Cultura y sociedad – El Reverso https://elreverso.es Ideas, historias y letras: periodismo de contraportada Thu, 07 Nov 2019 02:04:08 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=4.9.17 https://elreverso.es/wp-content/uploads/2017/05/favicon-32x32.png Cultura y sociedad – El Reverso https://elreverso.es 32 32 Celia Cruz, el ícono multidimensional https://elreverso.es/cultura-y-sociedad/celia-cruz-el-icono-multidimensional/9024 https://elreverso.es/cultura-y-sociedad/celia-cruz-el-icono-multidimensional/9024#respond Tue, 06 Nov 2018 04:00:52 +0000 http://elreverso.es/?p=9024 En 1960, una Celia de aproximadamente 35 años dejaba Cuba junto a La Sonora Matancera con rumbo hacia México por motivos de trabajo después que una política estatal promulgada por el recién victorioso Fidel Castro cerrara todos los bares de la isla. Este viaje que en principio no superaría el mes de duración, se extendió hasta su último respiro. Según han relatado quienes siguieron de cerca este suceso, Castro no presenció con buenos ojos que la gira se hubiera extendido por territorio estadounidense. Marcada como traidora a la revolución, Celia más nunca pudo volver a pisar su isla, viviendo en un exilio que, aunque la llevó a consagrarse en la deidad que hoy conocemos, jamás le permitió volver a las calles que atestiguaron sus primeras notas.

Moldeada por la profunda cicatriz que este suceso dejaría dentro de su espíritu hasta su último verso, ya instalada en los Estados Unidos, Celia comienza a coquetear con un género nuevo, fresco y totalmente transversal que se venía “cocinando” en los barrios neoyorquinos. Este género eventualmente saldría a las calles con el nombre de “salsa” y, en cuestión de pocos años, pondría patas arriba el mercado musical hispanohablante, cambiándole por completo.

La violencia de este nuevo ritmo, con la influencia primordial del jazz estadounidense y los ritmos caribeños (descendientes de la mezcla aborigen-africana), se instaló rápidamente en las pistas de baile de todo el continente americano. El conjunto formado por el estruendo de los trombones y trompetas más la rabia de los timbales y teclados, abrazados por el tenue pero seductor susurro del bajo, hacía de este nuevo género la bandera musical del orgullo latino, no solo en los EEUU, sino en el resto de latitudes terrenales.

La salsa, comandada por el sello discográfico Fania y sus Fania All-Stars, estaba dispuesta a comerse el mundo entero, con exponentes poseedores de un conocimiento musical tan salvaje, que dentro de quienes se consideran adeptos a este género, aún se tiene cuidado con pasar por alto el nombre de estos exponentes de la identidad musical latinoamericana. Ray Barreto, Johnny Pacheco, Willie Colón, Yomo Toro y Hector Lavoe eran algunas de las bestias que este inframundo ofrecía.

Todos estos hombres eran poseedores de todos los credenciales, desde los más musicalmente objetivos, hasta sus variantes más bruscas, como el dominio de la calle y el inframundo latinoamericano y neoyorquino. Entre estas fieras, muy pronto se estableció como fija nuestra querida street-smart guarachera, claro está, con todas las de la ley.

Sin pelos en la lengua, Celia te hacía bailar y sudar sus canciones, pero entre esos compases de tres por dos y dos por tres, te invitaba a reflexionar sobre las realidades más crudas de tu vecindario, pintadas sobre el lienzo de la violencia doméstica, el adulterio, machismo y los conflictos entre clase y raza. Te podías ver haciendo los giros más dinámicos sobre la pista de baile, pero recitando versos como el siguiente, extraído de una de sus máximas joyas, Bemba Colorá: “Si tu marido te pega, dale golpes tú también. Y si no puedes con la mano, ¡métele con la sartén!”.

En Usted Abusó, Celia habla de un amor fracasado desde la perspectiva de ese miembro de la relación que en su disposición de satisfacer su ideal de amor altruista, es pisoteado una y otra vez, hasta el momento que en un arranque platónico, se despide de su amado/a argumentando que “el cuero no da pa’ más”, es decir, que ya no hay más atropellos que tolerar, y se debe seguir adelante, así sea en soledad.

Siempre tenía algo que decir, bien fuese trivial o político. Y a diferencia de muchos colegas que no llegaron a gozar de esa dicha, el público siempre, pero siempre, le escuchaba. Si Celia pedía que te levantaras del asiento porque la salsa no era para escucharla sentado, usted se levantaba. Y si te pedía que tomaras un minuto de tu tiempo para reflexionar con una de sus piezas, era menester responder.

La jocosidad de sus temas llevaba una vocación cívica implícita, con énfasis al respeto de la libertad individual y la identidad latinoamericana. Bien se ha dicho, la diferenciación de roles nunca será un problema, pero la estratificación y discriminación en torno a esta, sí. Ella, alegremente insistía en sus temas que daba igual quién fueses, si no estás dispuesto a bailar y abrazar a quien tuvieses a tu lado, independientemente de su sexo o género, nacionalidad, etnia o índice de melanina, usted mi pana, “no estás en na’”.

Las realidades de su pueblo están en cada una de sus canciones. Siendo testigo del sufrimiento que los latinos debían soportar dentro de los EEUU, siempre insistió en la insistencia de ofrecer ritmos que al menos pudiesen permitir unos minutos de risa al final de una ruda jornada de trabajo en tierras donde la ausencia de tu gente, tu idioma y tu cultura estaba a pie de cañón. Temas que te ayudan a derribar las barreras que tristemente por décadas nos hemos impuesto entre paisanos americanos. Canciones que invitan al reencuentro de nuestras realidades, así fuese lejos de la arena donde nacimos.

En la canción titulada Latinos en Estados Unidos, canta uno de los versos que más nudos atan dentro de la garganta inmigrante: “Seamos agradecidos con esta tierra de paz que nos da un nuevo futuro y una oportunidad. Pero ya que estamos lejos de nuestro suelo natal, luchemos por el encuentro con nuestra propia verdad. Debajo de cualquier cielo, se busca la identidad”.

En resumidas cuentas, lo que Celia Cruz logró por la sociedad latinoamericana es magno. La yerba santa que trajo para nuestra garganta todavía muestra vestigios de claridad, aún a quince años de su partida. Su azúcar sigue endulzando aquel caldito de lágrimas derramadas por la pérdida física de nuestros amados. Su voz aún sirve para deshinchar las heridas que el paso del tiempo deja sobre nuestro caminar, a veces tan atropellado y difícil de soportar. Y su guaguancó vivirá por siempre en los millones de latinos que día a día salimos a buscar el pan dentro o fuera de nuestras tierras, con la añoranza de volver a abrazar aquellas miradas que juramos resguardar cuando “la vaina” mejorase en La Habana, Santo Domingo, Caracas, Medellín o Buenos Aires.

Hemos roto barreras, hemos sobrevivido y planeamos seguir haciéndolo. Porque la vida no siempre será un carnaval, pero siempre será más lindo vivirla cantando.

Celia, gracias totales.

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Por construir una vida https://elreverso.es/cultura-y-sociedad/por-construir-una-vida/8994 https://elreverso.es/cultura-y-sociedad/por-construir-una-vida/8994#respond Sun, 04 Nov 2018 04:50:47 +0000 http://elreverso.es/?p=8994 -Buenos días, ¿es usted el propietario de esta casa?

-Sí, soy yo.

-¿Está haciendo obras?

-Sí, bueno, solo terminando de alicatar el cuarto de baño.

-¿Tiene permiso de obra?

-No, aquí no lo conceden.

-Pues entonces tengo que denunciarle.

 

Para que este policía llegara a la casa de la protagonista de esta historia tuvo que circular sobre carriles, y no carreteras. Superar el atasco de algún rebaño. Y escoger a cada minuto entre varias direcciones que, a simple vista, son iguales. Se desplazó hasta la última calle de la barriada malagueña de Santa Rosalía – Maqueda, cercana al Parque Tecnológico de Andalucía. Una vez allí, siguió el carril asfaltado hasta llegar a una bifurcación de otros tres carriles. Eligió el de en medio y llegó a la división en otros tres. Ahí continuó todo recto, pasando por un aparcamiento de camiones con carpas blancas cuya estética chocaba con el resto. Tomó la curva cerrada y sin visión a la derecha y en unos 300 metros, cuando comenzaba el carril de tierra, llegó a la casa de Luisa, a Locota, el hábitat rural número 16 del distrito de Campanillas.

Ese día, el día en el que los ladrillos de esa casa empezaron a temblar, fue en julio de 2006. José Manuel, el marido de Luisa, estaba terminando de alicatar el baño de una vivienda ya construida desde hacía 15 meses. Parecía acogedora: pintada de amarillo vainilla, con las rejas como botellas y con un pequeño porche. Solo una hormigonera en el terreno daba pista de que aún le faltaba algo de obra. Ante la llamada de un hombre que por la voz parecía su suegro,  José Manuel salió con el palustre en la mano a abrir el portón de madera recién colocado. Para su sorpresa, era la Policía Local.

“Yo sabía que esto no era nada bueno, me asusté, pero tampoco creía que llegaría a ser algo tan gordo. Era consciente de que no teníamos permiso de obra, pero en este diseminado la forma de tener una casa en tu terreno era hacerla y, tras cuatro años, prescribía y se quedaba en fuera de la ordenación, pudiendo vivir como en cualquier otra parte. Era lo que hacía todo el mundo”, relata José Manuel. Fueron tres meses los que intentó recabar información entre los vecinos y la asociación del diseminado, sin hacer mucho más por algo que pensaba solucionar pagando por no disponer de permiso. Entonces, llegó una multa con el siguiente asunto: “Delito contra la ordenación urbana”.

 

En el año 2002, la Junta de Andalucía crea la Ley de Ordenación Urbanística de Andalucía (LOUA) estableciendo que construir en suelo protegido ya no sería una falta, sino un delito. En la misma ley, argumentándose en el Plan de Ordenación Territorial de Andalucía (POTA) también consideró que este diseminado debía estar protegido, al igual que otras muchas zonas andaluzas. Hecho que varios vecinos consideran basado en el problema urbanístico de Marbella durante el mandato de Gil y en la distribución urbana de Sevilla, sin tener conocimiento de las circunstancias especiales de otras provincias y sin desarrollar argumentos para las casas ya construidas o en construcción. Generando con ello un problema social que compete a más de 400.000 viviendas en Andalucía y al que solo se le han puesto parches con 12 actualizaciones que no dan solución a los ciudadanos.

Luisa Alarcón es madre de tres niñas, de dos por entonces. Tiene una gran familia. Nació hace 48 años y es la quinta de ocho hermanos. José Manuel ha sido su primer y único amor. Trabaja limpiando la cafetería de una de las facultades de la UMA, mostrando a ratitos su verdadera profesión a algún alumno simpaticón. Ella es cantante y así lo ha sentido siempre. De hecho, canta en un grupo flamenco con sus hermanas y su hija mayor a la percusión. Siente la música y le gustaría solo trabajar de ello, pero las circunstancias económicas hacen que cada día llegue casi a las diez de la noche deseando dar un abrazo a sus niñas y acostarse. Es una mujer de carácter,  con muchos principios. También cachondona. Y en esta ocasión, inocente. Pensaba que esa denuncia nunca llegó a presentarse realmente, que había quedado en nada. Ya estaba tranquila, acomodándose a su casita de campo. Su marido se lo ocultaba primero, por no hacerla sufrir; segundo, por desconocimiento de la gravedad del asunto. En diciembre de ese año había nacido Manuela, su hija pequeña. Le salieron los dientes, dijo papá -su primera palabra-, logró correr casi antes que andar, tuvo varicela, aprendió a llamar a los perros con la mano, plantó con ayuda la primera hortaliza del huerto y su pelo negro y liso al nacer se volvió rizado. Ya tenía dos años, y el proceso judicial de su casa había avanzado a la vez que sus pasos. Lo que parecía un chispeo, se había vuelto una terrible tormenta que se aproximaba a la familia. José Manuel vio que era necesario contarle la triste realidad a su esposa. Después de poner la multa en manos de un abogado y echar algunos recursos que no pararon el proceso, las expectativas eran muy negativas y fue citado para juicio. El único al que debió asistir.

En un lugar llamado Ciudad de la Justicia, en el Penal 5, se iba a contemplar la opción de dejar sin vivienda a una familia, cumpliendo lo que para los vecinos de Locota es lo contrario a  lo que entienden por justo. Allí Luisa solo fue público; el acusado era su marido. En media hora y no más de tres preguntas a Jose, el magistrado había tenido suficiente información para en tres meses dictar sentencia. “¿Cuál es su profesión? ¿Es responsable de la construcción de esta vivienda? ¿Tenía conocimiento de estar construyendo una vivienda ilegal?”.

Para Luisa es indescriptible lo que vivió, no podía creérselo. Vino a vivir al campo buscando la paz, para acabar con la depresión que le ahogaba entre las paredes de ese tercero sin ascensor en una barriada del centro de Málaga. Su matrimonio estaba deshilachado y no tenían fuerzas para llevar el estrés de un negocio propio. Dejaron todo y en 2005 decidieron mudarse a una casa entre tierra y plantas donde cuidar de su segunda niña recién nacida y enmendar su amor. “Esta sentencia suponía romper todos los esfuerzos que habíamos hecho por ser felices. Mi niña mayor tenía once años y la había cambiado de colegio, para la mediana era su primer año de cole y cuando me enteré ya tenía a mi tercera hija”, cuenta Luisa con la barbilla temblorosa. Y es que en esta búsqueda truncada de la felicidad, las soluciones tampoco parecían fáciles. Después de todo por lo que había pasado, no podían obligarla a volver a vivir en ese piso, le tenía fobia. Y ya había iniciado una vida allí, para sus hijas ya era su hogar.

En 2008, Luisa comprobó que tiene más fuerza de la que pensaba; prefería batallar derrumbada a que fuera su casa la que lo estuviera. Empezó a abrir baúles que parecían vacíos, pero que mostraron años de esperanza. Debía luchar por hacer justicia y no perder su vivienda.

 

Comienza la lucha

“Me recorrí cada casa preguntando quién estaba denunciado. Encontré más de los que me hubiese pensado. Había un problema que nadie estaba resolviendo y del que no estábamos informados”, cuenta Luisa, que no era apoyada por la directiva que la asociación vecinal tenía. Los plazos pasaban y necesitaba ayuda para unir a toda esa gente por una causa común. Solo en Locota, en un diseminado 1.200.000 metros cuadrados, hay unas 350 parcelas con unas 300 viviendas y contabilizados unos 100 expedientes administrativos y penales, entre ellos el de Luisa, uno de los  más complicados. Entonces conoció a María del Mar Vázquez, que también tenía su casa multada. Ambas tenían grandes iniciativas y decidieron agotar todas las posibilidades. “Convocamos elecciones y echamos a la directiva. Fui nombrada presidenta y Luisa, vocal. Recorrimos otros pueblos de Málaga con problemas similares buscando pasos que dar. Y no solo eso, también supimos que pasaba en poblaciones de otras provincias. Por eso formamos la Asociación de Viviendas Irregulares de Andalucía, de la que soy presidenta. Teníamos que unir como fuese a toda esa gente”, relata María del Mar, presidenta también de esta creación. Así, cada viernes hacían reuniones en un pueblo distinto. Mijas fue uno de los más visitados, y también adquirieron ideas de extranjeros que tenían el mismo problema en la Axarquía. Para presentar este proyecto, estuvieron respaldadas por Álvaro Ruiz, abogado con experiencia en el ámbito del Derecho Urbanístico, que tomaba con ejemplo otras iniciativas a nivel andaluz que podían ayudarles para comenzar un plan de regularización de la zona; la única opción para que su defendido con el caso más avanzado, el marido de Luisa, no cumpliera su quino: perder su casa. En este plan aportaron fotos aéreas para la configuración del inventario de viviendas, un plan de habitabilidad demostrando el buen estado de las viviendas construidas, y alegando que el suelo desde 2002 con especial protección, lo era para conservar el medio rural de regadío sin tener en cuenta las familias que habían construido vidas o estaban en ello. Trámites que tenían el precio de ocho euros al mes por socio desde 2010. Un total de 750 euros por vecino para la regularización -cantidad que consideran baja si así salvan sus casas-.

Como problema social, sentían que debían protestar y apoyar a los otros pueblos de los que conocían el problema. La primera huelga por Locota fue en el centro de Málaga y durante esos años también acudieron a la de otros paisanos. Querían la atención de las administraciones. Y qué mejor que en el Día de Andalucía. Crearon la idea y la montaron en uno de los tres autocares que se trasladaron a Sevilla cargados de vecinos. Llevaron carteles e hicieron un recorrido para dar a conocer la circunstancia que, por otro lado, tampoco había tenido gran protagonismo en la agenda mediática. Querían que se diera reconocimiento, pero también centrar sus esfuerzos en la denuncia argumentada y con una base legal.

Hasta hace poco, Locota no ha existido para Correos. La moto amarilla nunca ha pasado por aquí. Podría echar días localizando destinatarios. Por eso todos los buzones están ‘abajo’, al lado de la parada de autobús, antes de comenzar el barullo de carriles, donde termina la barriada y empieza el campo. Antes de eso, la maniobra era tener como domicilio la vivienda de un familiar. Este hecho hizo que la peor noticia, la  que urgía saber si se daba el caso, se retrasara. El juez había dictado sentencia negativa y este fue su fallo:

 

Que debo condenar y condeno al acusado como autor criminalmente responsable de un delito contra la ordenación del territorio, tipificado y penado en el art.3192 del Código Penal, sin concurrencia de circunstancias modificativas de la responsabilidad criminal, a las penas de SEIS MESES DE PRISIÓN, INHABILITACIÓN ESPECIAL PARA EL EJERCICIO DEL DERECHO DE SUFRAGIO DURANTE EL TIEMPO DE LA CONDENA Y DOCE MESES DE MULTA con una cuota diaria de SEIS EUROS, con responsabilidad personal subsidiaria en caso de impago de SEIS MESES DE PRIVACIÓN DE LA LIBERTAD; con expresa condena en costas. Firme que sea la presente resolución procédase a la demolición a costa del condenado de la obra ilegal verificada, requiriéndole al mismo para que en el plazo de TREINTA DÍAS verifique la misma, con apercibimiento del auxilio de la autoridad administrativa para verificar la demolición en caso de ausencia de cumplimiento voluntario.

 

“Esto fue un 17 de noviembre, pues el 20 fuimos tres veces a la Ciudad de la Justicia, intentado que nos recibiera el juez, y la última salió su escribiente y nos dijo: ‘El juez no habla con condenados’. Me volví loca. Si tan grave es el delito que hemos cometido, ¿por qué no vino nadie a decirme que esto era ilegal cuando estaba construyendo la casa? ¿Por qué han dejado que incluso viva en ella? ¿Por qué pueden hacer que este diseminado pase a ser protegido y no comunicármelo? ¿Por qué mi casa sí y la del vecino no? Aunque haya cometido la ilegalidad por desconocimiento, acepto mi culpa. No me niego a pagar multas y pago la contribución igual que cualquier casa legal. En ningún momento me hice la casa en el campo para vivir en una especie de paraíso fiscal. Me he hecho una casa de 70 metros cuadrados para vivir con mi familia. No tengo piscina, ni césped, ni un techado para dar sombra a mi coche. Y los azulejos para el porche los tengo guardados desde que nos denunciaron”, relata Luisa acongojada. Quedarse sin su casa también suponía un gran problema económico. El matrimonio había depositado todos sus ahorros en esta vivienda, rehipotecaron su piso pagado hacía muchos años para esta nueva vida. Luisa no podía imaginarse cómo seguir hacia delante con tres hijas, el sueldo de su marido, una hipoteca hasta los 66 años, sin casa y sin poder vender hasta entonces su piso, ya que podía ser considerado por el juez como una estrategia para alegar que era su vivienda única. Ahora, sin cobrar el alquiler, no podían salir hacia delante. Ante estos días que quedaban, mientras se reunían con María del Mar y el abogado casi todos los días, Luisa no se planteaba sacar nada de su casa. Si venían “las máquinas” no se lo iba a poner fácil. Y no vinieron. Consiguieron, demostrando que el diseminado había presentado un proceso de regularización al Ayuntamiento y la Junta, que la Fiscalía parara esa demolición durante dos años.

Ese tiempo se duplicó y la ejecución de sentencia se iba alejando a sabiendas de que en algún momento ese boomerang volvería a su destino. Mientras, los veranos calurosos y los inviernos de charcos congelados pasaban con menos suavidad que en la costa. El mar no llegaba para evitar que la rutina de cada mañana antes de ir a trabajar fuera la de llenar un cubo  de agua con la manguera y echarla a los cristales congelados del coche.

Llegó un año nuevo, 2014, pisando tan fuerte que destruyó una casa. Un matrimonio de unos 35 años vecino de Luisa, al que le habían pasado los plazos judiciales sin echar recursos similares a los demás vecinos, salían desalojados por la Policía Local a las 8 de la mañana con su hija de 15 meses en brazos. Era un 2 de febrero. Centenares de vecinos acudieron al terreno para apoyar a la familia e intentar impedir la demolición. No fue posible. Según recuerdan, se despertaron por llamadas de otros vecinos, alarmados cogieron un abrigo y corrieron al encuentro. Esperaban que ocurriera el día de antes y tranquilos en que se habría parado el proceso, no  tuvieron tiempo de organizarse esa mañana. Para Luisa fue un momento muy duro, además de que un vecino se quedaba sin vivienda, la posibilidad de perder su casa se había materializado ante sus ojos. Su ánimo estaba desabrigado, al igual que el de su marido, que cada día durante más de ocho horas trabajaba entre ladrillos y cemento. Todavía tenían plazos a los que sujetarse, pero sabían muy bien que detrás de ellos siempre había noticias negativas. Y no se equivocaban.

 

18 meses de paz

En junio de 2017, el fallecimiento de una procuradora evitó que una notificación llegara a tiempo al abogado de la familia. El proceso continuaba su curso y el juez había dispuesto pasar el caso a urbanismo, que en cuanto aceptara, podría demoler la casa. “El 18 de junio me llamaron de Asuntos Sociales, que me habían concertado una cita para filmar la solicitud de ayuda para una vivienda de alquiler. En ese momento se me cayeron todos mis planes de verano e incluso de futuro. Pensé que ya había acabado nuestra suerte. No entendía de pronto esa notificación, sin haber sabido antes que ya estaban otra vez moviendo hilos”, relata Jose Manuel. 20 días después, siguieron ocurriendo cosas que hicieron que la lucha de ambos se fuera desvaneciendo: “Nadie puede imaginarse lo duro que es que tu hija te llame llorando diciendo `mamá ha venido la policía a la casa preguntando por papá, me han pedido su número porque debe presentarse inmediatamente en comisaría’. Estábamos desesperados, mi marido tuvo que ir hasta en el turno de trabajo porque no se sabía qué pasaba. Era para darle en mano esa carta que llegaba tarde comunicando el paso”. Desestimados los recursos presentados desde 2008, con sello del 25 de julio de 2017, el juez disponía que la empresa adjudicataria de la Gerencia de Urbanismo debía `proceder a la demolición de lo indebidamente construido’.

El verano de pronto se hizo oscuro, el miedo quitaba todo el sentido a disfrutar de las vacaciones. El portón del terreno, ese por el que no se preocupaban si dejaban abierto cuando estaban en casa, ahora se abría lo preciso para salir con el coche. Pronto podría llegar una carta que anunciara lo que más temían y si hacían como si no estuvieran en casa, al menos ganarían días o semanas mientras contactaban con ellos. También el móvil tuvo un uso diferente. Ahora no cogían las llamadas cuando escuchaban el sonido. Esperaban a mirar qué número era y no cogían a los desconocidos. “Cuando eran números muy largos era una mala señal, no lo cogíamos y rápidamente se lo comunicábamos al abogado.  Varias veces no era del Ayuntamiento, sino de El Corte Inglés, para renovar un seguro. Era ya casi obsesivo”, recuerda Jose Manuel.

En ese punto del verano, en julio, las hijas menores pidieron a sus padres ir a un evento nuevo en su barrio, la noche en blanco. Luisa accedió, su estado de ánimo no podía influenciarle a ellas. Estando allí, dijeron que en unos diez minutos vendrían concejales y quizás el Alcalde para inaugurar este evento nuevo en el barrio. La maquinaria la luchadora se activó. Sobre uno de los bancos de madera en el parque y con un bolígrafo y un folio prestados por una persona de los puestecillos, su hija mayor escribió una carta guiada por sus padres.  Acabó rápido, la leyó y fue Luisa la que se dirigió al concejal para pedirle, mirándole a los ojos, que por favor hiciera llegar esa carta al Alcalde lo más pronto posible. Los trazos desiguales de palabras escritas desde la desesperación tuvieron respuesta.

A los cinco días, llamaron a Jose Manuel del Ayuntamiento de Málaga. Francisco de la Torre conocía el problema de las familias de Locota y al leer esa casa consideró que debían ser escuchados. Así se lo hizo saber Rosa, su secretaria, que atendió a la familia dos semanas después, recalcando que lo que contaran sería comunicado al Alcalde; pues así lo había pedido. Las hijas pequeñas se quedaron en el pasillo, en el banco justo al lado de la puerta. Luisa, Jose y su hija mayor entraron al despacho. El matrimonio lo decidió así, consideraban que era una cuestión de familia y aunque debían acudir todos, solo entraría la mayor. “Yo con los nervios no me explico muy bien y ella sabe todo lo que hemos pasado. Me ayudó el día de antes a apuntar todo lo que queríamos explicar y organizar todos los papeles que llevaríamos, esto era muy importante”, dice Luisa, que recuerda que el mensaje de la funcionaria fue tranquilizador, que ella misma admitió que es una zona en vías de legalización y que sería algo muy excepcional que se derribase otra casa allí y también que “el propio Alcalde no quiere que se derrumben casas, que él es el último en firmar para que la demolición se lleve a cabo y no lo hará hasta que se le eche la prensa encima”.

La situación era crítica para Luisa y también otros vecinos de Locota. A cinco familias les reclamaba ya el fiscal la demolición. Tenían impugnado el Plan General de Ordenación Urbanística (PGOU), del que todavía no había salido sentencia. La única opción que veían por tener en cuenta era contar el problema a Europa. En septiembre de 2017, pidieron medidas cautelares para que no se demuelan viviendas hasta que no termine el proceso de regularización. Esta petición ya ha sido aceptada y trasladada al Gobierno Nacional, que tendrá que buscar soluciones a través de acuerdos con la Junta de Andalucía para que sea Naciones Unidas quien dé la última respuesta. Y así, con esta iniciativa, han conseguido parar el final dramático que podía tener ese verano, luchando incansablemente.

Fue el día 4 de octubre de 2017, cuando a Luisa le comunicó su marido que tenía 18 meses de paz absoluta, tiempo en el que la justicia se comprometía a no dar ni un paso más hasta el cumplimiento del mismo. “Me iba a dar algo, fue una sensación como de respirar cuando te estás ahogando. Me lo dijo mi marido y lo primero que hice fue decírselo a mi hija mayor y después a tres de mis hermanas. Me puse como loca. Yo ya estaba en un punto que no quería ni limpiar la casa, decía: ¿para qué voy a pintar? ¿Para qué voy a limpiar a fondo o cambiar algún mueble? Era desesperación”. En el punto jurídico en el que estaba el asunto hasta la fecha, 18 meses era un tiempo muy importante en el que respuestas que llevan años esperando podían llegarles. “He recuperado la ilusión, es más, al día siguiente me hinché de limpiar. En estos 18 meses creo que se puede solucionar el asunto o, al menos encontrar soluciones, más recursos a los que agarrarme para poder vivir en mi casa”.

María del Mar fue el pulmón de este respiro. Ahora que estaba estudiando aquello que siempre había querido y no pudo, derecho, hizo algo insólito a nivel legislativo. Algo que no se ha hecho hasta entonces: una reunión a tres bandas entre poder judicial, administrativo y vecinal para dotar de soluciones a un caso con previa sentencia por delito. “Fiscalía, Ayuntamiento de Málaga y nuestra asociación hablamos durante un par de horas, en las que el Fiscal se comprometió a esperar dos años más, gracias a la garantía del Ayuntamiento de que el diseminado está en proceso de regularización, a las pruebas presentadas de habitabilidad y la espera de una respuesta ante la impugnación del PGOU. Hemos conseguido que Locota no sea un asentamiento en Sistema Asimilado Fuera de Ordenación (SAFO) en el que todas las casas con expediente deberían ser demolidas y permanecerían solo las construidas antes del año 89. Hemos conseguido que este hábitat rural se considerado una irregularidad, debido a las circunstancias en las que estaba cuando surgió la LOUA 7/2002”, explica María del Mar orgullosa de las metas del vecindario.

Durante 12 años Luisa y su familia han peleado por seguir viviendo en su propia casa. Admitiendo el delito cometido, hacen lo imposible por convencer a las administraciones de que entre las consecuencias no debería estar la demolición, debido a las condiciones de este diseminado. Apoyándose entre los vecinos afectados y a través de la asociación, agotan todas las posibilidades para que se de la única solución: la regularización.  Hoy por hoy, y sabiendo que su casa aún no está salvada, Luisa afirma: “Yo nunca tiraré mi casa y antes de que me la tiren me amarro a ella. Simplemente porque pienso que no es justo. Por eso estoy haciendo esto, mover cielo y tierra para resolver la situación. Y si algún día me la tirasen, lo que tengo claro es que seguiré luchando para que el día de mañana mis hijas sí puedan tener una casa en este terreno”.

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El destierro de las desterradas https://elreverso.es/cultura-y-sociedad/el-destierro-de-las-desterradas/8983 https://elreverso.es/cultura-y-sociedad/el-destierro-de-las-desterradas/8983#respond Tue, 30 Oct 2018 09:05:11 +0000 http://elreverso.es/?p=8983 Sor Ángela parece que está escondida. Sentada en una silla asoma la cabeza por un marco de madera. A través de una pequeña ventanilla. El velo negro. El rostro limpio y la mirada esquiva. Saluda sin entusiasmo. Fija sus ojos cansados por encima de las lentes y el esfuerzo, arruga aún más su cara, si se puede. Con un leve movimiento de cabeza, casi imperceptible autoriza el paso a la familia. Comienzan las visitas.

Manolo, un anciano desdentado con un toque de demencia, sonríe pícaramente mientras saluda a un visitante. Olor a comida rancia. Bombillas que desprenden una luz tenue y amarilla. Cuadros de vírgenes y santos. Estatuillas beatas que descansan sobre el mobiliario desgastado. El tiempo se detiene y la vista se recupera del contraste claroscuro del acceso. Trajín de hábitos negros. Entre susurros, las monjas organizan el trabajo. La maquinaria está engrasada, aunque allí dentro parezca que el tiempo está oxidado.

El Hospital de la Piedad de la villa de Benavente en la provincia de Zamora se fundó en el año 1527 cuando los condes de Benavente, don Alonso Pimentel y su esposa Ana Herrera y de Velasco, adquirieron los solares de la cofradía de Santa Cruz, que incluían además de huertos y corrales aledaños, la edificación. Su estilo es una mezcolanza del gótico y del primer renacimiento. Su finalidad fue recoger a pobres y peregrinos que pasaban por la villa haciendo el camino de Santiago y prestarles atención. Hoy en día es una residencia de ancianos gestionada por una decena de hermanas de la congregación de «Las hermanitas de los Ancianos Desamparados» y veinte personas contratadas en el exterior.

El Hospital de la Piedad, como residencia de mayores, pronto dejará de prestar este servicio. La falta de incorporación de nuevas monjas vocacionales, los cambios legislativos en materia de residencias y la frágil situación económica han llevado a la orden a decidir el fin de la actividad.

Sor Alice María es la madre superiora de la orden religiosa que tutela el asilo del Hospital de la Piedad. En su cara redonda y sin surcos, no se adivina la edad. La cofia y el escapulario blancos, contrastan con el negro de la túnica y el velo. Su media sonrisa es perpetua. No cambia cuando habla.

- «Nosotras queremos que siga siendo una residencia, pero un edificio tan grande tiene muchos gastos que, aun pidiendo ayuda, no podemos asumir».

- Pero, aparte de los ingresos económicos necesarios, ¿qué más les impide hacer su labor?

- ¡Es una lástima! -. Cada vez, las personas tienen menos vocación religiosa y el componente humano es imprescindible para la continuidad de la congregación y de la gestión de la residencia.

Un pasillo circular acristalado circunda el patio exterior. Cuatro pequeños jardines se ordenan alegrando la vista con colores vivos. Plantas y flores pretenden animar a las mujeres, que curiosas a través de los cristales, observan la llegada de la visita del domingo.

- ¡En esta zona solo andamos las mujeres! - dice Irene-. Aquí, «no nos juntan con los hombres».- ¡A esos hay que echarles de comer aparte!-.

Irene tiene los ojos azules, casi transparentes. El pelo corto y blanco. La mirada gacha y resignada. Alineada en la butaca con las otras mujeres mira la pantalla del televisor. Una manta roja le da calor en las piernas. Sus hijas le dan consejos. Antes era ella quien los daba. Se nota en la cantidad de vida pegada al rostro. Hoy hay cierta alegría contenida. Los familiares visten de gala, «como pa' la misa del domingo en Santa María». Las mujeres han ido a la capilla y parece que Dios les ha dado un respiro.

El alcalde de Benavente, Luciano Huerga, presidente del Patronato del Hospital, se reunirá para buscar soluciones a los residentes cuando la congregación se retire. Propondrá convertir el edificio, Bien de Interés Cultural, en un centro museístico. También se estudia utilizarlo como albergue de peregrinos. La preocupación real está en qué hacer con los ancianos: « si nadie se hiciera cargo nos los llevaríamos a nuestras casas más cercanas, no quedarían fuera de cobertura y a los empleados habría que indemnizarlos», dice Sor Alice María, superiora de la congregación.

Pasa el tiempo y la sala de despeja. Las familias se despiden. Las ancianas se levantan. El suelo sujeta los bastones y andadores que desfilan en busca de ese olor rancio y añejo. Es la hora del almuerzo y la rutina se vuelve a apoderar de un lugar que nunca ofrece nada nuevo. Solo esperanza y rezos.

Sor Ángela, inmutable y escondida, continúa sentada en una silla asomando la cabeza por el marco de madera. Ha estado siempre ahí. Con su velo negro y su mirada esquiva, realiza un movimiento imperceptible. Mecánico. Y observa por encima de las lentes autorizando la salida. Las mujeres se quedan dentro. Casi olvidadas. Ajenas a que esperan «el destierro de las desterradas».

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La nunca contada historia de José Castillo, un pionero andaluz olvidado https://elreverso.es/cultura-y-sociedad/la-nunca-contada-historia-de-jose-castillo-un-pionero-andaluz-olvidado/8968 https://elreverso.es/cultura-y-sociedad/la-nunca-contada-historia-de-jose-castillo-un-pionero-andaluz-olvidado/8968#respond Sun, 28 Oct 2018 04:00:20 +0000 http://elreverso.es/?p=8968 A diario se pierden en el olvido historias por contar a lo largo del mundo. Personas normales, o al menos aparentemente, que vivieron lo que podría ser la trama de una película. El tamiz de la memoria histórica es cruel y el deseo de pervivir en el recuerdo más allá de la vida, algo invariable desde los inicios de la humanidad.

Esperanza Castillo me abre las puertas de su casa para contarme la aventura que tuvo por vida José Castillo, su abuelo. Hace las veces de biógrafa para no dar carpetazo al recuerdo de un familiar que casi no conoció, pero del que habla con orgullo. Me acomodo en el sofá mientras ella plancha, y es que no quiere perder el tiempo. Esperanza tiene 81 años y se pierde en algunos detalles para olvidar otros tantos, pero sabe lo que está contando.  Su mote de joven era “Panchi”, algo cariñoso aunque a día de hoy no sea correcto, que delata sus orígenes. El responsable de su antiguo sobrenombre es su abuelo, un pionero en el México más convulso durante el cambio de siglo.

La huida de la Vega de Granada

José Castillo González (1870-1935) nació en la Vega de Granada. En una pequeña finca cercana a Santa Fe convivía con su madre, Teresa González, su padrastro y su primo Francisco. Contraídas las nuevas nupcias, su madre se aseguraba para ella y su familia una suerte de sustento en “un tiempo en el que se vivía al céntimo”. Por entonces, con los catorce años que tenía José Castillo, ya se “deslomaba” uno de sol a sol, puesto que la prole no servía sino para ayudar en la economía familiar.

En el humilde terreno que poseía Antonio García, el padrastro, se cultivaba tabaco. Largas hojas llenaban todos los rincones de cada uno de los varios secaderos de los que se disponía. Un espacio construido con ladrillo visto, seco pero fresco, donde hasta la más leve brisa hacían de la siesta en el caluroso verano algo posible. Antonio era un hombre rígido, sin llegar a lo “dickensiano”, que trata a José más como a una mula de carga que como a un hijo, de forma que, mientras él descansa tras la comida echando una cabezada, José sigue trabajando.

Aunque ya responsable de su propio sustento, José “seguía siendo un chavea”, al igual que su primo, por lo que Antonio intenta poner a raya la pubertad de ambos y sus trastadas con severas reprimendas.

Una mañana de verano se urdió la venganza, donde ambos jóvenes cometieron “una broma” algo pesada. Con la única puerta del secadero atrancada y una brizna de fuego que se propaga como la pólvora entre las secas hojas de tabaco airedas por aquella brisa, la siesta del padrastro se ve perturbada.

El pánico que surge de la llama.

José y Francisco “liaron el hatillo y se llevaron las pocas perras que tenían”. “O nos vamos, o nos matan”. Ante el miedo de las consecuencias de aquel acto, deciden rápidamente que la única salida a toda esta locura es la de huir, sin importar el destino, sólo motivados por lo que se deja atrás.

Desde la alta Granada a Málaga hay unos dos días de viaje a pie, entre caminos carreteros y de herradura. No se sabe si es que bajaron hasta la capital portuaria por Antequera, la Axarquía o Motril, sólo se sabe que José llegó sin la compañía de su primo, quien desistió de cometer una locura para poner solución a otra. Nunca volvería a saber de él.

A ciegas se embarcó en el primer mercante que pudo, y ya luego de hacerlo descubriría su destino. Aquel gigante amasijo de hierro propulsado a vapor, probablemente propiedad de la Compañía del Nervión, llegaba en ruta directa a Veracruz, México (no se dispone de esta información, se cree que se trata de esta compañía siguiendo lo expuesto en Desarrollo y declive de la flota mercante española en el siglo XIX-XX. La compañía marítima del Nervión. Valdaliso Gago, J. Diciembre 1993.).

Un mes y medio de viaje en alta mar en el que apenas dura un par de días sin ser descubierto,  pero que “al ser un polizón chaveílla, se apiadaron de él y lo apadrinaron”. A modo de peaje, el polizón se convirtió en grumete y mozo de servicio, ayudando en cualquier tarea tan simple como fatigosa en las cubiertas, baños o cocina; algo que siempre es mejor que ser arrojado por la borda.

Veracruz contaba, al igual que hoy en día, con el puerto comercial más importante de México. A diario llegaban barcos desde Europa cargando mercancía exótica para los indígenas y añorada por los colonos, de la misma forma que las exportaciones suponían un importante filón económico.

José Castillo, el chaveílla prófugo y polizón, amerizó en 1884 en una región a la sombra del imperialismo europeo y el incipiente intervencionismo estadounidense. El estatus de ciudadano del viejo continente era un privilegio, pero sólo en caso de acompañarlo con una buena cartera.

Con los bolsillos vacíos y nadie que le conociese ni se entiendiese, comenzó de cero teniendo que hacerse valer por sí mismo.

Poco recuerda Esperanza Castillo de lo que le han contado sobre estos años de la vida de su abuelo. El relato va perdiendo claridad conforme surgen diferentes anécdotas, algunos insignificantes y otros esenciales. Consigue arañar algunos detalles dándole vueltas al tema y repensando sus respuestas, como si escarbase en su memoria.

Madurez en el México revolucionario

La capital fundada por Hernán Cortés y “Cuatro veces heroica” encerraba un sinfín de oportunidades incluso para alguien apenas alfabetizado y recién llegado. Con su impulso juvenil, la suficiente determinación para medrar gracias al trabajo duro y también su poca vergüenza, José Castillo supo arreglárselas durante toda su vida en Veracruz, aunque no sin dificultades.

Aquello de ser “un hombre hecho a sí mismo” es un título complicado de obtener. José comenzó como porteador en el puerto que le acogió desde el principio de su odisea mexicana, aunque la antes mencionada poca vergüenza le valdría oportunidades más interesantes que el simple lumbago. Comenzó así a tratar con diferentes empresarios y mercaderes que se dedicaban al comercio transatlántico, así como se ganó el respeto de los lugareños.

La comunidad india azteca le apreciaba y respetaba al comprobar que no era un “hombre blanco” pese a su procedencia. Él les daba “cacharros tales como espejos, collares, bisuterías, sartenes, peines...”; a cambio de pieles, que vendía multiplicando astronómicamente su valor. Con la tierna edad  de 20 años “Vendía unas cosas, las intercambiaba por otras; engañaba a quién podía… Sólo se hizo un hombre de negocios.”

La suerte sonreía a quien sin fatiga y constancia ganaba dinero, hasta alcanzar a los pocos años la ansiada meta. Eliminar a todos los intermediarios posibles es la opción ideal para atajar pérdidas y lograr eficiencia.

1905 es uno de los años capitales en la vida de José Castillo. Es en este año cuando construye su propia compañía mercante. Esta mediana empresa “sin registrar” dedicada a la importación de mercancía española y exportación de exóticos productos americanos, comenzó a fletar barcos con cierta regularidad. Llegó a tener una compañía de importación y exportación, una mediana empresa sin registrar en la que se embarcaban buques mercantes buscando la demanda en Europa de productos exóticos.

Por otra parte, en otro plano distinto al económico, contrajo matrimonio con Dolores Maldonado Medina (1890-1915), quien aunque sólo fuese su primera mujer, le dio sus únicos dos hijos, José (1905-1962) y Armando (1906-1975).

Aún habiendo alcanzado el éxito social, familiar y económico; la vida de José estaba muy lejos de quedar resuelta. La revolución mexicana, como la mayoría de procesos similares a lo largo de la historia, fue el producto de una lenta ebullición a raíz del malestar social que vino produciéndose desde años atrás. Los abusos de los hacendados, el hambre y la violencia son siempre un excelente caldo de cultivo para sangrías posteriores, algo que se arrastra desde décadas y de repente ilusiona por la posibilidad de alterar el “statu quo”. Sin embargo, su buena reputación entre la población local y sus lazos amistosos con la milicia revolucionaria, le salvaron la vida en más de una ocasión. No era ningún “yanqui imperialista burgués”, si no un buen empresario que se había hecho a sí mismo tras muchos años de penuria. Los que conocían su nombre sabían su historia. Lo que no pudo evitar eran las constantes presiones contra su negocio y expoliaciones típicas de estos acontecimientos.

Es en este momento cuando figuras tan encumbradas en el imaginario popular como sanguinarias hacen acto de presencia en esta historia. Hablamos de Pancho Villa.

El miliciano revolucionario y héroe popular –un bandolero para otros–, Pancho Villa, veía como su poder antes ilimitado llegaba a su fin. En 1916 comienza a ser perseguido por el general Pershing –después comandante de las tropas estadounidenses en la I GM– y un joven ranger llamado Patton, quienes pretenden darle caza a toda costa. Es en este año cuando Villa acude a la hacienda de José Castillo en busca de protección y un escondite para toda su banda y él.

Durante su misión, Patton acompañado de 10 rangers, llega a las puertas de sus terrenos, aunque sin éxito alguno. En aquella hacienda dedicada a la explotación de ágave y maíz, Pancho Villa contraería una enorme deuda con Castillo.

En este punto de la entrevista, Esperanza comienza a saltar en la línea temporal del relato una y otra vez. Después de una hora hablando sobre algo que ocurrió hace un siglo y ha escuchado cientos de veces cuando era una niña, los detalles comienzan a ser contradictorios y lo consistente pasa a ser meras pinceladas. En este momento le pido que dibujemos juntos el árbol genealógico de sus antepasados, lo que nos sirve para reconducir la historia. Esta es la parte más compleja de la reconstrucción de la vida de José Castillo.

Nueva huida

Uno de los principales problemas en el México de la revolución, como en la mayoría de casos de países en guerra, se encontraba en la restrictiva aduana. En una época convulsa en la que los precios se disparaban para luego desinflarse rápidamente, no existía seguridad jurídica, y se imprimía dinero fiduciario en paralelo al gobierno. José Castillo se arruinó varias veces.

Su primera esposa, Dolores, falleció a los 25 años a causa de una enfermedad, dejando huérfanos a sus dos hijos y a su esposo listo para contraer nuevas nupcias al poco tiempo. Clemencia Loyo, una reputada abogada de Veracruz, fijó sus ojos en el empresario como padrastro de su hijo todavía menor, Guillermo. Ironías de la vida, de la misma forma no permitió la presencia de José hijo y Armando en su casa, por lo que su padre comenzó a preparar el viaje de estos a Málaga.

Pancho Villa, quien “consideraba su amigo” a Castillo, le devuelve el gran favor que le debe moviendo hilos en la aduana portuaria para permitirle a José fletar de nuevo sus barcos. Este salvoconducto se entiende como un aviso por el que José comenzó a ahorrar y esconder grandes sumas de dinero en monedas de plata y oro, huyendo así de la volatilidad de todo dinero nacional.

Gracias a su intervención pudio salvar su sustento una vez más y enviar a sus hijos a su país natal, donde fueron acogidos por Coral Castillo González, su tía supuestamente bien avenida. La triste realidad es que su tía, tras un grave accidente montando a caballo, no sólo no supera la fractura de su cadera, sino que además cae en una grave adicción a la morfina. José Castillo y Armando quedaron confinados en un hogar en el que el dinero que deberían recibir de su padre apenas les alcanza para malnutrirse. Enviaron una sentida carta a su padre pidiéndole auxilio, y éste les respondió dándoles una dura lección. “Con vuestra edad pasé penurias y trabajé hasta la extenuación para malvivir, ya fuese en Granada, o en Veracruz. Me he ganado la vida solo desde que tenía vuestra edad, y no es justo ni necesario lo que me pedís. Debéis ser adultos y valeros por vosotros mismos”. En resumidas cuentas, “que se apañaran”. El contacto fue perdiéndose de forma gradual debido a la distancia y diferencias surgidas en ese momento.

En 1927, cansado ya de las dificultades en un México que no terminaba de estabilizarse, plantea su regreso definitivo al país que le vio nacer. Para ello, lo primero que hace es divorciarse de Clemencia Loyo, al casarse de la que sería la tercera y última mujer de su vida: María Rosa (1890-1951). El matrimonio con “Mama Ocha” –más conocida así por Esperanza, a quien cuidó en su niñez– no fue sino una treta por conveniencia que seguía su plan de huida. Aunque hubiese yacido con ella, no dejaba de ser sólo la criada en la hacienda, y su cometido en la huida del país era el de ser una mula.

Mama Ocha acostumbraba a vestir como lo hicieron sus antepasados aztecas, siempre con un vestido de algodón harapiento, largo y ancho, con encima un “huipil”, una camisa tradicional sin mangas que queda holgada. Delgada de complexión pero de generosos carrillos que disimulaban el engaño, nadie sospecharía que una simple y abultada india llevaría consigo una fortuna. Con miles de monedas atadas y guardadas en pequeñas bolsas, José Castillo y su nueva esposa emprendieron el viaje de vuelta sabiendo que no iba a ser registrada. Este no fue el último obstáculo que tuvo que superar antes de volver a España, y es que en “el último momento para embarcarse” apareció Clemencia de la mano de la policía para denunciar que su ex marido huía sin pensión ninguna para ella ni su hijo. “Él se venía con el ahí te quedas”. Clemencia exigía, aparte de las propiedades cedidas, el formalizarlo todo mediante escrito para asegurarle a su retoño el sustento que necesitaría.

Reencuentro y final

En el barco en el que llevó consigo una pequeña fortuna, sus pertenencias más valiosas y tres grandes barricas del mejor tequila, José Castillo volvió a España para acabar en nuestro país sus días en paz. Después de 12 años sin ver a sus hijos, se estableció en Málaga en busca de José y Armando. Da en Alhaurín el Grande con una pequeña finca en las inmediaciones de la actual prisión y antigua estación de tren, presidida por un antiguo cortijo y rodeado de árboles frutales.

Por su parte, José Castillo Maldonado terminó medrando en la vida como hizo su padre, hasta lograr ser el dueño de un taller de motocicletas y reparación de bicicletas. Conocido en el pueblo por su afición al ciclismo que le llevó a convertirse en semiprofesional y este humilde oficio. En la transcurrida tienda presidía una fotografía familiar. En ella, José Castillo al centro, con sus dos hijos infantes a cada lado.

Un vecino de Alhaurín fue a la nueva finca de José Castillo a reparar su molino de aceite, con la suerte de percatarse de que en esta casa estaba la misma fotografía, también presidiendo el salón. La coincidencia de encontrarse encima de una chimenea, el mismo posado familiar realizado en Veracruz, en la otra punta del mundo.

“Esa misma fotografía la tiene un amigo mío”. Extrañado, José preguntó para atar cabos. Por qué la tenía, si es que era su familia. Lejos de correr apresurado a su encuentro, primero preguntó qué clase de persona eran ahora sus hijos, ya que no les veía desde hacía décadas y podrían haber dado con la mala vida. “¿Qué tal tus amigos, son buena gente?” Ante la respuesta positiva, simplemente les dio su dirección, diciéndoles que “viniesen cuando quieran, que aquí está su padre”.

Entre los olivos, naranjos y limones de aquella finca de Alhaurín el Grande, padre e hijos se volvieron a encontrar sin rencores, para aprovechar juntos los pocos años de vida que le quedaban a José Castillo González, quien murió el  verano de 1935, sin llegar a ver otra guerra más que desolaría parte de su corazón, su primer país, pero terminando de poner en orden todos los asuntos que le persiguieron durante toda una vida.

Esperanza se despide después de una sesión de planchado tan lenta como larga, puede que harta de hablar y algo de mí. Recuerda en este momento primero un detalle. José logró cartearse con su madre una vez asentado en Veracruz, con su primera respuesta afirmando que su padrastro seguía vivo. Nunca quiso volver aún pudiendo haberlo hecho sin consecuencias. Antes de cruzar la puerta, recuerda un segundo detalle. Me presta una fotografía que preside la entrada de su casa para que la escanee. Se trata del mismo retrato que preside esta pieza. En el reverso se encuentra un mensaje escrito a mano.

Dedico este retrato a mi querida madre como recuerdo de su hijo José, como gratitud maternal
México, 12 abril de 1911
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El dilema de las bandas tributo: 'Spiders from Marbs' homenajean a Bowie https://elreverso.es/cultura-y-sociedad/el-dilema-de-las-bandas-tributo-spiders-from-marbs-homenajean-a-bowie/8963 https://elreverso.es/cultura-y-sociedad/el-dilema-de-las-bandas-tributo-spiders-from-marbs-homenajean-a-bowie/8963#respond Sat, 27 Oct 2018 03:01:26 +0000 http://elreverso.es/?p=8963 Empezaron a sonar los primeros acordes de guitarra eléctrica, y como una panda de zombis, el público se acercó lentamente al escenario. Sobre él se encontraban cuatro hombres con pintas muy dispares. Un guitarrista con gafas de sol y una chaqueta que agradaría a Elton John, un segundo guitarrista con look de punky, un bajista con la clásica melena larga rockera, y un batería cuyo look no era tan destacable. Finalmente, en una nube de humo, apareció en el escenario un hombre con media cara pintada de blanco y un disfraz de arlequín. Él era el cantante. Él pondría voz, durante las siguientes dos horas, a los himnos de David Bowie.

Juntos, componen Spiders From Marbs, hábilmente nombrados, ya que referencian simultáneamente la banda de acompañamiento de Bowie durante los inicios de los años 70 (The Spiders From Mars) y el lugar en el que están basados, Marbella. Aunque, a excepción del bajista, todos ellos son extranjeros (tres británicos y uno sueco).

Si me permiten hablar desde la experiencia un momento, me ha sido inevitable comparar este evento con otros conciertos tributo a los que he tenido la suerte de asistir. Casualmente, ambos han sido de Queen. En primer lugar, una banda argentina llamada God Save the Queen, que ha obtenido gran prestigio internacional debido a la calidad de su imitación de la banda que lideraba Freddie Mercury. Rinden homenaje al icónico concierto de Wembley en el terreno del vestuario, los movimientos, e incluso el parecido físico de los miembros. En segundo lugar Symphonic Rhapsody, cuyo tributo es mucho más creativo y libre. Un heterogéneo elenco de vocalistas interpreta temas de Queen aportando cada uno su estilo y voz personal. Además, están acompañados de una orquesta clásica.

Teniendo en cuenta lo que es capaz de alcanzar una banda tributo (hacerte sentir como que estás viendo the real thing o innovar a la hora de interpretar los temas que tanto hemos escuchado), Spiders from Marbs no llega del todo a ninguno de los dos extremos. En un concierto que rinde homenaje a Bowie, sería de esperar algún elemento de imitación en cuanto al maquillaje o el vestuario, pero no fue así. El cantante vistió aquel extraño traje de arlequín durante el inicio del concierto, y se cambió en una ocasión, esta vez vistiendo de drugo de La Naranja Mecánica, que sirvió de inspiración estética en muchas ocasiones a Bowie. Aunque a la hora de introducir “All The Young Dudes” (“Todos los jóvenes chavales”), aprovechó la oportunidad para hacer un chiste, y cambió el título de la canción a “All The Young Droogs” (“Todos los jóvenes drugos”).

Sí, su puesta en escena se alejaba bastante del glam rock y los icónicos personajes que adoptaba Bowie, pero hay que reconocer que en cuanto al sonido, tanto la voz principal como los arreglos musicales lograron reproducir con bastante exactitud las canciones del músico inglés. Se centraron especialmente en la década de los 70, cantando algunos de sus mayores éxitos (como “Space Oddity”, “Starman” o “Changes”) y también algunas menos conocidas (“Five Years”, “Sorrow” y “Suffragette City”, por ejemplo).

El ambiente entre el público fue algo tímido y reprimido, siempre a unos metros del escenario. En su gran mayoría constaba de adultos de 40 o 50 años que se movían de un lado a otro o marcaba el ritmo con las manos. Excepciones había, pero ninguna tan destacable como la señora que en todas y cada una de las canciones bailaba una extraña mezcla de flamenco y danza interpretativa a escasos centímetros del escenario, como si nada más en el mundo importara. ¡Qué energía! ¡Qué desinhibición!

Al salir de la Sala Cochera Cabaret, comentaban los asistentes sus canciones favoritas del concierto, las que conocían y, sobre todo, las canciones que les había faltado. “Life on Mars” o “Modern Love”, fueron algunas de las mencionadas. Ya sin maquillaje ni disfraz, comentaba el vocalista cuando salió a la calle: “ha sido uno de los mejores sitios donde hemos tocado”. No hay forma de saber si eso es cierto, pero es indiscutible que la interpretación y el sonido habían sido brillantes. Quizás no hubo innovación creativa ni jugaron con la imitación, pero por el simple privilegio de oír la música de David Bowie en directo, había merecido la pena.

 

 

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Un mes y 128 millones de euros en calle Mármoles https://elreverso.es/cultura-y-sociedad/un-mes-y-128-millones-de-euros-en-calle-marmoles/8907 https://elreverso.es/cultura-y-sociedad/un-mes-y-128-millones-de-euros-en-calle-marmoles/8907#respond Sun, 14 Oct 2018 03:30:46 +0000 http://elreverso.es/?p=8907 Este reportaje fue realizado en la segunda quincena de enero de 2018, cuando solamente habían pasado unas semanas desde que el terremoto del gordo sacudiera calle Mármoles

Mientras Yossueff Salhi y Noelia Katiuska, niño y niña de San Ildefonso, cantaban a las doce menos cinco el Gordo de la Lotería de Navidad, Catalina Durán había salido de su administración de loterías a hacer un recado. Catalina, Lina, trinitaria de toda la vida, la lotera de “La Biznaga” en calle Mármoles, cero expectativas cara al 22 de diciembre, vio que la administración estaba tranquila y fue a entregar unos papeles a un bar a 50 metros. Conforme salía de allí, recibió una llamada de su hijo, que seguía el sorteo en casa.

-Mamá, ya ha salido el gordo.

-¿Ah, sí? ¿Y en qué ha terminado?

-En 98.

-Ah, pues yo tenía un 71 198.

Fue el primer número que se le vino a la cabeza, pese a los múltiples 98 que habían pasado por las manos de la lotera.

-Mamá, que están diciendo que ha sido en Málaga.

-Uy, en Málaga, ¡qué bien!

-¡Están diciendo que ha sido en calle Mármoles! ¡Mamá, que has sido tú! ¡Que has sido tú!

Y Lina empezó a caminar más rápido hacia su administración.


En Barbarela, a 2 km del que entonces era el lugar más afortunado de España, Antonio Fortes -ludópata rehabilitado- desayunaba con su mujer sin siquiera recordar que el día era aquel en el que el número de jugadores es más alto. Fue su mujer la que lo vio en una de las pantallas:

-Antonio, que el Gordo ha tocado aquí.

-Sí.

Y no pensó en nada en absoluto.


En la panadería de la calle “El peso de la harina”, que acababa de abrir hace tres meses a 200 metros de la administración de loterías de Lina, los niños de san Ildefonso cantaban por la radio. La propietaria, Ana Isabel Díaz, treintañera y de Riogordo, al principio de la mañana prestaba atención, pero se fue disipando conforme entró en faena y los grandes premios no llegaban a las primeras horas. Mientras vendía, amasaba u horneaba, los niños cantaron la cifra premiada con el mayor premio del día, pero ella no se enteró. A los pocos minutos, una vecina llegó corriendo, muy nerviosa, gritándole ininteligiblemente. Ana tuvo que echarle paciencia para entenderla:

-¡Que has vendido el Gordo! Lo he visto en la tele y es nuestro número. Me has vendido el Gordo.

Automáticamente, Ana se contagió de los nervios. No le pareció que fuese real, pero decidió comprobarlo en su móvil. Los dedos le temblaban tanto que no atinaba a las teclas para buscar el número agraciado. Salieron un momento a la calle:

-Eh, chica, perdona. Haz el favor de mirarme en internet qué número ha salido en el sorteo del Gordo.

La joven -que pasaba por ahí- lo buscó, ante los dos manojos de nervios que se lo pidieron.

-El 71 198.

Y Ana, emocionada, chilló.


Pocas horas antes, cuando se despertó de un salto de la cama, el presidente de la Asociación de Vecinos de La Trinidad, Juan Romero, no podía ni imaginar que ese mismo día su barrio aparecería abriendo todos los telediarios y periódicos. La administración de Lina se sitúa en calle Mármoles, lo que Juan considera la frontera entre el barrio de la Trinidad y el del Perchel. No es diferencia baladí, puesto que -aunque ambas son zonas populares con gran solera- para él es realmente importante definir qué es y qué no es trinitario.

Es trinitario, por ejemplo, Nuestro Padre Jesús Cautivo, aunque Juan no se cansa de recordar que también lo son las cofradías de la Soledad y de la Salud. Lo indudable es que la devoción por el Cautivo en La Trinidad es enorme y que es habitual que los negocios del barrio luzcan en su fachada una pequeña estampa de la cofrade efigie. La calle Trinidad, en la que se sitúa la casa hermandad de la cofradía del llamado “Señor de Málaga”, actúa también como una suerte de frontera interior dentro del barrio, para Juan: de Trinidad a Mármoles, la zona de las viviendas sociales, los corralones, la rehabilitación incompleta y la droga; de Trinidad para arriba, donde él vive, la zona en la que se mantiene el verdadero espíritu de la zona. Y es que Antonio, que no se ha mudado de La Trinidad en sus más de sesenta años de vida, tuvo oportunidad de comprarse el apartamento en otro barrio, pero la rechazó por un piso cerca del Hospital Civil, en la zona norte. Si la única opción hubiera sido más al sur de calle Trinidad, habría procedido a despedirse de su barrio: “Con todo lo que hay ahí”, piensa, “yo no me metería en un patio de esos”.

Antes de los años setenta, la zona estaba llena de lo que Juan considera auténticos trinitarios. Vivían en casas que, muchas de ellas, se organizaban en corralones con un único inodoro colectivo. Se produjo entonces una reforma que obligó a los vecinos a mudarse. Cuando sus antiguos hogares fueron derribados, se construyeron viviendas más modernas, se añadieron baños y patios para cada casa, pero ningún antiguo vecino ya quería volver. Otorgaron la vivienda a gente que a Juan le parecía que venía de todas partes menos del barrio:

-Esa gente no ha mamado el espíritu del barrio de La Trinidad. Aquí siempre hemos sido humildes, pero buena gente. Nos ayudábamos los unos a los otros. Ese espíritu no lo ha captado el que ha venido. Aquí va cada uno a lo suyo, a hacerse la puñeta, a creerse los dueños del barrio o del patio. Ese es un cáncer que tenemos ahí. Mientras la droga y la mala gente, esos matones que van por ahí con navaja, sigan haciendo lo que quieran…

El proyecto se quedó a medio hacer, con muchos solares vacíos, y se fundó la AA.VV. La Trinidad -con el primer objetivo de hacer integral la reforma- como sucesora de la entidad vecinal que había propulsado la rehabilitación, aunque fuese parcial, de la zona. El tiempo en la Asociación de Vecinos de La Trinidad se mide por cambios urbanísticas.

Juan llegó a la presidencia cuando se hizo la obra para abrir calle Jaboneros, en el 2000. Esta vía, que va desde el estadio de la Rosaleda hasta Armegual de la Mota y el Corte Inglés, se creó -entre otras cosas- para evitar que se formara un gueto en las rehabilitadas viviendas sociales entre Trinidad y Mármoles. El resultado fue que, en vez de un gueto grande, ahora hay dos guetos pequeños: una a la derecha y otro a la izquierda. Hay droga aquí y hay droga allí. Hay mafias que okupan pisos aquí y hay mafias que okupan pisos allá. Juan pasea, hace recados y no le gusta un pelo cómo está aquello. Le parece que los solares vacíos –“¡Gracias a Dios conseguimos que los vallaran!”- y la droga son el cáncer del barrio. Antonio cree el mayor premio que le puede caer a La Trinidad es que la Junta y el Ayuntamiento se pongan de acuerdo para acabar con los solares vacíos. Y, si encartase, en colocar una comisaría.


A eso de las doce, mientras Juan hacía tareas de casa con su mujer en su piso de calle Sevilla, Lina no se lo creía del todo:

-Pero, ¿qué número ha tocado?

-El que tú me acabas de decir -certificó al otro lado del teléfono su hijo.

Para ese momento, Lina ya había llegado a la puerta de su administración. Dentro estaba la empleada, con la que seguía el sorteo por una pantalla que tienen instalada antes de irse en el minuto clave, teléfono en mano. Ya les habían llamado la prensa y la delegación de Lotería y Apuestas del Estado.

-Lina, ¡que ya están a los teléfonos!

¡Pero si está saliendo el número ahora mismo!, exclamó Lina. Shock. No-puede-ser-que-sí-que-no. Los periodistas de la prensa, que les pareció que estuvieran esperando detrás de la esquina, llegaron antes incluso que los de la Delegación de Apuestas y Loterías del Estado. De repente, el local se llenó de gente que sabía que ahí había caído el Gordo y todos los teléfonos parecieron empezar a sonar a la vez. La prensa vino con una furgoneta de televisión y esta atrajo un reguero de curiosos, más los agraciados que poco tardaron darse cuenta de su nueva condición económica. Por obra y gracia de la delegación de Loterías y Apuestas del Estado, de repente Lina se vio con un cartel, unas camisetas y un champán que aseguraban que había dado el Gordo de la Lotería de Navidad.

Lina, que lleva cincuenta años vendiendo azar en el barrio que le vio nacer, se encontró rodeada de gente que a ella le parecía del barrio y que la besaban, abrazaban, felicitaban, que lloraban o salían en la tele agradeciendo a los cielos y al Cautivo; de tímidos que se acercaban solo para decirle “Mira, que yo he sido, pero no quiero salir en la tele”; “¿Te acuerdas que te dije que le iba a regalar un décimo a cada uno de mis hijos? ¡Pues nos ha tocado a todos!”, “Por fin voy a poder pagarle a mi hija la hipoteca de su casa”, “¡Tapar agujeros!”. Cada uno según sus costumbres y sus ideas, pensó Lina.

En algún momento, entre quién-ha-venido-quién-ha-llegado-quiénes-son, miró una lista en la que apuntaba a qué grupos había vendido cada número y vio que era el que habían adquirido en la panadería de Ana, el gimnasio O2 del Perchel y el área de Movilidad del Ayuntamiento; aparte de todos los afortunados por ventanilla que mayoritariamente estaban celebrando allí con ella. Entre el gentío, había quién todavía quería echar la Primitiva (“¡Entra para dentro! Alguien te despachará”) y sorprendentemente, cada vez más prensa. Lina puso dos papeleras, sacó dos tableros grandes y llamó por teléfono al Telepizza más cercano. Todo aquel que llegó a la Administración de Loterías “La Biznaga” dos horas después de que tocase el Gordo del 22 de diciembre de 2017 se encontró con un trozo de pizza esperándole. No se fueron todos de allí hasta las diez de la noche.


En AMALAJER (Asociación Malagueña de Jugadores de Azar en Rehabilitación), Antonio Fortes y sus compañeros se dedican a intentar ayudar a personas con graves problemas de ludopatía. Antonio puede hablar con conocimiento de causa, ya que estuvo preso de esta enfermedad durante casi media vida. Es muy crítico con el sistema que fomenta y justifica el juego de azar, no cree que la limitación a mayores de 18 o los letreros de “Juega con responsabilidad” sean filtros suficientes. Él cayó en la adicción tras ser inducido desde pequeño en jugar a las cartas, algunas tragaperras, nada demasiado serio, pero una huella en su cabeza que acabaría creciendo.

Conforme creció e incluso se casó, Antonio también le cogió algo más de gusto al juego y empezaba a tener la necesidad compulsiva de jugar. Creía que, en algún momento, sería capaz de ganarse la vida con el azar. Alguna vez le cayó un “gordo”, un premio bastante abultado que alimentaba su ilusión de llegar a ser jugador profesional. Lo que hoy él ya sabe es que, a la postre, siempre gana la banca. Por eso él cree que el mejor jugador es aquel que lo hace por diversión y no por intentar ganar dinero. “El que lo hace por el premio”, dice, “ese ya está camino de la ludopatía”.

El ludópata termina jugando a todo, también a mucha lotería. Aunque no es habitual que esta sea la vía de entrada a la adicción, puesto que el resultado final (recompensas) tarda demasiado en llegar y aquel que tiene personalidad adictiva quiere resultados ya; se preocupó por aquellos que ya pudieran tener un problema con el juego, puesto que sabía que un premio, lejos de solucionarlo, se lo intensificaría. Ojalá a él nunca le hubiera tocado nada. De hecho, todas las Navidades, en su empresa, pasaban un décimo que jugaban todos y él nunca compraba. Él afirma que le da exactamente si a la gente le toca, no le toca o le deja de tocar. Él está feliz, sano, con su familia y eso es más importante que cualquier perspectiva o posibilidad de ganar dinero. “Yo ya me caí en un pozo y mi manera de no volver a hacerlo es ni asomarme”, especifica. El día que él cree que le tocó el Gordo fue cuando entró por la puerta de AMALAJER dispuesto a curarse.

En todo esto trabajaba Antonio a 2 kilómetros del barrio de La Trinidad, mientras todos los ganadores festejaban su buena suerte.


Ana Isabel Díaz Martin, la panadera de “El peso de la harina”, tan solo llevaba tres meses y unas semanas siendo la panadera de “El peso de la harina” cuando se convirtió en la heroína de la calle. Originaria de Riogordo, inauguró su negocio el 15 de septiembre tras encontrarse en el paro y sin perspectiva laboral. A las dos semanas de llegar, como es costumbre en los comercios, se le ocurrió comprar lotería para venderla en su local. Tiene colocada una estampa del Cautivo en su fachada, lo cual la integra perfectamente con el resto del barrio. Mandó a su hermana a traer un número de la administración más cercana, la de la Biznaga, y –como no tenía el que ella quería, el 23105- escogió uno al azar. La suerte fue que la administración era la de la Biznaga.

Cuando supo que le había tocado, sintió que empezaba a llegar gente de todos lados a celebrar. A todos les entró hambre así que le pedían continuamente pitufos, piñas o molletes. Como ella no sabía qué hacer en una situación así, siguió trabajando y despachando a todo aquel que lo pedía. Llegaron los de Canal Sur, los de los periódicos, las cámaras, y cuanta más gente había, más se consumía y ella más trabajaba, ajena a todas las cámaras y los festejos. No quiso salir grabada en ninguna televisión y su mayor aparición en prensa fueron entrevistas con La Opinión de Málaga y Diario Sur, fotografías incluidas. Echó a todos a mediodía para poder cerrar e irse a comer con su familia, pero por la tarde volvió a trabajar y ya no vino nadie más a celebrar el Gordo. A las ocho, con la panadería ya muy tranquila, descorchó una botella de champán.


Tras toda la mañana realizando gestiones en casa ajeno al tema del día, mientras Lina ponía dos tableros con pizzas familiares en su administración, mientras Ana cerraba la panadería para irse a comer con su familia, mientras Antonio seguía con el día más normal de su vida en AMALAJER; Juan Romero se sentó al sofá a ver la televisión con su mujer, que puso los informativos de mediodía de Canal Sur. La noticia del día estaba clara: La Trinidad se había vuelto millonaria, o al menos eso le decían desde la televisión al boquiabierto presidente de su asociación de vecinos. Reconoció inmediatamente la administración de loterías, donde él mismo suele comprar, pero no quiso acercarse a saludar, felicitar, festejar o similar. ¡Si al menos le hubiera tocado! No se trata solo de comprar en cada sitio, también has de acertar con el número concreto. Juan pensó en todo lo bien que le podía ir a todas las familias trinitarias que lo estaban pasando mal y la suerte que habían tenido. Luego, cuando vio por la tele la escena de la administración de Lina, no se sintió del todo satisfecho. De todos los que allí celebraban, solo reconocía como auténticos trinitarios a dos.


La prensa volvió a ir al día siguiente por la mañana a la administración de Lina y ella seguía sin asimilar qué había pasado el día anterior. Goteaba gente para preguntar, a felicitar e incluso a hacerse selfies con el cartel de “Ha caído aquí”, que estaba en la puerta. No había dejado de despertarse la noche anterior a cada rato, con la cabeza todavía dando vueltas.

Cuatro días después se armó de valor y leyó los casi mil mensajes de Whatsapp que tenía en el móvil. Se pudo ver en los vídeos que le enviaban familia y amigos del día D: Lina saltando, celebrando, bailando, brindando, chillando, cantando, festejando. También le llegaron correos de periodistas y vecinos con todas las imágenes y vídeos con las que abrieron telediarios y periódicos:

-¡Qué fatiga las caras que puse!

Pero en el fondo no le importaba demasiado porque se lo había pasado pipa. No imaginaba que diera tanta alegría dar el Gordo.

Desde el día que apareció delante de toda España como la lotera más afortunada del pasado sorteo navideño, en la administración de Lina ha habido veces que no veía la puerta, de lo lleno de gente que estaba, con las colas hasta mitad de la calle; veces que, cerrando hasta las 20’30, tuvieron que quedarse hasta las 21’30 o al mediodía, a veces no cerrar hasta las 14’30: “¡Vámonos, que tendremos que comer al menos!” A Mármoles ahora viene gente nueva que quiere ser partícipe de su suerte y los de Mármoles de siempre, que compran un poquito más. Es algo más de faena, pero bienvenida sea. Las ventas se han multiplicado y ella quiere seguir dando premios, que “ya que le ha cogido el gusto…” La gente le pregunta:

-¿Y ahora qué toca siguiente?

-Usted eche, que ya verá como les doy otro. ¡Que necesitamos más fotos!


Una madre primeriza llega a la panadería de “El peso de la harina” y Ana comenta con ella:

-Los niños quieren el pitufo blando, el mollete blando… Todo blandito.

-Pues eso es.

-¡Con los dientes tan fuertes que tienen!

-Ya, pero… Ya sabes tú.

Ha pasado un mes desde que le tocara el Gordo y Ana no está segura de que sea consciente de lo que ocurrió. Piensa en ese día y no entiende muy bien por qué reaccionó así, “quizá debería haberme una semana de viaje por ahí”, pero se encoge de hombros para sí. Su vida no ha cambiado, más tranquila, menos hipoteca, pero todo igual. Sigue trabajando, sigue con su fluir normal y corriente… Ella solo espera no tener que cerrar la panadería, a la que ha tachado las tardes y los domingos del cartel del horario, que ahora reza: Abierto todos los días LUNES, MARTES, MIÉRCOLES, JUEVES, VIERNES, SÁBADO, DOMINGO. Ana mira a sus vecinos, a los que hizo ricos, y los ve igual. Más contentos, con más cachondeo –el tema de la Lotería siempre sale-, pero iguales.

No tiene por qué cambiar la cosa, se dice, ¡si hubieran sido cuatro mil millones de euros, a lo mejor estarían todos ahora en un barco celebrándolo por ahí! Pero fueron 400 000 euros para cada uno. Es solo dinero.

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Afrojuice 195, la energía de los herederos a la corona https://elreverso.es/cultura-y-sociedad/afrojuice-195-la-energia-de-los-herederos-a-la-corona/8931 https://elreverso.es/cultura-y-sociedad/afrojuice-195-la-energia-de-los-herederos-a-la-corona/8931#respond Sat, 13 Oct 2018 03:00:29 +0000 http://elreverso.es/?p=8931 Cuando termina un concierto de Afrojuice, Taylor Chris se te acerca y te ofrece una lata de Freeway. "¿Qué tal, cómo ha estado eso?", te pregunta. "Oye, y ¿dónde dices que se sale por aquí...?" Una actuación en directo de los príncipes del afrotrap en España es una fiesta tan grande que resulta casi intuitivo seguirla después en cualquier garito que esté abierto.

No es solo que Afrojuice sean los herederos a la corona de su género en España, es que prácticamente son los únicos habitantes del improbable reino. La estética real la tienen clara: la camiseta de fútbol (Puma, con quien han firmado recientemente un contrato para que les vista), las chanclas con calcetines a distintos colores, el volumen capilar. Son tan libres y poderosos que, cuando ves a estos cuatro chavales -tres negros, uno blanco- hacer lo que les gusta y hacerlo tan bien, te sale una sonrisa al saber que son de Fuenlabrada. En el programa de Broncano, puerta de entrada a su música para este servidor, en unos pocos minutos ya quedó claro su joie de vivre.

"A ti te afecta lo que quieras que te afecte. Racismo habrá hoy, mañana y siempre. Si no es por tu color, va a ser por tu clase social", reflexionaban en una reciente entrevista con Moha Gerehou en eldiario.es.  Ni por asomo juegan a proclamarse los hijos de la ofensa, pero es evidente que reivindican el papel de la juventud negra en la cultura urbana nacional: "Al final, que te pare la policía incluso te gusta. Es gracioso, porque te ven negro y dicen: Buah, les hemos pillado. Seguro que llevan algo. Nosotros, mientras, súper tranquilos riéndonos". Y es que no paran de reír y montar el pollo. Su manera de reivindicar su origen es formando un fiestón con la fusión Fuenlabrada-Atlanta-África (con toda la amplitud que en ella cabe) que todavía no había llegado a España. Sin odas al crimen o las drogas, sin pretensiones de activismo sociopolítico más que la del Freeway -la versión de Lidl de la Coca Cola- como fetiche de la conciencia de clase. Y es que, como TJ sentenciaba en una entrevista, "Europa es fútbol, no son pistolas".

Aunque Veronique no estuvo en el concierto del Contenedor Cultural de la Universidad de Málaga -y se la echó en falta, no solo por ser la única chica, sino porque también su incorporación ha movido al grupo a terrenos más bailables y más explícitos: dancehall, reggaeton-; aquello fue el despiporre. Karim Benzema, Los famosos (de la que rogamos por videoclip con Yung Beef), Afrorue; la triada orgíastica final. Sus letras son simples y repetitivas sobre fútbol, música y enunciados comunes ("Fodisi", "Todo es mentira, nada es verdad", "Los flacos guapos"...), pero es que no está ahí su poderío. Su poderío está en su capacidad de fluir entre distintos géneros como si la separación entre ellos nunca hubiera existido.

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Presos https://elreverso.es/cultura-y-sociedad/presos/8887 https://elreverso.es/cultura-y-sociedad/presos/8887#respond Sun, 07 Oct 2018 03:00:19 +0000 http://elreverso.es/?p=8887 “José Núñez, 56 años, nacido en Málaga. Casado, con un hijo y una hija. Amante de la pesca y los viajes. Licenciado en Económicas. Alcohólico desde hace un año y medio, cuando fue despedido del banco en el que trabajaba. Irritable, depresivo y nocivo para su familia.

Insomnio, temblores, taquicardia y amenazas de suicidio que acaban siendo sustituidas por nuevas botellas de Cacique o Almirante, según el color de los billetes de la cartera de su esposa”. Un perfil inventado, un padre inexistente y una conversación telefónica que acaba con una cita concertada para ver, dos días más tarde, un viernes, el Hospital Psiquiátrico San Francisco de Asís (El Palo, Málaga). Un ingreso que nunca se va a producir; y la única forma posible de visitarlo.

Capítulo I – La falsa visita

Puertas abiertas y una pequeña rampa presagian una acústica diferente. Un edificio atávico de tres plantas, blanco y rojo, con algunos mosaicos en la fachada y dos jarrones de cerámica que hacen de centinelas a ambos lados de la entrada principal. En frente, un vasto patio que recrea una nueva versión, alejada de la lujuria, de El Jardín de las Delicias de El Bosco: preponderancia del color verde, escenas inverosímiles, elementos tupidos, una granja con gallinas... En el interior, las paredes blancas y amarillas acompañan a los arcaicos sillones y al resto de mosaicos. Una decoración clásica y un ruido de fondo que nada tiene que ver con la señora de la derecha que cree hablar por teléfono con un pariente a través de la cabina azul y verde de Telefónica que ofrece el hospital.

En la sala de espera, con mi madre, un cruce de miradas a evitar. Un primo muy lejano de mi padre real nos observa con incertidumbre, confusión y agonía. Una pregunta debe circular por su mente a la velocidad de la moto de Marc Márquez: "¿Qué harán aquí?" Nuestros ojos contemplan un suelo de mármol que no tiene nada que mirar. Se acerca y saluda. Efusivo, sin templanza. El resto, extrañados, nos mira. Una excusa estéril para cerrar la conversación cuando justo llega la trabajadora social que nos va a enseñar el centro. Los 3.200€ a abonar por los primeros 30 días de estancia, más los 2.400€ durante el resto de meses y otros 2.400€ de depósito inicial (reembolsables tras el alta médica) entran por mis oídos con la tranquilidad de que no saldrán de mi cuenta bancaria ni de la de nadie de mi familia. 40 minutos más tarde, con un "nos lo pensaremos", acaba la visita.

Capítulo II – El encuentro

Por la tarde, ya solo, vuelvo a la calle donde se ubica el hospital. Durante el día la Avenida Hernán Núñez de Toledo se convierte en un tránsito continuo de enfermos con permiso (entre 50 y 60), la mayoría de ellos apáticos, desvencijados, encorvados, paso despacio... Del ocultamiento a la búsqueda; de la mirada baja a la cabeza alta; de lo pasivo a lo activo. Mi principal objetivo es, ahora, el primo muy lejano de mi padre. Pero antes me acerco a un hombre alto, arrugado, consumido por la vida y cuya masa muscular está bajo mínimos. Está sentado en un muro, solo, esperando, quizá, a que llegue la hora de regresar a 'casa'.

 

—Buenas. Perdone, ¿usted está en el San Francisco de Asís?

—¿Eh?

—¿Usted está en el San Francisco?

—No, yo estoy aquí.

—Ah, vale. Hasta luego.

 

Con afasia y resuello responde pero no contesta. Sin posibilidad de diálogo fluido, mis piernas suben y bajan la avenida más de una vez y recorren también las zonas más frecuentadas de Echevarría del Palo con la esperanza de encontrarlo en una de las cafeterías del barrio. La limitación horaria, la cercanía física y el presupuesto máximo de dos euros al día para salir se convierten en mis principales argumentos para aventurarme a bajar a sus bulliciosas y agitadas calles. Entre coches en doble fila sorteo miradas que se esfuman como los días para los pacientes del hospital. Con presencia aún del sol, en las inmediaciones del San Francisco de Asís, aparece. Entonces le explico a Antonio lo sucedido antes. Todo queda en un café a la mañana siguiente. A las 10:00 horas, en el mismo lugar.

Capítulo III – De Antonio a Felipe

Mis ojos ven llegar a un hombre refinado y cuidado. Un largo abrigo negro y una bufanda se convierten en su principal atuendo para combatir el frío. Los dedos de su mano derecha agarran con fuerza una libreta tamaño folio y un robusto libro con portada blanca. Gafas de ver y barba de tres días definen su semblante. Unos cascos azules, grandes, abrazan sus oídos a ritmo de música electrónica a un elevado volumen. Sus pasos parecen hacer creer que pierde el último autobús, que llega tarde a una entrevista de trabajo, que se agota el plazo de devolución del libro que porta, o todo eso junto. A su lado, aunque un poco más atrás, con unos 15 centímetros menos y unos 15 kilos más, un hombre canoso que ronda las cinco décadas. Y una escena que hace volver a principios del siglo XVII y a un tal Miguel de Cervantes.

Un paseo de algo menos de 10 minutos. Los tramos de sombra y la falta de conversación convierten los pocos grados positivos en negativos. Sobre todo, para alguien que no está aún acostumbrado a la humedad de Málaga, pero ni siquiera eso le desenamora de la ciudad. Un madrileño reconocible que hace una confesión: "Se me está pegando el acento". Un testimonio difícil de creer cuando todas las "eses" salen de paseo. Al fin, llegamos a su particular templo, en plena Avenida Juan Sebastián Elcano. Un lugar en el que ni se reza, ni se celebran misas; se llega, se coge sitio y se dice: "Lo de siempre". Y el camarero trae un café. Eso si te conoce, como a Felipe, porque yo, convencido de que se llamaba Antonio, me entero, gracias a su cafetería de todas las mañanas, La Oficina, de que se llama Felipe.

Cucharilla en movimiento circular continuo, presente durante la media hora, y mirada fija a los ojos que solo baja cuando toca sacar la cucharilla y beber del vaso. 4321, la novela de Paul Auster, sobre la mesa. Paco, su fiel escudero, le invita al café. Choque de manos y sonrisa cómplice. Es el momento favorito del día para ambos. Un soplo de aire fresco cuando toca salir de una burbuja que absorbe. Un soplo de vida que les hace seguir sintiéndose personas. Porque dentro del hospital vuelven a ser enfermos mentales. Todos los días, de 10:00 a 12:45, quince minutos antes del almuerzo, y de 14:00 a 18:45, un cuarto de hora antes de la cena, respiran.

A partir de las 20:15, la libertad se desvanece. Una minúscula habitación, doble o triple, de decoración minimalista, en la que soportar las noches. Aislados, la única forma de avisar si ocurre algo es repiquetear. Poco antes de entrar, les registran para evitar, por ejemplo, tener que hacer uso de los extintores, tal y como relata una fuente anónima del personal. La pantalla del televisor es la mejor forma de olvidar que hasta dentro de 14 horas no subirán la pequeña rampa que marca la frontera del San Francisco de Asís con la calle, salvo si llueve, que entonces no pueden salir. Quizá por eso esté tan enamorado de la ciudad del espeto.

Felipe, drogadicto en rehabilitación, y Paco, que trata de abandonar una depresión, deciden poner fin a una charla que ha durado media hora. Y que ha girado en torno a la abominación contra el hospital y, en especial, con Antonio y Francisco de Linares Castro, nietos de Francisco de Linares y Vivar, primer psiquiatra de España y fundador de la institución en 1935. Una conversación insuficiente que se prolonga para la mañana del próximo martes, tres días más tarde.

Capítulo IV – El Trankimazin que nunca llegó

Mismo lugar. Misma hora. Pero Felipe, que se olvida de la cita, la procrastina para dentro de 24 horas. Resignado, no solo por el madrugón, decido volver a casa, pero un chaval, a trote ligero y con aparente prisa, me frena.

 

—Perdona, ¿tienes un euro para un cafelillo?

—No tengo nada, lo siento.

 

Pasan tres segundos. El joven comienza a alejarse.

 

—¡Oye, espera! Sí tengo. Venga, que te acompaño.

—Pero, me lo vas a dar, ¿no?

—Sí, sí. Ahora te lo doy.

 

Un chándal desaliñado y una barba tímida sobresalen más que su casi metro ochenta y fina complexión. Un camino interrumpido en más de una ocasión por el dolor que siente, operado de pies planos, y con la uña del pulgar derecho, de la que no recuerda en un pasado reciente la visita del cortaúñas, más larga de lo recomendado. Las pausas, breves, no son más que desabrochar y volver a abrochar el velcro de unos adefesios de zapatos, porque no pueden usar cordones. Cada semáforo en rojo es un suspiro para Raúl, melillense de 20 años. Su prisa, pese a las molestias, se debe a que se ha escapado, con poca dificultad, del psiquiátrico, pero son las 10:20 horas, y las llamadas de los familiares comienzan en cuarenta minutos. Y su padre, que nunca se olvida, puede que lo haga a partir de las 11:00. Si no llega para entonces, el castigo es no poder salir de su habitación durante un tiempo. Aunque tampoco es la primera vez que lo hace.

No cuenta con permisos, al contrario que Felipe, Paco y decenas de pacientes, por dar positivo en drogas durante su estancia en el San Francisco de Asís. Concretamente, por hachís. Porros que, como otros, fuma a escondidas entre el verde de los jardines del centro y que se cuelan en el interior para el trapicheo con quienes no pueden salir. Para Raúl, de mucha peor calidad y más elevado precio que en Melilla, aunque, en general, le gusta más Málaga. Positivos en chocolate que, quizá, podría haber sorteado si no tuviesen que orinar delante del personal, según cuenta una trabajadora. La misma que habla de analíticas sorpresa y de enfermos que roban las llaves a las limpiadoras para hacerles copia.

Por el camino, con aparentes ganas de contarlo, el joven revela que su internamiento se debe a un brote psicótico producido en mayo de 2017 tras una noche de fiesta en la que, bajo los efectos de la droga y el alcohol, mantuvo relaciones sexuales con una prostituta, a la que vilipendia al contar lo ocurrido. Engañado por la mujer al no estar en plenas facultades, según narra, no usó preservativo. Al darse cuenta, creyó haber contraído una enfermedad de transmisión sexual. Las pruebas dieron negativo, pero en su cabeza, ocho meses después, sigue el recuerdo de aquella noche primaveral. Como motivo menor de su ingreso, también habla de los estupefacientes. Lleva poco más de tres meses bajo el techo del San Francisco de Asís.

La conversación avanza y confiesa que el euro no es para un café. De hecho, en su bolsillo izquierdo ya tiene uno, que lo ha conseguido al vender tabaco a otros pacientes, ya que, como máximo, el centro ofrece un paquete al día por persona. Así, aprovecha y le vende los cigarros que le sobran a quienes no tienen suficiente con esa cantidad. De la cafeína pasa al Trankimazin, un fuerte ansiolítico que requiere de prescripción médica y que se toma para mitigar los niveles de ansiedad. No me ha engañado. El otro lo necesita para comprarse una lata de Redbull. Porque "eso es una bomba". Y más aún tras haber tomado la medicación unas dos horas antes en el propio hospital. Tras ignorar mi consejo, nos acercamos a la calle Miguel Moya, en El Palo. Allí, junto al Supermercado Día, a pesar del volumen de personas que hay, debe estar el camello, que, a diario, dice que frecuenta la puerta del establecimiento y que también vende heroína y metadona, entre otras sustancias, aunque aún es pronto. Frente al Mercado Municipal - El Palo, a escasos 50 metros del lugar donde se va a producir el intercambio, me recomienda que le espere.

Un minuto y medio más tarde regresa con las dos monedas y sin la ansiada pastilla. Se reafirma en que es demasiado pronto. Deja a un lado la taurina y decide sustituirla por una litrona de cerveza. Y se vuelve a ir. Tras ir al comercio chino más cercano, también en la calle Miguel Moya, propone ir al paseo marítimo para tomársela. Me pregunta la hora. "Son las once menos veinticinco", respondo. Convencido de que no es la correcta, se lo toma con calma. Frente al histórico y extinto Casa Pedro, en un banco azul, incómodo y férreo, con una temperatura poco invernal y un sol con sello malagueño, le pide la hora a un señor que pasa. Sin reloj y con poca seguridad, el hombre cree que son las 10:20. Raúl me mira y lo celebra. Como si hubiese marcado un gol durante un partido de fútbol en la consola. El siguiente que pasa, mira su muñeca y zanja el asunto. Son las once menos cuarto.

Entonces, las prisas y los nervios recorren el cuerpo del joven al igual que la cerveza, cuyos sorbos son cada vez más largos. Sin todavía haber sacado el euro de mi cartera, al final, le doy dos. Entre eructos, muestra su preocupación por la posible llamada de su padre y el anhelo del Trankimazin, que cada vez lo siente más lejos. La idea de tomárselo junto a la cerveza, pese a tener un efecto menor que con el Redbull según me explica, desaparece tras beberse la botella entera en un lapso inferior a 20 minutos. Poco convencido, regresamos al Día. Mismo modus operandi. No hay nadie, pero me dice que le espere allí, en las escaleras de un portal contiguo, con él. No pasan ni los primeros 120 segundos desde que nos sentamos cuando decide ir a por una mandarina a la frutería de en frente, a unos 15 metros. Yo, desde la distancia, observo. Se la da, pero él no suelta moneda. "¿Te la ha regalado?", le pregunto. Y asiente. Apenas ha empezado a comérsela cuando, cansado de esperar, decide que nos vamos.

Dirección al hospital, a la altura de una peluquería-barbería cercana al colegio San Estanislao de Kostka, para y entra. A los 10 segundos, desde dentro, abre un poco la puerta y me pide que pase. Yo, sin intención ninguna de cortarme y/o teñirme el pelo, ni la barba, porque no tengo, y con una situación sibilina y un ambiente viciado entre cuatro paredes, que lejos de excitarme, me agobia; le doy la mano, él a mí las gracias y, tras una hora inverosímil, toca volver a una vida en la que no se beben litronas para desayunar ni se pretende mezclar ansiolíticos con taurina.

 

Capítulo V – Entre recaídas y libros

A la mañana siguiente, de nuevo a las 10:00, Felipe baja, otra vez con Paco, a un ritmo inferior al del día anterior. Al llegar a La Oficina, su cafetería habitual, este último se va a echar la quiniela, aunque regresa 25 minutos más tarde. Mismo escenario. Misma hora.

Mismo libro sobre la mesa. Mismo café. Pero no todo es igual. Ni está Paco, ni es la misma mesa, ni su rostro irradia los efluvios de simpatía del sábado. Quizá porque aún es miércoles. O, como cuenta durante el camino, porque ha dormido mal. Sin más. Ni siquiera el tema de conversación es el mismo. Su cara, hierática y tersa, solo se arruga para hablar de su pasado y de su madre.

Una joven Rafaella Carrá empezaba a brillar en los escenarios, el guateque se convertía en el plan de moda de los jóvenes, España empezaba a olvidar la televisión en blanco y negro y Adolfo Suárez empezaba a liderar la Transición cuando, en 1977, Felipe, desde Madrid, se asomaba al mundo. Era un niño más de los miles que reían y lloraban en la capital. Con sus dientes de leche, sus vacunas, su colegio... Solo el alto poder adquisitivo de su familia descollaba a veces. Aunque en un entorno cercano de clase alta, ni siquiera eso. Soñaba con ser astrónomo.

Con los primeros granos en el rostro, llegaron los porros y la cocaína. Tenía 16 años y un círculo de amigos que, sin él darse cuenta, le empezaban a introducir en un terreno oscuro del que un cuarto de siglo después aún lucharía por abandonar. Cada fin de semana para Felipe se iba a convertir en una sensación de éxtasis, locura y felicidad, y, años más tarde, en un peldaño cada vez más difícil de superar para dejar atrás la adicción. En pubs, bares, discotecas... Su cartera se vaciaba cada viernes: 80 euros entre cocaína, un gramo por lo general, y porros, a ritmo de música industrial, electrónica y techno trance, que, a día de hoy, escucha, eso sí, desde sus enormes cascos azules y lejos de cualquier sustancia.

Estudió hasta el actual Bachillerato. Con unos 20 años, amante ya de la lectura, leyó el libro que más le ha conmovido hasta el momento: El crepúsculo de los ídolos, de Nietzsche. De pasarlo bien cuando la luna brillaba a no poder vivir sin la droga. Una juventud marcada por los estupefacientes y los libros, por ese orden. Y un cambio radical en 2007, con 30 años, para recuperar a aquella persona cuyo cuerpo no conocía la cocaína ni la marihuana, a la que había que retroceder media vida atrás. De las opulentas y lujosas mansiones de la urbanización Puerta de Hierro, con precios que rondan los dos millones y medio de euros, una de las zonas más exclusivas y ricas de Madrid, a los sombríos jardines y las reducidas habitaciones del San Francisco de Asís. Una ciudad diferente, una serie de influencias alejadas y un duro recorrido por delante, con síndromes de abstinencia convertidos en infiernos.

Ocho meses más tarde, aparentemente recuperado, recibió el alta médica. Su estancia en Málaga, superado su problema, parecía haber acabado. Pero al poco tiempo, tras sufrir una fuerte recaída, volvió a ingresar. Había vuelto al punto de partida. Un progreso que quedó en nada. Y pasaron seis años hasta que volvió a salir. Con la sensación de haber cumplido un ciclo en el hospital, tras más de un lustro lejos de las drogas, regresó a casa, con su madre, con la confianza de no tener que volver a la capital de la Costa del Sol si no era para ir a la playa en verano. Trató también de continuar los estudios de Física, su gran pasión, que había empezado en la provincia andaluza, pero a falta de concentración acabó dejándolo.

Felipe empezó a sentirse dueño de su vida. Y así estuvo durante dos años, hasta que, de forma inesperada, volvió a recaer. La pena y el llanto invadieron el cuerpo de su madre, que, tras un paréntesis, de nuevo tenía que separarse de su hijo ya en 2016. Tercer y último ingreso hasta ahora. Su camino es el adecuado, como también lo era en los dos anteriores. Con mucha rabia admite no estar aún preparado para salir. Cada mes o mes y medio recibe, como en Navidad, la visita de su madre, que es su mejor terapeuta. Aun así, echa en falta estar en casa con ella mientras ven la televisión en el sofá. Las largas horas, las que tiene que pasar en el centro, las mata 'a librazos'. Cinco o seis en 30 días. Como El médico, de Noah Gordon, su favorito junto al de Friedrich Nietzsche. Y también escribe. Pero como así no se puede poner en forma, camina con frecuencia hasta la Plaza de Toros de la ciudad, o lo que es lo mismo, más de diez kilómetros en total.

Raúl y Felipe. Dos presos sin rejas. Una cárcel intangible. Una cárcel que no se ve, que no es el San Asís. Son presos del pasado. Incluso del presente en el caso del primero. El acelerador que Raúl concibe como el único pedal en una carretera cuyo destino es oscuro; el freno que Felipe trata de no soltar para salir de su propia prisión. Freno que se pisa de forma automática entre las paredes del San Francisco, en el que los segundos son minutos, los minutos son horas y las horas son días. Morir en vida a fuego lento. Como un cigarro encendido que nadie fuma pero que poco a poco se va consumiendo.

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Chapu Apaolaza: "Si nosotros nos alegráramos con el dolor del toro, habría gradas en los mataderos" https://elreverso.es/cultura-y-sociedad/chapu-apaolaza-si-nosotros-nos-alegraremos-con-el-dolor-del-toro-habria-gradas-en-los-mataderos/8821 https://elreverso.es/cultura-y-sociedad/chapu-apaolaza-si-nosotros-nos-alegraremos-con-el-dolor-del-toro-habria-gradas-en-los-mataderos/8821#comments Wed, 26 Sep 2018 03:00:49 +0000 http://elreverso.es/?p=8821 El joven guerrero –Alcántara dixit– Chapu Apaolaza (San Sebastián, 1977) me cita en el Café Gijón, un museo de la literatura española donde además puedes comer, tomar café o una copa. No es difícil imaginar a Chapu como un aventurero de ojos azules y barba cobriza. Aunque él es más de correr delante de toros con un pañuelo rojo al cuello o de buscar lobos en los países escandinavos. Defiende la tauromaquia desde la Fundación Toro de Lidia, se le puede escuchar en las ondas con Juan Ramón Lucas y le sobra tiempo para escribir en los periódicos de Vocento y en La Información. Lo podréis ver en bicicleta por la capital o en la cuesta de Santo Domingo un 7 de julio.

¿Eres sanferminero y periodista o periodista y sanferminero?

Esa pregunta la tuve que responder este año el 7 de julio, porque ese día yo quería correr porque hacía veinticinco años del primer 7 de julio que me llevó mi padre al encierro, era un día muy importante para mí. Y ese día tenía que retransmitir una corrida para Canal +, tenía una coyuntura un poco especial, porque en el encierro te das un golpe y lo mínimo son 24 horas en observación. Esa mañana tenía que decidir quién era antes, si era antes el corredor o era antes el periodista. Y elegí ser el corredor. Corrí y además hubo un toro que me hizo una visita y vino a contarme quién era yo, porque los toros vienen a contarte cosas; hay toros que te cambian la vida, ese toro me eligió entre todas las personas que había en la cuesta, derrotó hacía mí y estuvo a punto de cogerme. No me cogió, me dejó toda su energía y me dijo quién era. Así que sanferminero y después periodista.

¿Hay vida después de la tele?

Claro que sí. La tele a mí me ha enseñado un mundo distinto, he aprendido mucho. He aprendido de los demás y también de mí. Volveré a la televisión, estoy seguro de ello, pero al margen de todo esta etapa en la televisión me ha enseñado otras facetas de mí como columnista, periodista, escritor, siempre necesitas tener vivencias, eso aporta al escritor que eres.

Me imagino que después de ponerte delante de un toro ponerte delante de una columna no tiene ninguna dificultad.

Bueno, tienen una cosa en común: que antes de empezar te da la sensación de que ambas te van a coger. El papel en blanco y el encierro tienen ese componente de miedo y ese miedo te hace pensar que no vas a poder dar el primer paso, que no vas a poder dar el primer muletazo o que no vas a pasar el primer párrafo. Y todo eso es mentira; el toro es una manera de enfrentarnos a nuestros fantasmas y a nuestras debilidades y la columna es una manera de enfrentarnos a nuestra ignorancia.

¿Pesan lo mismo entonces las zapatillas antes del encierro que las teclas antes de empezar la columna?

(Risas) Nunca he vomitado antes de escribir una columna, pero podría pasar algún día. Hay veces que la columna es muy dura, hay veces que sabes que te estás metiendo en un jardín; pero esto hay que hacerlo de verdad. Creo en el oficio del columnista pero sólo como una herramienta muy accesoria, creo en la verdad de esto y creo que en cada columna hay que ponerse delante del toro, si no ¿para qué?

¿Y en vez de delante del toro te pones delante del político de turno?

Yo no creo en el periodismo como un ejercicio de recorte o de tauromaquia de políticos. Creo que hay que hacer reflexión y esa reflexión enfada a los políticos, pero no a todos. Aunque ellos prefieren a una persona que tiene un pensamiento de plantilla. Ellos le dan una plantilla y por determinados agujeros de luz es por donde pasa lo que tienen que ver y ya está. Y para mí la columna es romper todas las plantillas, y en ese sentido sí que enfada a los políticos, pero no me considero un enfant terrible de los personajes, no me dedico a diseccionar aunque a alguno le sienta muy mal lo que escribo de ellos.

¿Qué diferencia el pulso entre contar una corrida y una columna?

Se diferencia en muchas cosas, porque la columna siempre sucede a posteriori, aunque a mí me gusta mucho escribir en sitios: en viajes, en aviones, etcétera. Pero tienen en común que hay que ser sincero y rendirse a la grandiosidad de la vida y también su faceta más terrible. Cuando uno está en una corrida de toros se abre a lo que pueda pasar y a que es un mundo complejo en el que hay gente vida, hay muerte, hay miseria, alegría, vergüenza… Y eso es lo que hay que hacer en la columna: abrirse. Cuando queremos escribir de algo y lo hacemos desde el prejuicio no funciona, hay que ser sincero y abrir el corazón.

¿La épica del toro es lo que te lleva a escribir luego sobre él?

A mí al periodismo me trajo el toro. Cuando mi padre murió lo primero que escribí fue una columna, él era crítico taurino y periodista y yo iba para farmacéutico. Cuando inauguraron la plaza de toros de San Sebastián unos meses después de que él falleciera, que era algo por lo que él había luchado muchísimo, yo sentí la necesidad imperiosa de escribir. Es algo que no todo el mundo conoce, pero que cuando te llegas tienes que escribir casi poseído, por no sé qué tipo de deseo. Y escribí un texto que no he vuelto a leer  y que se publicó en el Diario Vasco. Después los medios para los que mi padre trabajaba empezaron a pedirme alguna reseña de una corrida y así el toro me hizo periodista. Yo en realidad me hice escritor por transmitir la añoranza de mi padre, no fue tanto la épica como la ausencia. Yo nunca he sido de contar la épica de mi vida, me parece un ejercicio muy obsceno, casi de pornografía. Por ejemplo al correr un encierro y contar lo valiente que he sido en el encierro. Me parece un error muy común el de ese escritor que te cuenta el arrojo que tuvo cuando hizo… Me aburre como el porno.

Siempre dices que intentas no trabajar en San Fermín, pero tu libro es sobre la fiesta.

Sí, el libro es una sorpresa que me llevé porque Libros del KO me dijo que quería publicar algo conmigo, que es como si te llama Almodóvar y te dice: “Oye, quiero que trabajes para mí”, porque hoy en día Libros del KO es un ejemplo. Propuse algunas historias: temas de África, de Kenia, bueno varios temas que estaba trabajando y que creo que merecían un libro, pero ellos me dijeron: “Todo el mundo tiene una historia que contar”, y mi historia era el encierro y me metí en ese libro un poco a ciegas y guiado por el faro de Emilio Sánchez Mediavilla.

Yo “7 de julio” no lo considero un trabajo, ahí me expliqué quién era yo y qué hacía en este mundo. O sea que fue casi un trabajo de diván, prácticamente. Yo en el libro nunca quise contar mi historia, porque creo que mi historia es una más, pero contando las historias de los demás y la mía que era la que tenía un poco más cerca me di cuenta de que estaba contando la mía y me estaba metiendo hasta el cuello en lo que soy.

A ti el periodismo te ha ido llamando a la puerta en vez de tú llamarlo a él.

Bueno, di el primer paso que fue cambiar de carrera gracias a mis compañeros de piso que me dijeron: “Ahora vas a levantar el teléfono, vas a llamar a la Universidad y vas a pedir que te cambien de carrera”. Y allí hubo una persona que me ayudó mucho, que fue el vicerrector de alumnos de aquel entonces de la universidad de Navarra que se llamaba Pepe López Guzmán, al que debo estar hoy aquí. Él me escuchó durante dos horas en una universidad de miles de alumnos sabiendo que en principio no podía hacer nada más y al final removió Roma con Santiago hasta que al final consiguió que cambiase de carrera.

A partir de ese momento he tenido  muchísima suerte en el periodismo. A mí nunca me ha faltado el trabajo, me siento a veces incluso culpable, porque veo la cantidad de gente con calidad que está sin ningún sitio donde escribir, sin nada que hacer, pero yo no he tenido ese problema, llevo desde primero de carrera con un sitio donde escribir, sin parar y hasta ahora.

Siempre dices que te hiciste periodista en Cádiz.

Sí, efectivamente. Cádiz fue mi banco de pruebas, allí aprendí a mirar a las personas. El periodismo es un ejercicio que consiste básicamente en sorprenderse y admirar, nada más. Y eso es muy fácil en Cádiz, todo te llama la atención, allí todo es maravilloso todo es exótico, todo es verdad, allí entras a una cafetería y cada persona que te encuentras tiene un capítulo de un libro.

Ese ejercicio de mirar con interés es lo mínimo que se puede hacer en el oficio de periodista, por ejemplo si paseamos por aquí y miras a la mesa donde se va a sentar ahora mismo Álvaro de Luna nos ponemos a mirar el Paseo del Prado y es un espectáculo maravilloso; la estación de Atocha, el cercanías esta mañana. El espectáculo del ser humano. Y sobre eso en Cádiz se aprende mucho.

Y de allí a África.

En África es muy curioso lo que me sucedió. La primera vez que llegué a Namibia, entre el Namibia y el Kalahari tuve una sensación muy rara que me estaba diciendo que yo pertenecía a ese mundo. Era como una memoria de nuestro origen como hombre, en el que yo no había pensado, ahí estaban los yacimientos de algunos de los homínidos mas antiguos que se han encontrado. Es un poco un síndrome del viajero que muchas veces se siente de sitios en los que nuca ha estado o nunca volverá a estar, pero ya se siente de allí. Yo desde entonces me siento más de África que de aquí, pese a que no vaya todo lo que quisiera. Es una sensación que tengo. Yo dije al volver de ese viaje que a África no se va, de África se vuelve y es otra de mis ausencias constantes: el olor de África, el tacto de las manos de las personas, el olor a pelo de la sabana, las noches… Yo creo que hay muchos aventureros que están buscando África porque en realidad estaban buscando quiénes eran, lo que hay de verdad en nosotros.

Hay una tendencia en el ser humano a buscar lo que es muy lejos y yo creo que nos hacemos trampa a veces, porque la verdad de lo que somos está en nuestra casa cutre y en nuestro café con leche derramado, en el no tengo azúcar y cogiendo las bolsas de la fruta en el supermercado. Lo que pasa es que el ser humano es soñador, nunca le sirve con lo que tiene alrededor y tiene que comprenderse más allá. Más allá en sus creencias o más allá en mundos que no existen o que son mundos irreales para nosotros como es África.

¿Y qué es lo siguiente que quiere Chapu?

En Cádiz aprendí que no hay que hacer demasiados planes. Yo venía del País Vasco, en el que tenemos muchas virtudes y muchos defectos y uno de ellos es tener una mente absolutamente cuadriculada (que puede ser una virtud en algunos casos) y nosotros siempre tenemos un plan de vida. Y en Cádiz aprendí que los planes son absurdos. Cuando me preguntaban en San Sebastián cuándo iba a volver yo les decía, pues es que no tengo la más remota idea estoy bien aquí, tengo dinero para un piso, tengo un trabajo. Ahora mismo tengo una deuda con una historia muy importante que quiero contar y que tengo que escribir en algún momento.

Ahora mismo me gustaría quedarme como estoy: seguir escribiendo, con las columnas, me gustaría estar más en la calle todavía y me encanta la radio. La radio ha sido uno de los descubrimientos de estos últimos años, ha sido entrar en un mundo totalmente nuevo.

¿Y la fundación?

La fundación es una responsabilidad increíble y es una aventura muy loca que supone ponerse delante de los liberticidas, de la nueva moral y de la nueva censura para ponerse delante del mundo de los toros. Un espectáculo que mucha gente considera anacrónico y que está en contra de todas las puestas abajo que nos imprime la sociedad: el mirar de frente a la muerte; el pararnos a ver un espectáculo que no sabemos si va a salir muy bien o muy mal, cuyo arco va de la muerte a la gloria máxima, pero que la mayor parte de las veces no sucede nada, o el asumir nuestra posición respecto a los animales. Pero qué mejor misión que defender algo contracultura. Es una responsabilidad increíble defender algo que para mí es tan importante y tan valioso como la tauromaquia, pero estoy encantadísimo.

Entre pregunta y pregunta, Chapu apura su copa y juega con las servilletas como en una sobremesa de domingo. Sus ojos cristalinos parecen no esconder nada detrás de cada respuesta y cada cierto tiempo se posan en el ventanal del Gijón buscando entre las historias que transitan por Recoletos.

¿Cómo puede ser contracultura el segundo fenómeno cultural más seguido de España?

Porque la imagen que tiene de sí España es muy mentira. Eso lo explicó Noëlle-Newman que hablaba de la espiral del silencio; ella definía la opina opinión pública como una espiral en la que las opiniones mayoritarias aparentemente se iban haciendo más mayoritarias y las minoritarias aparentemente se iban haciendo más minoritarias, eso es lo que sucede con los toros. Los toros le interesan a más de la mitad de la sociedad, pero la gente está retraída, con miedo a decir que son aficionados o que les interesa de alguna manera como les puede interesar la pintura. Por eso tenemos una imagen de que la tauromaquia es minoritaria y no lo es. Aunque tampoco me preocupa si lo fuera, ¿alguien en el teatro clásico o en la ópera se avergüenza porque su disciplina sea minoritaria? Ojalá fuera más gente a la ópera, pero ¿es peor la ópera porque vaya menos gente que al cine? No.

¿Qué le dirías a Sabina cuando dice que no discute con antitaurinos porque sabe que tienen la razón?

Yo creo que Sabina está siendo muy irónico ahí, porque el mundo que nos está diciendo que no podemos ir a los toros es el mundo de la moral, de la moral sacrosanta y ¿qué les vas a decir a esa gente? Que sí, sí, que tienen razón… No sé si todo lo que tenemos que hacer en el mundo debe ser moralmente defendible, no sé si alguien tiene razón. ¿Deberíamos comer carne o pescado? ¿Deberíamos leer a Fernando Vallejo? ¿Deberíamos disfrutar cuando El Juli indulta a un toro en Sevilla y está viviendo su momento de locura en La Maestranza? ¿Deberíamos vivir el éxtasis de la primavera cuando hay una persona que está a tres centímetros de morir porque un pitón le puede atravesar la femoral y no pueden hacer nada por él? ¿Es moralmente intachable? Pues no lo sé, pero hay muchas respuestas del ser humano que no deben darse. Yo no sé si los aficionados a los toros tenemos razón, lo que sé es que los que no tienen razón son los que quieren prohibir los sentimientos de las personas, porque nunca la han tenido y nunca lo han podido hacer.

Yo entiendo a quien defiende que hay que cambiar la forma de relacionarnos con todos los animales. No lo comparto, pero entiendo que alguien lo defienda y que en el caso de que haya una mayoría social que vote en esta dirección se cambie la ley, que es simplemente una convención social. Lo que no entiendo es quien defiende que no se pueda sacrificar al toro, pero sí al animal para hacer hamburguesas. Lo que no puede ser es que alguien se coma un bogavante por puro placer y luego decir que yo no pueda ir a los toros para satisfacer mis necesidades intelectuales.

Si nosotros nos alegráramos con el dolor del toro habría gradas en los mataderos, sería mucho más fácil que organizar una corrida de toros. Si quisiéramos ver sangre iríamos a una fábrica de chorizos. Siguiendo ese criterio una barbacoa sería un espectáculo en el que un grupo de personas se reúnen a ver cómo se carboniza el cadáver de un animal y como se funden las grasas de su piel para que de pronto lo descuarticen con sus propias manos.

¿Es la corrida de toros una metáfora de la vida en hora y media?

Totalmente, totalmente. Todas las pulsiones de la vida que han sido representadas en la tragedia griega están en el mundo del toro, que son: el amor complejo; la figura del héroe y de la víctima (el toro y el torero son a la vez víctima y héroe); la tensión entre la vida y la muerte, entre la gloria y el fracaso, entre el orgullo y la vergüenza, entre el cálculo y lo imprevisible… Todo eso está representado en una corrida con resultados distintos. La diferencia es que esa tensión entre la vida y la muerte es real, luego nadie vuelve a casa y nadie se quita el maquillaje; el torero que fracasa sufre su fracaso en el hotel, el torero al que hieren pasa la noche en vela en la UVI, el torero que triunfa dormirá en los laureles del Olimpo en su hotel.

Chaves Nogales lo narraba muy bien en “Juan Belmonte, matador de toros” cuando el torero una noche en el hotel le pide a Dios que algún presidente socialista prohíba las corridas de toros para no tener que sufrir más la noche anterior a la faena.

Efectivamente, para el torero y para todos el toro es terrible; pero es que la vida es eso. Hasta el público muchas veces lo pasa mal. Antes de ponerte delante del toro se busca la luz en la más oscura de las sombras para luego enfrentarse a sus miedos, enfrentarse al toro y después volver a vivir. Los toros no son una representación de la vida, son la vida misma; como cuando dicen hay que pasar de las musas al teatro: ¡eso es el teatro, pero es que es de verdad!

No hay salvavidas cuando corres delante de un toro.

No, claro que no.

¿Habría que haberlo pensado antes?

Eso le pasó a Fernando Ardura cuando a Robin O’Connor le abre las tripas un toro y mientras le intenta ayudar le dice: “Fernando, no quiero morir” y él responde: “Eso hay que pensarlo antes". Pero, lo que nos ayuda el toro es a tomar conciencia de la fragilidad de la vida. Ahora mismo estamos hablando tú y yo y estamos en la misma situación de tensión que en una corrida: se nos podría caer el techo, tener un fallo coronario o a alguna persona de nuestra familia le ocurriese algo que nos destrozase la vida; somos una cáscara de nuez en una tormenta, pero no nos damos cuenta. El sistema nos ha vendido que vivimos seguros y eso nos hace tener una vida descafeinada, cuando nosotros corremos un encierro lo pasamos muy mal pero el toro nos ayuda a saber que la vida es un momento y que hay que disfrutarla. Porque hemos sentido los pitones del toro en la espalda. Los pitones del toro los llevamos siempre, todo el mundo está en esa situación, pero nadie se da cuenta.

¿Acabarás corriendo la Curva?

No lo sé, cada año creo que sí, pero luego me falta corazón. Creo que todos tenemos que tener algo que nos demuestre que no somos capaces de todo, que somos gente limitada y que en realidad somos bastante cobardes y la curva es lo que me recuerda a mí todos mis límites. Ojalá, sería divertido.

¿Y hay alguna Curva en el mundo del periodismo? ¿Algo a lo que no te atrevas?

Es que soy bastante inconsciente. No hay nada con lo que no me atreva, aunque hay cosas que me gustan más que otras.

¿Tú columnismo sería el Sol o la Sombra del columnismo?

Me gustaría que fuera el salto de la sombra al sol, lo que decía Santa Teresa. Pero en ese viaje de Santa Teresa hay que pasar por la sombra, no todo es luz. Hay un mantra ahora que nos está matando como sociedad que nos dice que siempre vamos a ser jóvenes, que no existe la enfermedad y no es así: si te caes no siempre vas a levantarte y todos tus sueños no siempre van a hacerse realidad. Todo ese buenrrollismo de Instagram color pastel me parece que nos aleja de la verdad. Y la verdad es que la podemos comprender como una fiesta sólo si tenemos conciencia de que puede ser también un mundo muy jodido.

¿Fue tu padre quién te enseñó a valorarla vida en su justa medida?

Mi padre me enseñó muchas cosas, entre ellas a valorar el momento y que no todo va a ser bonito siempre y que hay momentos de sombra, pero siendo consciente de que estás en la sombra puedes sobreponerte y saltar a la luz, que es el ejercicio más bonito que puede hacer el hombre.

¿Y a tu hija qué le dejas?

Una canción que le canto todas las noches. Es una canción de Mikel Taboa que se llama "Txorian txori" que viene a decir más o menos: si le hubiera cortado las alas no hubiera escapado, pero si le hubiera cortado las alas no sería pájaro y yo lo que amaba era un pájaro. Yo creo que es una imagen de lo que debe ser la vida. Pero no sé qué le dejo, ella te lo tendrá que decir en un futuro. Espero durarle más de lo que me duró mi padre a mí.

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Guillermo del Toro: “Se trata de una multiplicación de símbolos, no la suma de imágenes” https://elreverso.es/cultura-y-sociedad/guillermo-del-toro-se-trata-de-una-multiplicacion-de-simbolos-no-la-suma-de-imagenes/8706 https://elreverso.es/cultura-y-sociedad/guillermo-del-toro-se-trata-de-una-multiplicacion-de-simbolos-no-la-suma-de-imagenes/8706#respond Mon, 16 Apr 2018 03:00:54 +0000 http://elreverso.es/?p=8706 Siempre me he considerado bastante cinéfila (mucho gracias a mis padres), pero en el último par de años, y concretamente este curso desde que me hice amiga de un grupo de gente maravillosa de Comunicación Audiovisual, poco a poco me he metido más en el mundo del cine. He visto más cine internacional, más cine indie y más cine “raro”, y en general, películas que no vería normalmente.

Cuando los mencionados nuevos colegas me contaron que Guillermo del Toro iba a dar una masterclass durante el Festival de Málaga, inicialmente tampoco me ilusionó demasiado, ya que sólo había visto La forma del agua. Pero, oye, era una oportunidad para oír hablar de cine a un reconocido director. Y en Málaga, además. Así que me puse manos a la obra y vi lo que me dio tiempo de su filmografía.

Tras algo de incertidumbre acerca de la fecha, se anunció el viernes 13 que la masterclass sería finalmente el sábado 14 a las 16:00 y que las entradas (gratuitas, por cierto) se podrían recoger ese viernes a las 17:00. Era una tarde fría y lluviosa, pero con nuestros paragüitas y nuestras ganas fuimos a hacer cola en la Plaza de la Merced. Como bien dijo la prensa local “la lluvia no puede con los fans de Guillermo del Toro” (titular algo hiperbólico, en mi opinión, pero oye, ¡sale mi cara!). Menos de 24 horas después me encontraba en el Palacio de Ferias y Congresos escuchando a Guillermo del Toro hablar sobre su mayor pasión. Este hombre es elocuente, curtido y simpático a la par, por lo que las casi dos horas en su presencia estuvieron plagadas de anécdotas, chistes y lecciones importantes para cualquier persona en ámbitos creativos.

Empezando por el valor de ver una película en una sala de cine, Del Toro mencionó Vertigo y 2001 como ejemplos de experiencias que resultaron completamente diferentes en la gran pantalla. Habló de la “gravedad de la imagen” y el impacto que puede tener en comparación a la televisión. Y por cierto, que no se nos olvide que fue a ver 2001 con James Cameron (Guillermo del Toro, rey del name-dropping).

Gran parte del tiempo estuvo dedicado a hablar de la atención al detalle que es característica de su cine. “No es golosina visual, es proteína visual. Nada es gratuito”, insistió. Fue enriquecedor oírle hablar con tanta pasión de su proceso a la hora de desarrollar personajes. Contó, por ejemplo, que escribe unas ocho páginas de biografía para cada personaje, que luego entrega a los actores y al departamento de vestuario. “Cualquier adjetivo es comprobable visualmente”, explicó, refiriéndose a que cada palabra del guión puede demostrarse mediante el diseño de sonido, la iluminación, el vestuario… Mencionó como ejemplo el sonido del cuero cuando se mueve el villano de El laberinto del Fauno, indicando tensión, y su obsesión con el reloj de su padre, que indica su miedo a la muerte.

Para él, el cine es “mentir con muchos detalles”. Para saber mentir de esa forma dice que es necesario saber muchas cosas inútiles para dar la coartada más creíble, y con ello crear un mundo. Más que con la fotografía, este director “miente” mediante el diseño de producción o de vestuario y la atención al detalle en estos departamentos.  Por ejemplo, “una misma camisa de lino te puede dar información diferente en cada personaje”, según los botones que lleve abrochados, según si lleva las mangas remangadas o no, según lo cuidada que esté.

Imagen de Alex Zea

 

Una de las mayores lecciones impartidas fue que “el accidente está ahí para ser identificado como oportunidad”. A ello llegó mediante una anécdota del rodaje de La forma del agua, en el que se toparon con múltiples obstáculos, como suele ocurrir en los rodajes. Un plano que no podían grabar con grúa porque había un poste en medio de la trayectoria, Sally Hawkins y su miedo a las alturas, o Michael Shannon que “no suele manejar”. En la mayoría de planos, éste tenía un doble para las escenas en coche, pero en una ocasión debía ser él el que conducía durante un tramo y luego salir del vehículo. Pero al hacer esto, el coche siguió avanzando, tiró un poste y, supuestamente, se incendió. Del Toro insiste en que él no corre (“he corrido dos veces”), por lo que mantuvo la calma y respondió a las preocupaciones de su equipo con un “bueno, pues ya no hay poste así que podemos usar la grúa”.

Este mismo humor y carisma se vio reflejado cuando, hablando de colores, bromea que “chocolate, paja y tabaco suena como un domingo cualquiera”. El público, naturalmente, respondió con carcajadas y aplausos. También se notó su personalidad amigable en las ocasiones en las que preguntaba por las traducciones españolas de los títulos de las películas que iba citando, y sus pequeñas risas ante las traducciones más absurdas.

“Todos nos comemos el gato en algún momento de nuestras relaciones”, reflexionó Del Toro en referencia a la escena de La forma del agua en la que la criatura devora uno de los gatos de la protagonista interpretada por Sally Hawkins, “pero a veces nos siguen queriendo aunque nos hayamos comido el gato”. Esta metáfora es un detalle bastante sutil, pero define a la perfección la cantidad de personalidad y humanismo que introduce este director en sus películas, a pesar de estar plagados de monstruos y otros elementos fantásticos. Esto se ve reflejado también en las escenas de muerte de sus villanos, tema al que dedicó los últimos minutos de la charla. Del Toro cree firmemente que se puede morir “en terror o en paz”, y eso viene dictado por las decisiones que tomemos en vida, idea que traslada a la pantalla. Por ello podemos percibir la humanidad de los personajes en sus últimos momentos, sin importar si realmente son humanos. En la mayoría de las ocasiones, los verdaderos monstruos de la película son humanos.

El entrevistador, Antonio Trashorras, empezó la sesión con una pregunta tan simple pero a la vez compleja como “¿Qué es un cineasta?” y al salir de la sala, al menos yo, tuve bastante clara la respuesta.

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