Política y economía

Unas consideraciones acerca del islamismo

No todo el Islam es integrista, pero el integrismo está perfectamente justificado por el Islam

06.04.2016 @fcovargas 17 minutos

Los atentados de Bruselas, que a todos nos han traído tristes recuerdos de aquella mañana gris de marzo de 2004 en Madrid, vuelven a poner de actualidad un debate que, ante la ausencia de atentados en nuestras propias casas, queda siempre en segundo plano. La mente humana es compleja, sin lugar a dudas, así como complejas son las sociedades en las que vivimos. Ésta es una de las causas de que sólo prestemos toda nuestra atención a aquello que tenemos más a mano o que nos preocupa de manera más inmediata. Como he dicho, los atentados de Semana Santa en Bruselas ponen nuevamente en la mente de todos el acuciante problema del terrorismo islámico. El problema no es baladí y debemos encontrarle una solución que, por el momento, pasa por aplicar toda la dureza del Estado de Derecho. Me propongo explicar cuáles son los fundamentos básicos del Islam y por qué se produce su deriva fundamentalista/terrorista.

Antonio Elorza, autor del libro Umma: El Integrismo en el Islam, mantiene la tesis (a la que me suscribo en el presente texto) de que “no todo el Islam es integrista, pero el integrismo está perfectamente justificado por el Islam”. Ésta es realmente la base de este análisis. Trataré de explicar de manera clara y resumida cómo el Islam recoge los fundamentos ideológicos del integrismo terrorista, aunque ésta no deja de ser más que una rama radical de esta religión.

Como todos sabemos, el Islam es la religión fundada por Mahoma en el s. VII en la Península Arábiga. Éste es un dato en gran medida determinante de lo que estamos viviendo hoy en día.

En un medio de relaciones hostiles como es el desierto, la idea de la comunidad es el garante de la supervivencia del individuo. Las duras condiciones climatológicas del desierto hace que sus habitantes vivan en comunidades con normas muy estrictas y en las que la comunidad está por encima del individuo. Cualquier acto individualista será severamente castigado por el resto de la comunidad que, a su vez, es la encargada de vigilar y denunciar este tipo de actos. Éste es el cimiento sobre el que Mahoma sustenta su religión. La umma, o comunidad de los creyentes, es lo más importante. Mucho más importante que el individuo. Además, la umma se encarga de la vigilancia de las normas, so pena de castigo para aquellos que oculten el delito.

Para muestra un botón. Repasemos cuáles son las cinco obligaciones de todo creyente:

1. La profesión de fe: Alá es el único Dios y Mahoma es su profeta.
2. La oración, es decir, cinco rezos al día y el de los viernes en la mezquita.
3. La limosna legal o impuesto religioso.
4. El ayuno del mes de Ramadán.
5. La peregrinación a La Meca, al menos una vez en la vida.

Como podemos observar, estas cinco obligaciones culturales para cualquier musulmán tienen una particularidad en común: todas ellas son acciones que el resto de la comunidad puede controlar su cumplimiento. Es decir, la comunidad actúa como garante del cumplimiento de la ley islámica al controlarse los individuos unos a otros. Como vemos, nada alejado este pensamiento de cualquier régimen totalitario en la historia de la humanidad y, muy particularmente, de nuestro siglo.

Hasta aquí el Islam no se diferencia en este sentido de otras religiones (sobre todo las otras dos religiones monoteístas: judaísmo y cristianismo), puesto que todas las religiones tienen este cierto carácter comunitario, es decir, de control de todas las esferas de la vida. Entonces, ¿dónde está verdaderamente el problema con el Islam? No quiero extenderme mucho con el tema, así que resumiré la respuesta a esta pregunta en tres grandes bloques: Yihad, inmovilidad temporal en el Islam y, finalmente, relación entre el Estado y la religión.

 

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Yihad

Cuando se habla de terrorismo islamista la palabra Yihad es nombrada con mucha frecuencia, no sólo por los periodistas occidentales, sino también por los propios grupos terroristas que, en algunos casos, incluyen esta palabra en su nombre.

Tradicionalmente, la palabra Yihad se ha relacionado equivocadamente con el término Guerra Santa. En realidad, esta equivocación es sólo parcial pues, como explicaré más adelante, la Guerra Santa forma parte de algunas interpretaciones de la Yihad. Esta equivocación es la que hace que hablemos de la Yihad y no de el Yihad, que sería lo correcto, puesto que en el Islam Yihad es un término masculino. Todo esto lo utilizo como explicación de que sólo utilizaré el término Guerra Santa cuando realmente me esté refiriendo a ella, así como que utilizaré el término Yihad en femenino por ser la forma más extendida en nuestro idioma.

Etimológicamente, Yihad significa “esfuerzo, lucha”. Esto es muy significativo, puesto que, como tal esfuerzo o lucha es algo activo y no pasivo. En realidad, la Yihad no es más que el esfuerzo individual de todo musulmán, no sólo de defender el Islam, sino de expandirlo. Este hecho de la Yihad como algo activo es la causa de que varios autores lo consideren como el sexto pilar del Islam (añadido a los otros cinco que he comentado anteriormente).

Antes de continuar con la percepción comunitaria del término Yihad, hay que aclarar un par de cosas. Primero, que este esfuerzo por expandir el Islam viene derivado de un pacto “pre-eterno” mediante el cual el Creador (Alá) acordó (mejor dicho, ordenó pues el Islam es una religión de dualidad totalmente superada) con la Criatura (el creyente) que todos los hombres son musulmanes por naturaleza. Aquellos que no lo son, son infieles (y según qué pasaje del Corán miremos, merecen lo peor) y, los que ya conocen la verdad revelada (los musulmanes) tienen como obligación sacar de su error al resto. Sin embargo, y ésta es la segunda aclaración del término, este esfuerzo no es obligatoriamente violento.

Como vemos, el término, en el plano individual puede ser perfectamente compatible con la coexistencia con otras religiones y/o culturas. Sin embargo, aquí entra en escena nuevamente la importancia de la comunidad en el Islam. Pues bien, cuando es la comunidad la que tiene que aplicar la Yihad lo único que podemos encontrar es Guerra Santa, o, como lo entienden los musulmanes, la lucha hasta lograr la victoria en la senda de Dios. Es esta acepción del esfuerzo que significa la Yihad la que es realmente un problema para la convivencia del Islam con cualquier otra cultura, pues la Yihad así entendida sólo significa la obligación de convertir al infiel o bien de aniquilarle si se niega a creer la verdad revelada. En este punto es donde se encuentran los terroristas islámicos. Llegados a este punto nadie debería dudar de que no hay negociación ni comprensión posible para estos salvajes. Para que haya acuerdo debe haber reciprocidad, y nunca encontraremos reciprocidad en aquel que se cree superior o que cree que cumple un mandato divino de imposible contradicción. Las medidas deben ser otras, pero nunca ceder en nuestra forma ni manera de vida, ni, mucho menos, en nuestra libertad.

En definitiva, los atentados terroristas perpetrados por estos grupos de fanáticos religiosos, responden a una interpretación de la Yihad propia de Mahoma en el s. VII cuando éste decide coger la espada para deshacerse de sus enemigos. Las dudas surgen al plantearse cómo el pensamiento medieval de un hombre puede tener una repercusión tan directa en unos atentados ocurridos hace apenas unos días.

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Temporalidad en el Islam

El Islam no es tan sólo una religión, sino que es también una ley que regula el comportamiento del musulmán en todas las circunstancias de su vida religiosa, política, social e individual. La fuente de todos sus preceptos es el Corán. Pero, como éste no llega a todas las posibilidades de hecho que pueden presentarse, se le completa con la Tradición (Sunna), la cual entra así a formar parte de la legislación (shari’a). Los que estudian, conocen y enseñan la ley, los doctores o ulemas, desempeñan las funciones de directores de conciencia y de jurisconsultos en la colectividad en que viven, sin constituir por eso nunca un clero. En Irán y en la India se les da el nombre de mullá. Al margen de los grupos místicos, que no trataré aquí, la religión islámica se aglutina actualmente en dos tendencias: conservadora y progresista. La conservadora se mantiene en la interpretación tradicional del Corán. La tendencia progresista, paralela a ciertos movimientos abiertos de las iglesias cristianas, ofrece una interpretación innovadora del Corán, independientemente de la tradición, y se identifica con la Declaración Islámica de 1973, que propugna un mayor compromiso social.

Como el lector podrá suponer, los fundamentalistas islámicos se integran dentro de la tendencia conservadora.

Una de las características de las teorías políticas del Islam clásico es su supervivencia de siglos hasta los tiempos modernos y contemporáneos. Por un lado, se mantuvo el califato hasta su abolición en 1924, y esta institución requirió que las teorías que lo sustentaban se fueran repitiendo hasta el siglo XX. Pero la esencia misma de las teorías políticas islámicas, la de considerar al Islam como marco del Estado, ha rebrotado de una u otra manera en el revitalismo de la salafiyya, entre los siglos XVIII y XIX; en los reformistas decimonónicos, en algunas propuestas del panislamismo y algunos nacionalismos del siglo XX, además de en el fundamentalismo islámico de nuestro siglo. Al parecer esa teoría esencial en la atmósfera del mundo moderno muestra la totalidad de su capacidad adaptativa, su tremendo arraigo y sus contradicciones. Esto es posible gracias a una fórmula realmente muy sencilla: La profesión de fe ya explicada en la primera de estas entradas dedicadas a comprender el Islam.

En otras palabras, el hecho de que no haya más dios que Alá y que Mahoma sea su único enviado, hace que no pueda haber otra interpretación de la vida que no sea la de Alá y, al mismo tiempo, nadie puede interpretar las palabras de Mahoma, puesto que él es el único profeta válido y, además, no habrá nadie después de él.

El fundamentalismo propugna que el Estado ha de fundamentarse en la ley islámica y con tono militante teoriza (como en las propuestas de la Sociedad de los Hermanos Musulmanes, surgida en el Egipto de los años 20), o teoriza y pone en práctica (como en el fundamentalismo iraní, en el poder desde finales de 1979), la islamización de las instituciones políticas, acompañándose de una normativa moralista puritana y afanes universalistas. El proceso que lleva al fundamentalismo iraní actual muestra de forma interesante la politización de los sabios religiosos de Persia que va incrementándose desde el siglo XVI cuando el shiísmo se impone allí: luego esos sabios ulemas, como una jerarquía religiosa, apoyaron a los constitucionalistas iraníes, en nombre del fundamental cariz religioso asignado por la shía al poder político, aunque las intervenciones políticas de los ulemas fueron disminuyendo con la dinastía Pahlevi, convirtiéndose en sus adversarios. El imam Jomeini ha descrito en su obra titulada “El Gobierno” (al-Hukuma) cuáles han de ser las funciones del gobierno islámico y en ellas reaparecen las doctrinas del Islam clásico.

Es por todo esto que las teorías y los dichos medievales del s. VII tienen tanta validez, puesto que el único legitimado para interpretar y crear doctrina es el Profeta Mahoma. Todo el resto de la jerarquía “eclesiástica” (por emplear un término cristiano y más cercano a nuestro entendimiento) no crea doctrina, sino que se limita a interpretar lo que Mahoma dijo en el s. VII.

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Relación Religión-Estado

En un medio de relaciones tribales, Mahoma implantó el principio de que existe una Ley Suprema y Verdadera, que es la más conveniente para todos los hombres. Tal idea (original en el medio mayoritariamente nómada de la Península Arábiga) contiene la propuesta perfeccionista de las tendencias sedentarias, y conlleva una unificación del principio rector espiritual, es decir, el monoteísmo, y de su representación en la sociedad humana, a través de una soberanía teocrática.

En el texto básico del Islam, es decir, el Corán, se contiene una ideología política alrededor del reconocimiento, obligatorio, de un principio de autoridad y de la definición de lo que es la rectitud frente al error. Se repite la idea de que Dios es Todopoderoso y Único y se menciona la existencia de lugartenientes de Su poder en el Mundo.

Pero en el Corán no se especifica qué tipo de autoridad debe regir la comunidad islámica, y la posterior elaboración jurídico-religiosa tuvo que desarrollar la teoría política islámica, sobre la base coránica, más previas situaciones del contexto arábigo.

Además del Corán, las Tradiciones religiosas han desarrollado la doctrina de la necesidad de reconocer a un soberano, Califa o Imam sobre toda la comunidad de musulmanes.

El orden político islámico establece, por tanto, como situación ideal la existencia de una única comunidad de creyentes con su rector, que se relacionarán de forma armoniosa como la cabeza y el resto del cuerpo. Esto ocurrió durante muy poco tiempo en realidad: Mahoma actuó como Profeta y Hombre de Estado, pero sus seguidores no continúan con su misión profética, sólo el resto de funciones directivas de la comunidad; tras la muerte de Mahoma, en el año 632, se improvisa una monarquía electiva entre sus allegados, los llamados “cuatro califas perfectos”, hasta que en el año 660 se hace con el poder la dinastía omeya, hasta 750, y después la dinastía abbasí, hasta mediado el s. XIII. Muy pronto se fragmenta la unidad del poder islámico al existir conflictos teóricos sobre quién debía ocuparlo: para el Islam ortodoxo, o sunní, podría ejercerlo cualquier personaje de la tribu de Qurays (especie de aristocracia); los shiíes sólo aceptaban a descendientes directos de Mahoma, mientras que los jariyíes designan a cualquiera no por su linaje, sino por sus cualidades personales. Y otros varios conflictos prácticos quebraron esa unidad; incluso en el siglo X, con el título supremo de califa, tres entidades diferentes (abbasíes de Bagdad, fatimíes del norte de África y omeyas de Al-Andalus) se repartieron el poder de la comunidad islámica.

El Islam es religión y Estado. El mensaje profético de Mahoma propuso una teocracia, aunque en la práctica sólo se realizara en los primeros tiempos de la comunidad islámica. La base del estado islámico fue ideológica, no política, y el primer deber del soberano ha de ser velar por la fe.

En ese orden ideal islámico el bien individual y el del Estado coinciden, pues éste busca trascenderse en unas miras éticas y lograr la felicidad de todos en el más allá. Su ley, la ley canónica (shari'a), es la vía conductora. El Estado es el soberano, que ocupa el poder, ejercido sobre sus súbditos. Ambos tienen derechos y deberes respectivos, cuya enumeración ocupa a los tratadistas políticos. El único Estado justo es el del califato, en el Islam sunní, o el del imamato, en el Islam Shií. Los otros Estados son definidos como Estados naturales, han sido logrados por la fuerza, responden a la mera necesidad de organización social y sus fines son exclusivamente terrenales, a diferencia del verdadero Estado islámico con miras trascendentales.

Caracteriza a la civilización islámica, en su conjunto, la unión de las esferas religiosas y temporales, y ello con una intensidad notoria se ha perpetuado a través de los tiempos. En la época moderna, cuando la situación sociopolítica se desarrolla con cierta autonomía respecto a la religión, se produce una cierta distancia entre Islam y Estado, que, sin embargo, intenta volver a coordinar con nuevos lazos la tendencia continuista.

Si tomamos las sociedades europeas como herederas del cristianismo (aparte de otras fuentes como Roma o Grecia), ¿qué hace al Islam diferente políticamente?

El cristianismo dejó un espacio para la autoridad política secular, que pudo legitimarse sin ser absorbida por el sistema de lo sagrado. El islam estableció una política religiosa que todo lo abarca con un código muy estricto de normas éticas y de leyes (la shari’a), que abarca todos los aspectos de la vida humana. La expresión bíblica “dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios” va en contra del pensamiento de cualquier musulmán ortodoxo, pues nadie puede gobernar sin tener en cuenta la ley islámica, es decir, allí donde Alá ha regulado, el hombre no puede modificar nada. Por eso es muy difícil que dejemos de ver lapidaciones. El Corán es muy preciso en situaciones como ésta, es más un código de leyes que una guía de conducta. Las lapidaciones se podrán hacer de manera más o menos rápida y “humana”, pero no pueden dejar de hacerse.

Esto hace que democracia e islam sean difícilmente compatibles. Hay muchos puntos (todos aquellos en los que Mahoma fijó doctrina más la tradición o sunna), en los que la sociedad civil no puede decidir.

Por lo tanto, ante la pregunta que muchos se hacen acerca de si los atentados de grupos fundamentalistas islámicos responden a una causa religiosa o a una causa política, he de responder que, en realidad, al hablar del Islam no podemos separar una de la otra: la causa política es la religiosa.

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Conclusiones

Las esferas temporal y divina están estrechamente unidas en el Islam y, por lo tanto, cualquier aproximación a una solución al conflicto tiene que pasar, irremediablemente, por los textos sagrados en los que esta religión se basa.

En el caso del Islam el texto sagrado por excelencia es el Corán. Como cualquier otro texto sagrado, como, por ejemplo, la Biblia, los creyentes y, en especial, aquellos encargados de crear doctrina, tienen dos maneras de acercarse al texto.

La primera es considerar el texto como el dictado directo de Dios. En este caso, el texto no deja lugar a interpretación puesto que es la palabra de la divinidad directamente traducida al papel y el hombre no es quién para interpretar o corregir el texto dictado directamente por Dios. Como es fácilmente reconocible, ésta es la interpretación de cualquier seguidor ortodoxo de cualquier religión, lo cual incluye a los ortodoxos islamistas.

La otra manera de acercarse a los textos sagrados es considerarlos como una guía para los tiempos que corren. Una guía abierta a interpretación en función de los tiempos sin que por ello haya que renegar de los principios básicos. En este caso el texto sagrado hay que considerarlo como la obra del hombre y, por lo tanto, y ya que el ser humano no es perfecto, está abierto a cualquier revisión.

En el caso del Islam, podemos distinguir claramente entre dos partes bien diferenciadas que me hacen pensar que el texto no fue dictado directamente a Mahoma. La primera parte es la que proclaman los defensores de que el Islam es una religión de paz. Esta parte corresponde al período del Profeta en Medina. El problema reside en la segunda parte del libro que, como lo hace Antonio Elorza, llamaremos el Corán de la Espada. Esta segunda parte corresponde al período de la vida del Profeta en la que se encuentra exiliado de Medina y en la que, ante la persecución a la que le someten sus enemigos, Mahoma decide imponer sus ideas mediante el uso de la fuerza.

Es en esta segunda parte del Corán donde se encuentran las leyes más severas y es esta segunda parte del Corán de la que deberíamos prescindir considerándola un apéndice forzado por las circunstancias de la vida del Profeta y no el dictado de Alá. Los musulmanes moderados defienden esta postura.

Sin embargo, esto es algo en lo que nosotros, nuevas víctimas del terrorismo fundamentalista, no podemos influir.

¿Qué podemos hacer nosotros? ¿Podemos hacer algo? La respuesta es sí.

Por supuesto que podemos hacer algo. Desde luego que lo que no podemos hacer es quedarnos de brazos cruzados. Decir que esto no tiene solución es rendirse a la barbarie a la que esta gentuza nos quiere someter y es romper con la tradición de lucha contra cualquier autoritarismo que caracteriza la historia de Europa y de toda la cultura occidental.

Comencemos con el debate más próximo, que es el que se plantea entre seguridad y libertad. En mi opinión, una y otra no tienen por qué estar reñidas, aunque la opinión contraria está muy extendida.

Expulsemos sin ningún miramiento a todos aquellos imames radicales que hacen apología liberticida en sus mezquitas. Libertad de expresión no significa que todos aquellos que amamos la libertad tengamos que ver limitadas nuestras libertades en pro de la opinión de aquellos que quieren destruir nuestro sistema de valores.

Las leyes existentes son la expresión de la voluntad de la mayoría expresada de manera libre en las urnas. Todo lo que se reclame fuera de los cauces democráticos debe saber que será repudiado y rechazado por los ciudadanos. Nuestras democracias pueden no ser todo lo perfectas que nos gustarían, pero todas ellas gozan de mecanismos para ser corregidas mediante el consenso no violento. Ninguna causa, por moralmente superior que nos parezca, justifica la brutalidad de la que los terroristas hacen gala.

Otra aproximación, si cabe tan importante o más que las anteriores, es la de no equivocar (y mucho menos justificar) esta barbarie terrorista. La pobreza no es la causa del terrorismo y afirmar lo contrario es un claro intento de manipular o una muestra de ignorancia supina. Los grupos fundamentalistas islámicos reclutan a sus gentes de entre las clases medias y altas de las sociedades musulmanas. Sólo hay que mirar a los protagonistas de los atentados de Londres o documentarse acerca de quiénes apoyaron a pies juntillas la Revolución iraní en 1979. Los líderes de estos grupos (y cualquier otro grupo terrorista) son conocidos multimillonarios. Es conveniente recordar que las revoluciones no las hacen los pueblos, sino que las idean personas acomodadas que tienen sus necesidades cubiertas. Finalmente, decir que, si atendemos a la clasificación de los países más pobres del mundo, ninguno de los 13 países más pobres financia, cobija o apoya a ninguna organización terrorista. Afirmar que el terrorismo es consecuencia de la pobreza es ofender gravemente a los pobres que nada tienen que ver con esta barbarie asesina.

No nos engañemos. Es nuestra manera de vivir como infieles lo que quieren destruir. Buscan someternos y, para ello, tratan de dividirnos. En nuestras manos está que no lo consigan, decirles que no vamos a permitir que vulneren ni una sola de nuestras libertades y que no vamos a dejar que nos engañen.

Sabemos quiénes sois, y vamos a acabar con vosotros. No vamos a dejar de vivir como vivimos y acabaremos con vosotros porque creemos en nuestro sistema y en nuestra forma de vida. La democracia es una forma superior de gobierno a la vuestra que además es el fruto de siglos de luchas y sacrificios. No es la primera vez que los enemigos de la libertad quieren acabar con nosotros. Pero lo que sí es seguro es que esta no será la primera vez que salgamos derrotados. Venceremos.

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