley contra las puertas giratorias o la lucha contra la precariedad laboral.

Mariano Rajoy intervino por sorpresa, haciendo gala de sus dotes parlamentarias y de esa ironía tan característica que convertía el Congreso, a ratos, en una extensión del sofá de Bertín Osborne. Iglesias reconoció que suele ser un orador con tablas pero matizó, para dotar de envergadura al asunto, que en esta ocasión no las había demostrado porque estaba demasiado nervioso. Rajoy no respondió a las apelaciones del candidato por los diversos casos de corrupción del PP y se limitó a leer el discurso que llevaba preparado, repleto de datos económicos y chascarrillos amenizados con esos enredos lingüísticos que le valen para ganar en memes lo que otros ganan en titulares. Y es que Rajoy, cuanto peor, mejor.

Poco antes de la media tarde la presidenta del Congreso decidió hacer un receso y tras él tuvieron lugar las intervenciones de grupos minoritarios. El momento más acalorado llegó cuando la diputada canaria Ana Oramas arrancó el aplauso unánime de los grandes partidos al tocar de puntillas, en la réplica al líder de Podemos, todo lo que muchos estaban deseando que alguien tocara: su machismo, su incoherencia estratégica y la decadencia de su ideología. Él, visiblemente molesto, se sacó de la manga una vulgar definición de transfuguismo para endosársela a Oramas y riñó al resto de la Cámara por haberla ovacionado. Pocos habrían podido adivinar que Iglesias había acudido allí a recabar apoyos. Su socio electoral, Joan Baldoví, comenzó recriminándole que hubiese tachado de “élites conservadoras” a varios dirigentes de Compromís. La diputada de EH Bildu, uno de los escasos sostenes de la moción, le echó en cara la falta de diálogo en su elaboración y de concreción en sus propuestas sobre el modelo territorial. El diputado de Nueva Canarias, Pedro Quevedo, tuvo que defenderse de las acusaciones de haberse vendido en la negociación de los presupuestos. Aitor Esteban (PNV) empleó su frecuente tono cordial y desarrolló, como excelente analista para medir la temperatura del Parlamento, las razones por las que la moción no saldría adelante. PDC, el partido al que dentro de algunas décadas seguiremos refiriéndonos como “la nueva Convergencia”, eligió hablar de su libro. Por parte de ERC, algunos echaron de menos a Gabriel Rufián.

El candidato a la presidencia no llegó, el segundo día de examen, mucho más dispuesto a hacer amigos, y se enfrentó a un cara a cara con el líder de Ciudadanos. Lejos queda aquel encuentro en el bar del Tío Cuco donde aspiraban a entenderse como en el '78: los debates entre portavoces de la nueva política se han convertido en tensos rifirrafes de los que no trascienden grandes propuestas, tan solo vagas discusiones ideológicas y rencores personales. El de este miércoles no fue una excepción: Iglesias y Rivera se culparon mutuamente de que Rajoy estuviese gobernando sin que les faltara razón a ninguno de los dos. Iglesias presumió de su capacidad de gestión poniendo como ejemplo a los ayuntamientos del cambio, en cuyos éxitos ha tenido poco que ver. Rivera llenó varios minutos de su intervención con eslóganes de los que no dicen realmente nada y que permiten, cuando los escuchas en la televisión del gimnasio, hacer cardio y coaching al mismo tiempo: hay que unir y no separar, trabajar y no montar circos, cambiar a mejor y no a peor. Frente a la verborrea del portavoz naranja, Iglesias criticó su modo de pronunciar los nombres de diferentes autores y atacó la formación académica e intelectual de su adversario. Ay, para lo que ha quedado cierta izquierda.

Reprendido por aliados y no aliados, al líder de Podemos no le quedó otra que tender puentes a su hermano mayor y aprovechó el turno del PSOE, que se abstendría en la moción, para intentar mejorar tímidamente la relación entre ambos partidos. El nuevo portavoz, José Luis Ábalos, reivindicó el pacto social sellado en la Transición y adoptó un discurso pedagógico que le permitió alcanzar un equilibrio elogiado por la crítica entre la reprobación al gobierno de Rajoy y la explicación, desgranando un documento interno de Podemos, de por qué Iglesias no merecía la confianza de los socialistas. El tono empleado fue tan afable y los argumentos esgrimidos fueron tan obvios que Iglesias asentía desde su escaño y sonreía; cuando Ábalos terminó de hablar, todos compartimos la sensación de que incluso él los había comprendido perfectamente.

Cuando la moción de censura estaba a punto de pasar a la historia por el papelón de Iglesias salió al rescate Rafael Hernando, que subió a la tribuna con una mano en el bolsillo y otra mano que pudimos imaginar sosteniendo un pincho de tortilla en la barra de cualquier taberna. Hernando dio rienda suelta a su matonismo político, descalificando y agitando la bandera de la polarización que pretende arrinconar a Podemos en la extrema izquierda y dar carnaza a los suyos. Resulta curioso observar las reacciones de la bancada popular cuando interviene: los más entusiastas aplauden con fuerza, mientras Santamaría y Rajoy se recuestan en sus escaños como en las butacas de una sala de cine y se preparan para disfrutar en silencio con un espectáculo del que se sienten ajenos. Sabe el PP que manteniendo como portavoz a un diputado condenado por mentir cumple con las exigencias de un núcleo duro que busca la oposición frontal con Podemos, con PSOE e incluso con Ciudadanos: en definitiva, con todos los que no comprenden que España es suya y se la folla cuando y como quiere. Hernando aprovechó para airear la relación personal entre Montero y el candidato, que se enfadó sin recordar aquellas burlas de su autoría que molestaron a Andrea Levy o su definición de Ana Botella como “mujer de Aznar”; Iglesias, como concepto, se resume en una indignación fingida por cosas que antes él ha hecho.

La moción de censura, cuyo guión estaba escrito de antemano, se resolvió con 82 síes y 170 votos en contra de tumbar al gobierno de Rajoy; exactamente los mismos que en el mes de octubre le fueron favorables. En un sintomático cuadro, Podemos y PP rompieron en aplausos y se lanzaron a propagar sus respectivos relatos, tan sesgados como certeros y compatibles. El primero, que Rajoy sigue en minoría y teniendo que pactar con fuerzas políticas que valoran muy negativamente su gestión. El segundo, que Pablo Iglesias queda descartado como candidato capaz de articular consensos en torno a él y enfrentado a un gobierno acorralado por la corrupción, pero contra el que no existe aquello que determina el éxito de una moción de censura: una mayoría alternativa decidida a sustituirlo.

Si me preguntáis mi impresión, Rajoy 2035.

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