Política y economía

Tahones de industrialización y marxismo

Marx dijo algo así como hay que intentar transformar el mundo y no dejarlo en mano de los filósofos. El marxismo fue la protuberancia secular de todo un destino que dio sus frutos felices, pero también sus malas interpretaciones

06.07.2016 @emilioarnao 18 minutos

La industrialización, como fenómeno que cambió las estructuras productivas y económicas de Europa entre la segunda mitad del siglo XVIII y principios del XIX, produjo como consecuencia el advenimiento sine quanum del socialismo y del proletariado. Explicaré cómo ocurrió. El movimiento industrial surge como un proceso en el cual una sociedad fundamentada entonces en valores productivos como la agricultura, desde la que la economía prolongaba el mantenimiento del producto interior bruto en su mayoría de situación poblacional a unos nuevos métodos industriales que afianzaban todavía más el valor económico de esa comunidad. Se establecen de este modo la batería de nuevas fábricas, con sus opulentos avances tecnológicos, con lo cual se privilegia un aumento en la aceleración de la producción, aumentando de este modo el capital adquirido. Desde el Neolítico, en que se trabajaba artesanalmente, no se había instalado en Europa –primero en Alemania, poco después en Gran Bretaña, donde se produce el gran estallido, y finalmente en el resto del continente europeo- una revolución de semejantes características. Se pasa, pues, de una sociedad rural a una sociedad urbana, de la manufactura a la maquifactura, del uso de la mano de obra a la utilización del capital. La Revolución se puede decir que se inicia con la mecanización de las industrias textiles y los esquemas utilizados para la derivación del hierro. El comercio se ve favorecido gracias a la traslación de los transportes, como la máquina de vapor y la denominada “Spinning Jenny”, una mecanización en relación con la industria textil y finalmente se daría el advenimiento del ferrocarril. Gracias a la industrialización, ya digo, en la que se consuma la velocidad de los niveles de producción y de la economía, se controla, como un disparo hacia todas partes, la producción en serie, aumentando de este modo la oferta de productos en donde salen beneficiados los industriales. Se empieza a prescindir de la mano de obra y el trabajador ve como su labor es recortado en pos de la mecanización. Por otra parte al verse reducido, por mor de la revolución agrícola, sobre todo en Gran Bretaña, el trabajo de los campesinos, éstos tienen que emigrar a las ciudades para poder desarrollar su nueva capacidad en las fábricas, de modo que se produce el fenómeno migratorio con la creación de mercados financieros, teniendo en cuenta que la acumulación del capital ya está siendo considerable, como lo fue en la revolución científica del siglo XVII.

Estas nuevas medidas productivas, que ya digo, alentaron e hicieron crecer de manera vigorosa el tránsito económico de los diferentes países, no hubieran sido posible sin la realidad del desarrollo de los transportes, que eran los que verdaderamente permitían el traslado de los productos de las fábrica de un lado a otro de cada territorio, donde finalmente se domiciliaba el consumo. De este modo se liberalizó las relaciones comerciales de Inglaterra con otros países y con la América española gracias al Tratado de Utrecht (1713) y a su vez producto de una “División Internacional del Trabajo” (DIT) que ensanchaba las posibilidades del comercio. Se había conseguido de esta manera una política económica expansionista, que era lo que deseaban, como si encendieran un cigarro, los patronos. La agricultura, los transportes, la tecnología, las industrias, la siderurgia, el ferrocarril, la minería del carbón, todo este nuevo capítulo de la historia de Europa, sobre todo, insisto, de Gran Bretaña, aportó la extensión y el desarrollo de lo que denominaremos capitalismo industrial, que se vierte desde entonces hasta la Primera Guerra Mundial del 1914.

Pero, como todo en la vida, no hay riqueza que no conlleve el mordisco del tiburón y la almadraba de los peces, que suele ser los menos protegidos. La industrialización, que nació como el oro del Rhin, como una ópera de Wagner, como el descubrimiento de América, contrajo diversas consecuencias que negarían sus garantías benevolentes: en principio las demográficas, con un éxodo rural, ya comentado, apabullante, migraciones internacionales, provocando intensas problemáticas entre los distintos pueblos; las obtenidas desde el punto de vista económico, que consumó un capitalismo que vertió el beneficio de unos pocos para pormenorizar la pobreza de la gran mayoría; la aparición de las cuestiones sociales, con la construcción del proletariado, por vez primera en la Historia, de indudables influencias a partir de entonces en la teórica y en la praxis del pensamiento obrero en defensa de su vindicaciones. Nace de este modo la llamada “Cuestión Social”; el deterioro de la ecología, pérdidas de voluntades en el ambiente, degradación del paisaje, explotación irredenta de la tierra. Ahí, en la llamada Revolución Industrial, es donde comienzan todos los males que hasta el día de hoy sufrimos a punta de piel y que seguiré explicando en este libro.

La industrialización produjo inmensas desigualdades en la transformación de la sociedad agraria y urbana. Se produjo, como ya creo que he indicado, un éxodo desde el campesinado hacia la urbe, provocando una masificación de población que se vio arrestrojada en la ciudad viviendo en condiciones infrahumanas, debido a una marginación que los poderes políticos no podían o no querían solucionar. La falta de habitaciones, de casas, la ausencia de higiene, las duras jornadas de trabajo –más de catorce horas diarias-, en las que tanto daban hombres, como mujeres o incluso niños con salarios irrisorios, la carencia de protección legal frente a su fuente de ingresos, a beneficio de los empresarios o dueños de las fábricas, que actuaban como verdaderos explotadores de un humanismo que necesitaba una alimentación casi de supervivencia y no podía recopilar otra alternativa que la aceptación de las bases de ese capitalismo atroz.

Por el otro lado, la alta burguesía, organizada desde la columnata de las fábricas y la expansión del comercio desplaza en poder y riqueza a la aristocracia terrateniente, amasa su fortuna, como si fueran perros de caza o armas en busca del soldado, provocando la instalación de la propiedad privada de los medios de producción y la regulación de los precios por el mercado, de acuerdo con la oferta y la demanda.

Como respuesta a todas estas ignonimias, no tardan en aparecer las portavocías críticas avaladas por los principales pensadores teóricos del momento. Así surgen los socialistas utópicos, el socialismo científico de Karl Marx y hasta una Encíclica del Papa León XII, que en “Rerum Novarum” (1891) se propone como la primera encíclica social de la Historia, la cual denunciaba los abusos de poder y la obligación de proteger a los más oprimidos. Pero todo esto vayamos a verlo más detenidamente, sin prisas que la liebre no se escapa.

Como motivo de esta Revolución Industrial y sus desigualdades, en las que el poder adema sus bases productivas entre las estructuras políticas y los movimientos económicos, efervesciendo como un gran pueblo de raza inferior entre las pobres casas en las que vivían y los mínimos salarios que percibían, surge el proletariado, de “proles”, latín, linaje o descendencia, término que comienza por aquellos tiempos a emplearse para denominar a la clase social más misérrima de la edad moderna, dentro de la botavara que acaba de ingresar en el capitalismo más indigno de solidaridad en provecho de los medios de producción. En ese sentido el proletariado y, con posterioridad, la revolución social, fondean en la única vía posible para ofrendar una oportunidad de conseguir una humanidad más completa y perfecta. El posmoderno Deleuze demostró en su libro sobre “Foucault” que era necesario terminar con el monoteísmo del poder, ya vemos que iniciado contra la prole en fechas de la industrialización. Al dejar de ser una propiedad localizable, el poder aparece como estrategia que actúa allí donde hay vida y seres vivos –el proletariado-, relaciones intersubjetivas y lucha de conciencias de sí en oposición. El poder actúa allí donde hay fuerzas de oposición y alternativas posibles. El poder se ejerce siempre que cumpla un papel de producción: equilibrios, desequilibrios, acciones de masas, reacciones de pueblos enteros, fuerzas de aparatos lógicos, potencias en regresión, revoluciones, evoluciones, trabajo inseminado de una realidad palpable, ejercicio constante de todo lo que está vivo y se mueve. De la misma manera Foucault rechaza la idea de una esencia de poder, un tipo de idealidad que él llama las fuerzas en su dialéctica descendente. El poder se manifiesta en la inmanencia, es inamovible en su condición de constatación de animal no apresado. En este operativo y en esta integración de las relaciones, todo poder integra un juego de fuerzas puras que evitan su derrocamiento. El amor y el odio, el deseo y el placer, la revolución y la represión, todo este barco ebrio que linda los mares del poder talla este volumen de potencialidades que lo constituyen y lo definen como mayorista de la historia. Deleuze escribe: “La vida se hace resistente al poder cuando el poder toma por objeto la vida”. Estamos tratando el acontecimiento que a todos nos embarga y nos ha seducido siempre, el cual hemos odiado o admirado, presenciado o tratado con indiferencia, pero que está ahí como el Frankestein de Mary Shelley.

En épocas de la industrialización, la transformación del modelo absolutista y patrimonial consistió en un método en grados que evitó el movimiento teológico del desarrollo territorial por una nueva ideología, de la misma manera transcendente. En lugar del astro divino desde donde provenía la monarquía, ahora se verifica con el nacimiento de la nación, cuya población –sobre todo el proletariado- consiste en una abstracción ideal. “El concepto moderno de nación heredaba así el cuerpo patrimonial del Estado monárquico y le inventaba una nueva forma”, dicen Hardt y Negri. Esto se origina gracias a los efluvios mercantilistas del capitalismo, a través de las antiguas redes administrativas del absolutismo. Es por esa circunstancia que, durante la industrialización, el progreso del capital no tardó mucho tiempo en su transformación a gran velocidad, enriqueciendo a los industriales y a sus vasallos de traje fino.

Mientras tanto, el proletariado, que viene de la Roma imperial, en la que los proletarii eran los ciudadanos de la clase más baja, los cuales, a falta de recursos, sólo estaban requeridos para aportar prole (hijos) para de este modo engrandecer los ejércitos del imperio. Este término, “proletariado” fue recuperado por Karl Marx, en sus estudios de Derecho Romano en la Universidad de Berlín, subrayando la oposición de esta “prole” como sustancia diferenciable de la clase burguesa y capitalista. Marx y Engels definieron al proletariado de la manera siguiente: “Por proletarios se comprende a la clase de trabajadores asalariados modernos, que, privados de medios de producción propios, se ven obligados a vender su fuerza de trabajo para poder existir”. No es mala la definición de estos socialistas, pero es superable. El proletariado, a partir de ahí, se extendió por todas partes y ha llegado hasta todos los tiempos, peleando, arremetiendo entre luchas revolucionarias, identificándose con causas que parecían perdidas, sudando guerras. Es por eso que ya en la contienda de la guerra civil española, totalmente proletaria, César Vallejo escribiera en “Algo te identifica”, de “España, aparta de mí este cáliz”: “Algo te identifica con el que se aleja de ti, y es la facultad común de volver: de ahí tu más grande pesadumbre. Algo te separa del que se queda contigo, y es la esclavitud común de partir: de ahí tus más nimios regocijos. Me dirijo, en esta forma, a las individuales colectivas, tanto como a las colectivas individuales y a los que, entre unas y otras, yacen marchando al son de las fronteras o, simplemente, marcan el paso inmóvil en el borde del mundo. Algo típicamente neutro, de inexorablemente neutro, interpónese entre el ladrón y la víctima. Esto, asimismo, puede discernirse tratándose del cirujano y el paciente. Horrible medialuna, convexa y solar, cobija a unos y otros. Porque el objeto hurtado tiene también su peso indiferente, y el órgano intervenido, también su grasa triste. ¿Qué hay de más desesperante en la tierra, que la imposibilidad en que se halla el hombre feliz de ser infortunado y el hombre bueno, de ser malvado? ¡Alejarse¡ ¡Quedarse¡ ¡Volver¡ ¡Partir¡ Toda la mecánica social cabe en estas palabras”.

Marx, al momento, se dio cuenta de las injusticias que provocaba la industrialización europea y se puso manos a la obra. Comenzó su teoría del hombre libre y cómo reflexionar para anexionar a los hombres erradicados en la pobreza a un mundo mejor. Inserta en la teoría marxista que el proletariado es, por ende, la clase social de la que se ausentan los medios de producción y las ganancias del capital. De modo que la única posibilidad de subsistencia es el salario conseguido tras duras jornadas de trabajo al servicio de la economía productiva, es decir, de los que poseen la riqueza. Es ahí cuando nace el marxismo, que se antepone a una lucha oligárquica contra el capital, en manos de la burguesía, que es la que mantiene, como las huellas de las gaviotas en las playas, en sus manos al proletariado. La burguesía o la clase propietaria serán el gran ajuste socialista de Marx, que no puede entender cómo, con ganancias tan sabrosas, se puede mantener a los obreros con salarios tan bajos y en condiciones laborales tan paupérrimas. Surge la comparativa de la sociedad moderna, que aún hoy padecemos, de la misma manera que en el marxismo se manifiesta como la lucha de clases, como cilindrada de la historia. Marx seguramente, en la línea de Maquiavelo o Burke, es el primero que se aproxima en su delimitación de luchador social a la ideología de la pugna por las clases sociales, las cuales no producían armonía ni libertad, sino cambio social o progreso. Las sociedades enteras hoy por hoy están todavía imbuidas por esa lacra injusta e insolidaria que significa la distinción de la muerte del hombre, según Foucault, por culpa de la distinción de pertenencia a una clase social o a otra. Cada vez más, y estamos en el siglo XXI, se ven alteradas las diferencias entre lo que se sigue llamando proletariado u obrerismo y la clase burguesa, por no hablar de la nobleza, que algo queda por ahí. La burguesía es, en tiempos industriales, la clase de los modernos capitalistas, son los propietarios de los medios de producción a favor de los avances acometidos por la revolución económica y son, a su vez, los patrones de los que perciben esa ruindad de salarios. Era para Marx la hora de actuar. En una carta a su amigo Joseph Weydemeyer el 5 de marzo de 1853, Marx escribe: “...no me cabe el mérito de haber descubierto la existencia de las clases en la sociedad moderna ni la lucha entre ellas. Mucho antes que yo, algunos historiadores burgueses habían expuesto ya el desarrollo histórico de esta lucha de clases y algunos economistas burgueses la anatomía económica de éstas. Lo que yo he aportado de nuevo ha sido demostrar: 1) que la existencia de las clases sólo va unida a determinadas fases históricas de desarrollo de la producción; 2) que la lucha de clases conduce, necesariamente, a la dictadura del proletariado 3) que esta misma dictadura no es de por sí más que el tránsito hacia la abolición de todas las clases y hacia una sociedad sin clases...”

Para Marx el proletariado es básico para fortalecerse en la inmersión agónica de una sociedad capitalista, pues hay que entender que con los siglos los tiempos no han cambiado, pues, de alguna manera todo capitalismo queda ya estructurado durante las sociedades feudales de la Edad Media.

Como “El Cuarto Estado”, pintado por Pelliza da Volpedo en 1901,  la batalla de la lucha de clases es la batalla del tiempo. Contra la élite hace falta la coordinación de los años. Buena parte de ello, se explica con la Revolución Francesa, que quisieron solventarla en unos pocos años y les salió mal. Marx es más lento en esa toma de posiciones, por eso se sorprenderá cuando los communards parisinos consigan, aunque fuera por unos días, la batalla de París en 1871.

Pero lo que más le importaba a Marx era su lucha contra el Poder. La soberanía de las naciones nacía así como uno de los mayores controles establecidos contra los ciudadanos, los cuales perdían su batahola de libertad y hasta sus mecanismos de expresión. Los poderes impopulares sacudían las conciencias e iniciaban el territorio del terror a base de estructuras de voluntades políticas ajenas al Pueblo, el cual quedaba por lo natural al margen del cosido de las normas y modelos gubernamentales. El poder siempre arrastraba y lo sigue haciendo el cuerpo casi inerte de la ciudadanía, imponiendo sus criterios según fueran monárquicos, democráticos o revolucionarios. Marx creía en la revolución, pero presentía una dictadura del proletariado. El poder en ese sentido seguía siendo el mismo, pero con distintas máscaras. Antonio Negri insiste en que el poder siempre emerge, como un Ave Fénix de plumaje rojo, anaranjado y amarillo incandescente, de fuerte pico y garras, como el mismo poder que tratamos. Fénix, de la misma manera que el poder político en algunos casos, fue tratado o citado por los sacerdotes egipcios de Heliópolis, Herodóto, Plinio el Viejo, Luciano, Ovidio, Séneca, Pablo de Tarso, el Papa Clemente de Roma, Epifanio o San Ambrosio: todos muy implicados en política o historia y que alguna vez trataron la forma de gobernar como algo que cae y se levanta, como el “Bestiario” de Aberdeen. Negri, insisto, verdea el poder como una naturaleza que brota, igual que la libertad, como un Big Bang inicial del universo. No está constituido en la soberanía, sino que es el propio poder quien la constituye. Dice Negri: “El primer día la soberanía se creó a sí misma” y más tarde prosigue: “La verdad del poder constituyente no solamente no es una emanación del poder puntual que abre un horizonte, el dispositivo radical de algo que no existe todavía y cuyas condiciones de existencia prevén que el acto creativo no pierda en la creación sus características. Cuando el poder constituyente pone en acto el proceso constituyente, toda determinación es libre y permanece libre”.

El poder es el alimento de los dioses, pero esa divinidad se ha convertido en el exorcismo de la humanidad. Un texto de la Epístola a los Romanos, de San Pablo, mantenía la siguiente anacronía: “Que cada uno se someta a la autoridad, porque no hay poder que no proceda de Dios (non est protestas nisi a Deo), y los que existen son constituidos por Dios”. Este poder omnímodo procediente de la Iglesia Apostólica, Católica y Romana fue el que funcionó durante siglos cuando las monarquías se instalaban en sus sillerías de minerales preciosos bajo el amparo de la luz divina. La Revolución Francesa –quizá antes con la Americana- acabó con todo eso y de ahí surge un republicanismo en que el poder, desde la constitución de la más resplandeciente autoridad, sigue funcionando como arte semidivino. Agamben llega a los límites de su pensamiento resolviendo el problema no sin realizar un análisis filosófico de la potencialidad de los poderosos: “La potencia ya existe antes de ser ejercida y que la obediencia precede a las instituciones que lo hacen posible”. Por su parte, Gerard Mairet en su “Historia de las ideologías” señala: “Se trata de un auténtico mito, cuyos secretos no hemos logrado penetrar todavía, pero que constituye el secreto del poder”. Y Walter Benjamin analiza el poder desde el punto de vista de la violencia, que es justamente donde radica su mantenimiento y su perduración en el tiempo.

Karl Marx, regresando a él, como digo, pronto se da cuenta de todo esto que estoy comentando e intenta vencerlo desde la teoría ideológica y desde la expansión de su pensamiento. Para ello utiliza como vía de ferrocarril industrial sus nociones de sociología, economía e historia y se instala en lo que él denomino un “socialismo científico”. Desde las influencias de Hegel, Feurbach, Demócrito y Epicuro, Marx se implica en la Videncia de un materialismo de la historia y una aplicación de la dialéctica a ese materialismo. Esta aplicación la subraya en su libro “Contribución a la crítica de la economía política”: “Las relaciones burguesas de producción son la última forma antagónica del proceso social de producción; antagónica, no en el sentido de un antagonismo individual, sino de un antagonismo que proviene de las condiciones sociales de vida de los individuos. Pero las fuerzas productivas que se desarrollan en la sociedad burguesa brindan, al mismo tiempo, las condiciones materiales para la solución de este antagonismo. Con esta formación social se cierra, por lo tanto, la prehistoria de la sociedad humana”.

En su labor como políticos y economistas, Marx y Engels –verdaderos valedores para el mensaje marxista que entonces se estaba produciendo, cuya colaboración fue imprescindible para tal proceso- comprendieron que la economía era fundamental para intentar evaluar las combinaciones que facilitaran los cambios sociales. Fue así y aún hoy lo sigue siendo. En su exilio a Londres Marx se aplica en el estudio de economía política. Allí conoce a Heine, otro exiliado del romanticismo alemán. Juntos preparan la voz del albatros para el cambio sugerente del proletariado. En Londres escribe su obra básica, junto a Engels: “El Capital”, el cual ocupa tres volúmenes. El primer libro, subtitulado “Transformación de la mercancía en dinero” domicilia el meollo del pensamiento marxista en torno al capitalismo y la mercancía, donde se manifiesta, entre otras dilucidaciones, que el tiempo de trabajo del proletariado debe ser solamente el necesario, sin implicaciones extras que además no están asalariadas. En general, y sosteniendo una cierta crítica a los economistas burgueses como Adam Smith o David Ricardo, propone que el análisis económico debe ser ahistórico y por lo tanto idealista, hegeliano que digamos, y toma como rehenes de su pensamientos a la mercancía, el dinero, el comercio y el capital como propiedades naturales convivientes con la sociedad de los hombres y no como relaciones sociales provocadas por la inercia de la Historia.

En cierta medida, Marx culpa de todos los males de la sociedad capitalista, aparte de la burguesía y los patronos a la consumación creadora de mitos de la religión cristiana y en general de todas las religiones. Escribe: “El fundamento de la crítica irreligiosa es: el ser humano hace la religión; la religión no hace al hombre”. Y remata con la categoría que ya todos conocemos: “La miseria religiosa es, por una parte, la expresión de la miseria real y, por la otra, la protesta contra la miseria real. La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el corazón de un mundo sin corazón, así como es el espíritu de una situación carente de espíritu. Es el opio del pueblo”. Pero, no nos equivoquemos, en Marx no hay ateísmo, únicamente una crítica acelerada a una sociedad que principia y finaliza con los cánones de una religión que para él ya ha quedado obsoleta y que de alguna manera oprime al Pueblo, con el miedo, con la cruz y con la cristología. La religión, para Marx, hace olvidar que el hombre es hombre como tal y que pertenece a la civilización de los hombres, no a la ontología de un Dios que verifica su mandato desde un reinado que no se sabe que exista, por ello el clero debe desaparecer como clase social y homogeneizar sus vínculos con la humanidad desde la socialización y el bien hacia la pobreza y la miseria y no desde la riqueza en donde está instalado. Su existencia perviviría si se tratase de una transcendencia real y positiva, no desde la lectura de los Evangelios, la Eucaristía, la diferenciación entre el Bien y el Mal y el sueño de la sinrazón de un más allá que prohíbe el arte de gozar, como ya viera D’Holbach.

Marx influyó en la vida y en la política del siglo XIX y XX –lo sigue haciendo todavía- y su muerte en 1833 no provocó la anulación de su pensamiento, sino que amollinó de teorías, pensamientos, praxis, revoluciones, ideas políticas, cambios estratégicos, órdenes sociales, movimientos radicales un mundo que jamás lo olvidaría, como no se olvida el trozo de pan que le dan a los presos después de dos días sin comer.

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